El lienzo de tus sueños Capítulo 2
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Capítulo 2

S unny Hütte era una mansión de arquitectura isabelina que coronaba una modesta elevación del terreno, rodeada de extensos parterres y setos meticulosamente recortados, donde florecían en armoniosa desmesura lirios, peonías, tulipanes y plantas autóctonas.

Las rosas trepadoras, con sus tallos flexibles y espinosos, se afianzaban a las columnas de piedra gris, cuyos capiteles lucían cubiertos de un musgo añejo, como si la naturaleza reclamara poco a poco su espacio.

El aire, impregnado de aromas dulces y terrosos, parecía suspenderse en una quietud casi irreal.

Katja se detuvo junto a la balaustrada de mármol, cautivada por la elegancia sosegada de la casona, cuyos ventanales reflejaban los destellos rosados del sol vespertino, y sus ojos vagaron hasta la laguna artificial.

El agua, donde nadaban en círculos lentos un par de ánades, le devolvía una imagen distorsionada de la vivienda.

El borde de la laguna estaba cercado por una hilera de acianos , esas flores de pétalos garzos que, según recordaba, habían sido elegidas como emblema nacional por voluntad de Wilhelm I, entonces rey de Prusia y primer jefe de estado de la Alemania unificada.

—Mami, ¿vamos a vivir aquí? —preguntó Rosalind, tirando de la falda azabache de Katja.

—Puede... —declaró ella, sin apartar la vista de la imponente fachada.

—¿Y podré elegir mi habitación? ¡Seguro que hay cuartos de sobra!

Antes de oír la respuesta, la niña salió disparada hacia la escalinata de piedra que conducía a la entrada principal de Sunny Hütte, y Katja sonrió al ver su figura menuda desaparecer tras los pilares cubiertos de la hiedra que se enroscaba en torno a un viejo farol de hierro forjado.

Sus propios pasos resonaron sobre el empedrado con un eco sordo mientras avanzaba hacia el umbral, con la extraña sensación de que las paredes centenarias albergaban ecos de voces dispuestas a despertar en cualquier momento.

Al internarse en el espacioso recibidor de la planta baja, un aroma tenue a barniz y a polvo invadió sus fosas nasales, mezclado con el perfume rancio de antiguos tapices.

Las estancias, ocultas bajo sábanas amarillentas, dejaban entrever muebles macizos, vitrinas y armarios tallados con primor.

Mientras su mirada se perdía en los detalles de los relieves y las molduras, un fulgor plateado atrajo su atención desde una consola junto a uno de los tabiques.

—¡Katja, ven! ¡Mira esto!

La voz de Annette la llamó desde un cuarto contiguo. La dama se dirigió rápidamente hacia donde se hallaba la señorita Müller, mientras Rosalind revolvía con curiosidad una caja repleta de juguetes en un rincón.

—¿Has desenterrado algún botín? —bromeó Katja, asomándose a la sala.

Annette levantó un cuadro envuelto en jirones de una tela fina y desgastada.

La pintura mostraba un retrato sorprendente: una joven Katja Rose, de al menos treinta años atrás, con el rostro apacible, la mirada profunda y una sonrisa suave, rodeada por un paisaje que parecía extraído de un sueño, con colinas suaves y cielos de tonos imposibles.

Un escalofrío le recorrió la espalda. No reconocía aquella imagen.

—Es la primera vez que lo veo... —murmuró, acercándose con prudencia, como si temiera que el cuadro revelara algo perturbador—.

¿Quién habrá pintado esto? Es... hermoso —añadió, deslizando los dedos sobre las pinceladas, sin atreverse a tocar la superficie, embargada por una inquietud que no lograba explicar.

Annette elevó una ceja con gesto concentrado.

—La firma es casi ilegible..., pero hay algo en este retrato que me resulta vagamente familiar, aunque no sepa decir qué. Mira estas iniciales... creo que pone... ¿R. Weller?

—R. Weller... —repitió Katja en un murmullo, intentando hacer memoria.

Sus miradas se cruzaron, cargadas de dudas y presagios, en un silencio denso. Fue Annette quien lo quebró, con un pensamiento que caló hondo en su compañera.

—Es raro, ¿no crees? ¿Por qué escondería Katja Rose este lienzo? Podría haberlo colgado en el salón o en la biblioteca. Aquí aparece tan joven, tan luminosa... incluso feliz.

—Feliz... ¿Y si no quiso que nadie viera esa expresión? Tal vez... lo ocultó a propósito. Pero ¿por qué?

Annette negó con la cabeza, confusa.

—No tengo la menor idea. Pero no creo que sea casualidad que acabáramos encontrándolo justo hoy. ¿Te lo vas a quedar?

Katja recorrió la estancia con la vista. Desde el fondo del pasillo llegó la voz cantarina de Rosalind, llamándola con impaciencia. Sin apartar la mirada del misterioso retrato, murmuró:

—No puedo deshacerme de él. Por alguna razón mi tía prefirió no exhibir esta imagen, pero tampoco pudo destruirla. Me gustaría saber la razón.

Annette ladeó la cabeza, observándola entusiasmada.

—¿Entonces te mudarás a Sunny Hütte de verdad? Me encantaría ayudarte a dejarla habitable. Aunque... me imagino que a tu padre no le hará ninguna gracia. Ya sabes cuánto detestaba venir aquí, y las peleas que tenía con su hermana.

Katja suspiró, sintiendo cómo la historia inconclusa de la casa volvía a envolverla, exigiendo respuestas.

—Estoy más que preparada para sus reproches y sus eternos intentos de disuadirme —respondió.

En su voz latía una nota de firmeza inusual—.

Pero esta vez no cederé. Necesito estar aquí, en este lugar que guarda la esencia de su vida, entre sus objetos, sus recuerdos.

Excepto tú, nadie me ha entendido nunca como lo hacía Katja Rose.

Ella me escuchaba sin prisas, sin censuras, sin imponerme su punto de vista disfrazado de consejo.

Su apoyo era sincero, desinteresado... y eso no tiene precio.

Además, Rosie está fascinada con el jardín y la laguna.

No para de hablar de las flores, los peces y las libélulas.

Annette asintió mientras depositaba con cuidado el retrato contra la pared, evitando que resbalara. Katja se apartó del cuadro con la insólita impresión de que la mirada de su tía la seguía, atenta, desde su posición inanimada.

—Si pretendes quedarte aquí, habrá que ponerse manos a la obra —advirtió Annette—. Esta casa necesita una limpieza a fondo antes de poder considerarse apta para vivir. Podría traer un par de doncellas de la finca de mis padres, o...

—O contratar cuadrillas de jornaleros que se encarguen de lo peor —interrumpió Katja, haciendo una lista mental—.

Limpiadoras, pintores, tal vez algún albañil para reparar las goteras de la biblioteca...

y alguien que revise la instalación de gas.

Me niego a pasar el invierno con lámparas de aceite.

—Desde luego, trabajo no nos va a faltar.

Y cuando acabemos con la planta baja... nos encerramos en la buhardilla a curiosear.

Si este retrato estuvo oculto allí, quién sabe qué otros misterios aguardan bajo las tablas o en el fondo de algún baúl olvidado.

¿Te imaginas descubrir un mapa que conduzca a un tesoro escondido en alguna lejana colonia africana?

—¡Annie, por favor! —Rio Katja, alzando las cejas con fingida exasperación.

—La esperanza es lo último que se pierde, querida.

—Eres incorregible.

—Y cuando tu padre vuelva a intentar imponer sus condiciones, no podemos mostrarnos débiles.

—Llevaré notas con todos los detalles de los desperfectos y los presupuestos que iremos recogiendo.

Poco después, ambas se sentaron a planificar la restauración de Sunny Hütte, decididas a devolverle su antiguo esplendor en un plazo máximo de dos meses.

Sabían que la empresa no sería sencilla.

Las esperaban muros agrietados, muebles carcomidos...

y la más difícil de las tareas: hacer frente a la previsible y tenaz oposición de August Bauer.

***

—No tiene sentido seguir abonando una renta mensual por este espacio si tengo una vivienda a mi disposición, papá.

—Ya te comuniqué mi ofrecimiento. Hay habitaciones vacías en nuestro hogar. Tu madre quiere pasar más tiempo con Rosie, y cuidaríamos de ti como debe ser. Con la venta de Sunny Hütte podríamos...

—No. Soy una mujer adulta, y quiero vivir mi vida sin injerencias externas.

August frunció el entrecejo, perplejo por la réplica de su hija.

Las palabras de Katja volaban veloces como flechas, embutidas en una manifiesta declaración de su independencia y la osadía de forjar su propio camino.

La frente arrugada del anciano se suavizó mientras miraba a su interlocutora, tratando de entender su negativa.

Movió la cabeza lentamente, resignado a la obstinación que ella izaba en torno suyo como un escudo defensor.

Sabía que no podía obligarla a volver, a ampararse en la protección y seguridad que le ofrecían entre las paredes donde se había criado.

A pesar de su desacuerdo, August admiraba su valentía, empero le escocía en su orgullo que rehusara aceptar su ayuda.

—Siempre has tenido ese fuego en la mirada —sentenció—. Como tu abuelo Hans.

Katja no respondió, pero una chispa de ternura cruzó brevemente sus ojos antes de apagarse bajo el peso de su tenacidad.

La tensión se coló entre ambos, espesa y tibia como una bruma de verano. August buscó en vano un argumento capaz de torcer aquella voluntad férrea.

—No queremos perderte —añadió con voz queda.

La joven sostuvo su mirada sin pestañear, firme como una estatua tallada en roca.

Bauer se peinó la barba canosa con los dedos, gesto distraído que delataba su desasosiego, y se irguió lentamente en el sillón del despacho, donde intentaba recuperar el aliento tras la caminata que le había dejado las rodillas doloridas.

La luz oblicua del atardecer se colaba por la ventana entornada, repartiendo vetas doradas por la alfombra.

—Hace años que no pongo un pie en Sunny Hütte —murmuró al fin—. Nunca fui bienvenido a la casa de Katja Rose.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —replicó ella, con una ceja levemente alzada, desconcertada por la repentina mención de su tía fallecida.