El lienzo de tus sueños Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Cuando Annette apareció, su rostro se iluminó con una sonrisa que rivalizaba con el esplendor de la flora repartida por la vía pública de Schnoor, y Katja se levantó para recibirla.

Annette la besó en la mejilla y se sentó frente a ella, mientras aguardaban que un camarero se aproximara y les tomara nota.

—Todavía me cuesta creer que hayas vuelto a Vilbruck —comentó la señorita Müller—. ¡Te he echado tanto de menos! Supongo que ese monstruo que tenías por marido no te dejaba ni a sol ni a sombra, y escondía todas las esquelas en las que yo figuraba como remitente.

—No imaginas lo que significaron para mí tus palabras de aliento, has sido mi salvación en estos tiempos oscuros —respondió Katja con suavidad, posando una mano sobre la de su amiga—.

Fuiste el ancla silenciosa que me sostuvo en medio de la tormenta.

Pero al fin he roto esas cadenas, he tomado las riendas de mi destino...

y he regresado al único lugar que puedo llamar «hogar».

Sus miradas se encontraron en un instante de complicidad, recordando juntas los días de juventud en los que soñaban con un mundo lleno de posibilidades y aventuras.

Katja sabía que sin el ejemplo de valor y firmeza de Annette jamás habría reunido el coraje para escapar de su yugo impuesto, sellado aquel día funesto en que Thomas deslizó un anillo en su dedo acompañado por votos carentes de significado real.

Su interlocutora, una cautivadora belleza de melena castaña y ojos verdes, escrutó sigilosa sus facciones en busca de cualquier indicio de dolor o arrepentimiento.

Katja sabía que su confidente había sido testigo mudo de las lágrimas derramadas en las noches solitarias y de las sonrisas forzadas en los desayunos ante la servidumbre.

Pero a pesar del sufrimiento, en aquel momento solo brillaba en los ojos de Annette la chispa de la empatía y del cariño sincero que habían cultivado desde que tenían edad para recordar.

—Me alegra tanto verte libre, Katja —murmuró Annette con ternura, como si temiera que al alzar la voz pudiera desvanecer la frágil dicha que las envolvía—. Y dime... ¿has pensado en lo que harás ahora? ¿Te planteas un nuevo matrimonio o has decidido cerrar para siempre ese capítulo?

Antes de que Katja pudiera responder, el camarero se acercó respetuoso, y las dos pidieron chocolate caliente con menta y dos apfelstrudel . Esta entrelazó sus dedos con los de Annette, apretándolos con fuerza, como buscando en ese gesto la certeza de que el futuro aún guardaba promesas dulces.

—Tengo algo importante que contarte —musitó, llenando sus pulmones de aire como si estuviera preparándose para confesarse—. Es sobre mi tía Katja Rose... me ha dejado la casa del lago.

La reacción de su amiga fue tan inesperada como sonora: dio un respingo en la silla, y la sombrilla de encaje que descansaba en su regazo cayó al suelo con estrépito, arrancando una mirada curiosa de una pareja sentada en la mesa vecina.

—¿Cómo dices?

—Lo has oído bien —asintió Katja con un regocijo apenas contenido—. Sunny Hütte es mía.

Annette se llevó una mano al pecho, como si la noticia hubiera sido un súbito relámpago que la alcanzó de lleno, robándole el aliento.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente, dejando asomar en su interior un vestigio de asombro y esperanza en medio de un mar de incertidumbre.

Katja la contemplaba expectante y nerviosa, debatiéndose entre el desasosiego y la tímida ilusión que la idea de heredar la casa del lago despertaba en ella.

—¡Esa propiedad es un tesoro, Kat! —exclamó Annette con júbilo renovado—.

Recuerdo cuántas tardes pasábamos allí, en aquel salón acogedor, degustando los schwarzbrot [1] con embutido que tu tía preparaba con tanto esmero.

Y los bizcochos de limón... ¡jamás probé otros iguales!

Además, ¿no fue ella quien te regaló aquella vieja edición de tu cuento favorito?

— Los músicos de Bremen , de los hermanos Grimm —confirmó Katja con una sonrisa teñida de melancolía—. Siempre quise ser como el burro. Perseverante, leal... incluso cuando todos lo tenían por un inútil.

—Decías que nadie entendía su verdadero valor.

Katja bajó la mirada.

—La extraño terriblemente —confesó—. Ojalá Rosalind hubiera llegado a conocerla de verdad, como nosotras. Tal vez habría aprendido algo de su generosidad, de su determinación.

Annette dejó vagar la mirada hacia el brillo vacilante de las aguas del río, rememorando los días de felicidad inagotable en Sunny Hütte. El aroma dulce de manzana y canela que emanaba de los apfelstrudel recién colocados en la mesa arrancó de su estómago un quejido discreto.

—Tu tía fue una mujer excepcional. Su casa era más que un refugio; era un pequeño oasis para las almas inquietas —dijo la señorita Müller, llevándose la taza de porcelana a los labios, con parsimonia.

Katja giró su cucharilla entre los dedos, pensativa.

—Cuando mi padre lo sepa, insistirá en que la venda —reflexionó—. Thomas dejó un océano de deudas tras de sí... Pero me resisto a deshacerme de la única herencia que siento como mía de verdad.

Annette dejó la taza en el platillo con un leve tintineo.

—¿Y si te mudas allí? —sugirió de pronto, con una chispa traviesa en las pupilas.

Katja arqueó las cejas, sorprendida por la sugerencia que, de inmediato, empezó a tomar forma en su mente como un boceto al carboncillo.

—¿Mudarme? ¿A Sunny Hütte? —repitió, calibrando el peso de sus palabras—. No sé si sería sensato... aunque la tentación es enorme.

—Sería perfecto —aseveró Annette, convencida—. Un lugar solo tuyo, libre de las sombras del pasado. Independencia absoluta, sin deudas morales ni recuerdos amargos persiguiéndote por los pasillos. Es una oportunidad que no deberías rechazar, Kat.

El viento suave le revolvió un mechón de cabello, como si la brisa misma quisiera alentarla. Katja visualizó el lago sereno junto a Sunny Hütte, el rumor de las hojas, el crujido de la madera bajo sus pies... la gloria de un nuevo comienzo.

—Sería empezar de cero —musitó—. Sin Thomas. Sin los Bauer. Sin miedo.

—Exacto —insistió Annette con tesón—. Tu tía deseaba eso para ti. Lo supiste siempre. No dejes que el temor te encadene otra vez.

El corazón de Katja latía a una velocidad desbocada, como si la decisión ya hubiera sido tomada en lo más profundo de su alma.

La idea de transformar aquella casona en su residencia definitiva le resultaba tan irresistible como aterradora; un canto de sirena que prometía redención y solaz tras los años de tormento.

¿Y si Sunny Hütte se convirtiera en el remedio que tanto había esperado? ¿El bálsamo capaz de cerrar las heridas que Thomas dejó abiertas? Por primera vez en mucho tiempo, la respuesta parecía al alcance de su mano.