El lienzo de tus sueños Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Temo que, de alguna manera, su recuerdo acabe haciendo mella en ti... y termines por odiarme también.

—No digas tonterías. Yo jamás te despreciaría. Eres mi padre —afirmó Katja convencida, aunque sus palabras dejaron un eco incierto en el aire—. ¿A qué le temes, en realidad? ¿A que Sunny Hütte me contagie un rencor dormido? No sabía que hubieras caído en esa clase de supersticiones.

August tragó saliva. No era de espectros ni maleficios de lo que huía su conciencia; eran los fantasmas reales, los del pasado y los de carne y hueso, los que le arrebataban el sueño en las largas noches de invierno.

Katja ignoraba la verdad: lo que él y el abuelo Hans le habían hecho a su hermana...

y a aquel joven desgraciado cuyo nombre se le atragantaba en la garganta cada vez que asomaba en su memoria.

No podía siquiera pronunciarlo sin que un sudor frío le perlase la nuca.

—Por favor, no vayas allí —suplicó en un murmullo apenas audible, con la voz quebrada de quien sabe que su petición llega tarde.

—Sé que no apruebas mi decisión, padre, pero yo no soy mi tía. No heredé sus heridas, solo comparto su rostro y su nombre de pila.

August bajó la mirada, incapaz de sostener el brillo claro de sus ojos.

En su pecho pesaban culpas más abrumadoras que las piedras de molino que antaño arrastraban los bueyes en la finca.

Los remordimientos, esos enemigos mezquinos y letales, no perdonaban el paso de los años ni se ablandaban ante las canas o las arrugas.

Sabía que ella tenía razón, pero el temor seguía royéndole las entrañas como un animal hambriento.

Afuera, en el jardín, el viento agitó las ramas de un tilo centenario, y por un segundo creyó oír una risa apagada, como un eco burlón que el tiempo no había logrado borrar.

—No puedo obligarte a quedarte, pero prométeme que serás precavida. ¿Y si trabajaras en Sohlenkunst a mi lado? Cuando yo falte, tendrás que dirigir tú la fábrica. No tengo un hijo varón que me sustituya.

Katja permaneció callada, midiendo con cuidado su respuesta al ruego que brotó de los labios de August. A pesar de sus diferencias, de las disputas soterradas y de las palabras nunca dichas, sabía que su padre y su madre, en el fondo, deseaban su bienestar.

Habían errado al escoger a Thomas como esposo para ella, pero su preocupación era sincera, tangible.

Dio un paso hacia él, evocando instantes de su infancia: los otoños junto al fuego de la cocina, las tardes de juegos en el jardín, las risas... antes de la llegada de Thomas a sus vidas. Quiso aferrarse a esos fragmentos limpios, intactos aún por la sombra del rencor.

—Te prometo que me cuidaré —dijo al fin, posando una mano temblorosa en el hombro encorvado de August. Aunque su gesto era de afecto, no lograba ahuyentar la punzada de fastidio que le provocaban aquellas advertencias reiteradas, ese afán por dirigir su destino incluso ahora que reclamaba su libertad.

Bauer inclinó la cabeza en señal de derrota, soltando un suspiro que parecía arrastrar consigo décadas de esperanzas desvanecidas.

Katja lo abrazó con cautela, como quien abraza una figura de porcelana que podría romperse con la mínima presión.

En ese contacto breve, ambos contuvieron el oleaje de emociones que amenazaba con desbordarlos.

Cuando se separaron, Katja retrocedió un paso, aún con la frente erguida, aunque sus pensamientos pesaban como un lastre. August la observó con una mezcla de orgullo herido y zozobra, consciente de que no podía retenerla sin destruir aquello mismo que deseaba proteger.

—Gracias por comprenderme, papá —manifestó ella, experimentando un insólito alivio al ver resignación en su mirada—. Las puertas de Sohlenkunst seguirán abiertas para mí, lo sé..., pero, por ahora, mi camino me lleva lejos de aquí. Tal vez en otras circunstancias...

August le dedicó una sonrisa débil, gesto mudo de rendición ante lo inevitable.

Katja besó su mejilla rugosa, sintiendo cómo el nudo en su garganta se deshacía un poco, aunque no del todo.

Mientras abandonaba el despacho, su mente era un hervidero de pensamientos.

Aún no revelaría a sus padres el infierno vivido junto a Thomas, ni las noches de terror ni las magulladuras que la bebida y la furia de su esposo habían dejado en su cuerpo y en su alma.

No todavía. No mientras el velo de las apariencias continuara protegiendo su frágil dignidad.

Entretanto, el viejo permanecía absorto en sus cavilaciones.

Los años no habían logrado borrar de su memoria la imagen de Katja Rose apartándose de ellos con su integridad hecha jirones, tras alcanzar la ansiada emancipación que le permitió vivir sin estar sometida al yugo de los Bauer.

Desde entonces, esta se había refugiado en Sunny Hütte, rehusando abrir su puerta al padre y al hermano que la habían defraudado de manera irreparable.

Aunque la vida hubiera seguido su curso, August sabía que las grietas de su corazón jamás se habían sellado, y que la amargura de Katja Rose había perdurado hasta el final de sus días.

La posibilidad de otorgar el perdón fue sepultada junto a su cuerpo inerte, y la reconciliación tan anhelada se disolvió como humo en el viento, perdida para siempre.

—Por favor, no me arrebates el amor de mi pequeña, Katja Rose —gimió atribulado, alzando los ojos al cielo, imaginando que su espíritu, en algún rincón ignoto del firmamento, aún podía escuchar sus palabras—.

Sé que lo que te hice no tiene perdón ni en esta vida ni en la otra... , pero ella es todo cuanto me resta.

Sus labios temblaron al pronunciar aquella plegaria vana. Y, sin poder contenerse más, el patriarca hundió el rostro entre las manos y rompió a llorar, mientras la tarde caía sobre él como un sudario.

***

La mudanza se había realizado sin imprevistos ni sobresaltos.

Ya establecida en la casona, Katja dedicó las primeras jornadas a disponer de muebles y objetos, devolviendo orden y propósito a las estancias largamente deshabitadas.

El sosiego del paisaje, la sinfonía viva de la naturaleza y la frescura de aquel nuevo comienzo le ofrecían un alivio incalculable.

Con el auxilio de Annette y de algunos vecinos dispuestos, emprendió pequeñas restauraciones interiores, siempre guiada por los consejos del maestro de obras y las ideas precisas de un arquitecto amigo de los Bauer.

August, sin embargo, persistía en su negativa a aceptar aquella decisión; sus argumentos, insistentes y revestidos de preocupación, no lograban quebrar la sólida voluntad de Katja, cuyo ánimo parecía alimentarse de cada obstáculo vencido.

El golpeteo rítmico de martillos y formones resonaba en cornisas y muros, despertando a la casa de su letargo polvoriento, mientras los viejos muebles esperaban su turno para ser devueltos a la dignidad de antaño.

Katja Rose, en otros tiempos, había mimado aquella morada como a un hijo, pero tras su partida, nadie se encargó de preservarla.

Ahora, con cada brocha que deslizaba la mano de un pintor, con cada grieta reparada y cada baldosa renovada, Sunny Hütte parecía recobrar aliento.

Los motivos florales del techo resurgían lentamente del desgaste del tiempo, y Katja no pudo evitar sonreír al verlos vibrar de nuevo, como si agradecieran el gesto de ser resucitados.

— Frau Bramwell, ¿le parece bien el blanco para los remates del comedor? —inquirió uno de los pintores, rodillo en mano y gesto expectante.

—Sí, así es como lo prefiero. Igual que en tiempos de mi tía, sin alteraciones ni modernidades innecesarias. Solo una capa generosa que avive los relieves y les devuelva el brillo a las molduras —respondió el ama, recorriendo el entorno con la mirada.

—Como usted diga, señora —acató el hombre, inclinando la cabeza antes de volver a su labor.

Annette, mientras tanto, hurgaba en un arcón de cedro, del que extrajo un candelabro de plata deslustrada. Lo sostuvo ante la ventana, examinándolo con un destello de deleite en los ojos.

—Tu tía era una mujer de gustos exquisitos —comentó—. No sabes cuánto me alegra que te haya nombrado heredera de Sunny Hütte. Hay piezas aquí que cualquier anticuario mataría por adquirir.

—Fue una dama singular, irrepetible —convino Katja, nostálgica.

—Siempre me intrigó que nunca se casara —prosiguió Annette, sin apartar la vista del candelabro—. ¿Ninguna vez te habló de un pretendiente? ¿Algún caballero que la cortejara en serio?

Katja se volvió hacia su amiga, pensativa, con una sombra de duda en el semblante.

—No lo sé... jamás lo mencionó.

En ese instante, la pequeña Rosalind irrumpió en la estancia como un torbellino, escapando por la puerta trasera abierta de par en par.

Sus rizos áureos brincaban con cada salto, mientras reía a carcajadas, descalza y feliz, dejando diminutas huellas de barro en el sendero de caliza que conducía a la fuente de mármol del jardín.

Tras ella, la abuela Ingrid avanzaba resoplando, con una muñeca de porcelana en brazos, implorándole entre risas sofocadas que regresara para ponerse las zapatillas.

La niña se detuvo en seco, hipnotizada por el revoloteo caprichoso de una mariposa que danzaba entre los narcisos en plena floración.

Contuvo la respiración con una solemnidad impropia de su edad, extendiendo con sumo cuidado su mano hacia el aire perfumado.

Para su asombro, el frágil insecto descendió lentamente y se posó en la punta de su dedo, agitó las alas como si la saludara y remontó el vuelo hacia el cielo límpido.

Katja, que observaba la escena desde el interior de la casa, dejó escapar una risilla baja que se perdió entre las cortinas.

—¿Viste eso, mamá? ¡Me eligió a mí! —exclamó la criatura, volteándose con una expresión radiante de asombro.

—Lo vi, mi amor. Es un bichito encantador. Seguro que en el rincón de las caléndulas encuentras otras tan bonitas como esa —respondió su madre, señalando hacia el extremo del vergel.