El lienzo de tus sueños Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Katja se apartó de la mesa y se dirigió a la ventana, desde donde contempló las correrías de Rosalind y el paisaje veraniego, con su verde fulgente y sus abetos frondosos que parecían reflejar un estado de ánimo que se moría por recuperar.

Debía afrontar las deudas de Thomas, resolver el misterio del mensaje de su tía y reconstruir su vida rota.

La ardua tarea apenas comenzaba, y nada mejor que un almuerzo en su chocolatería favorita y en compañía de su amiga Annette para infundirle el valor que le faltaba.

—Hablaré con Hoffmann mañana —declaró, corriendo de nuevo las cortinas y encarando a su progenitor—. ¿Tienes prisa por marcharte?

—En realidad no.

Katja esbozó una sonrisa sincera.

—Entonces no tardemos, que Rosie nos espera.

***

La ciudad portuaria de Bremen se despertó al alba lentamente, envuelta en una tenue neblina que suavizaba los contornos de los edificios y silenciaba momentáneamente el bullicio cotidiano.

El humo grisáceo de las chimeneas industriales se elevaba en altas columnas hacia el cielo, fusionándose con el aire fresco y húmedo que traía el cercano mar del Norte.

El traqueteo de los carruajes resonaba a lo largo de las estrechas vías empedradas, mientras los primeros transeúntes comenzaban a aparecer entre los callejones.

Katja siempre había amado aquella urbe tan idílica, mezcla de tradición y progreso, cuna orgullosa de uno de los cuentos más famosos de los hermanos Grimm, cuyos relatos aún parecían susurrarle desde cada rincón y casa señorial.

Los mercados, con sus puestos coloridos y abarrotados, hervían de actividad, rebosantes de frutas frescas, especias aromáticas, tejidos finos y artesanías diversas.

Los comerciantes ofrecían sus productos con entusiasmo, desplegando desde la última moda en sombreros hasta cerámicas pintadas a mano, mientras los obreros trabajaban con dedicación en sus talleres de madera, vidrio y metal, moldeando pacientemente objetos que parecían tener alma propia.

Sohlenkunst, la fábrica de calzado de los Bauer, estaba ubicada a las afueras de la metrópoli, un edificio robusto de grandes ventanales a través de los cuales emanaban los efluvios característicos del cuero y el aceite.

Allí, entre el eco constante de martillos y máquinas, se forjaba el sustento de muchas familias, incluido el futuro de Katja.

Su infancia había transcurrido felizmente entre el vibrante barullo de aquel gigante de ladrillos rojizos y la tranquila serenidad de la mansión familiar, situada en el pintoresco pueblo de Vilbruck, donde los prados verdes y los bosques frondosos ofrecían un refugio perfecto para su desbordante imaginación.

Tras media hora de trayecto, el faetón que transportaba a Katja rumbo a las oficinas del letrado Isidor Hoffmann avanzó por el viejo puente que enlazaba ambas riberas del río Weser.

Al llegar al extremo opuesto, el carruaje se detuvo con un leve vaivén.

La joven exhaló un suspiro prolongado, una combinación de cansancio y expectación, y miró por la ventanilla.

Ante sus ojos emergía una imponente construcción de fachada sobria, de aspecto sólido y severo, con altas ventanas de guillotina y un portalón rematado en hierro forjado.

En ese mismo instante, vio salir por la puerta principal al propio Hoffmann, que acudía a recibirla con paso resuelto.

—¡Señora Bramwell! —saludó.

Ella descendió auxiliada por el cochero, quien le ofreció la mano para que no tropezara con el peldaño. Su corazón latía impetuoso, presa de una inquietud difícil de sofocar. Aquella citación inesperada del abogado la había tenido en vilo desde que la recibió.

— Herr Hoffmann —respondió con un leve asentimiento de cabeza—. Buenos días.

El asesor, hombre de mediana edad, de rostro anguloso y mirada aguda, esbozó una sonrisa cordial.

Su porte, aunque reservado, transmitía confianza; la perilla meticulosamente recortada acentuaba unas facciones amables y serenas.

Sin dilación, la invitó a entrar en su despacho, una oficina amplia y luminosa, adornada con mobiliario de madera de nogal: un escritorio pulido, butacas de terciopelo, alfombras orientales y estanterías macizas atestadas de volúmenes encuadernados en piel.

—Le agradezco que haya respondido con tanta presteza —dijo el abogado, tomando asiento frente a ella—.

Me informaron hace poco que ha regresado de Inglaterra y que se ha instalado en el pueblo donde pasó su niñez.

Permítame expresarle mis condolencias por su reciente viudez, aunque lleguen con algo de retraso.

—Gracias. Debo confesar que estoy deseando saber cuál es el motivo de esta reunión.

El caballero carraspeó levemente, se inclinó sobre su buró y tomó un fajo de documentos sujetos con un cordel.

—Verá..., su tía me confió esta carpeta poco antes de su deceso, con la estricta instrucción de entregársela únicamente si su esposo, el señor Bramwell, fallecía antes que usted.

Katja frunció el ceño, perpleja.

—¿Cómo dice?

—Fueron sus últimas disposiciones —aclaró Isidor con tono grave.

Le tendió el portafolios de cartón pardo, y ella lo tomó, temerosa de descubrir lo que ocultaba su interior.

—¿Qué contienen estos papeles? —preguntó cautelosa.

—Léalos usted misma. Le aseguro que son de suma relevancia para su porvenir.

Katja desató el cordel y desplegó su contenido: cartas de su tía, anotaciones dispersas y un testamento manuscrito, debidamente validado ante notario.

La lectura fue lenta, pesada, y a cada línea su desconcierto crecía, hasta que de pronto, un pasaje concreto la dejó sin aliento.

Sintió que el estómago se le encogía, como si el aire en la estancia hubiese escaseado de repente.

—¿Qué significa esto? —murmuró, incrédula—. ¿Una... herencia?

Hoffmann asintió.

—Así es. Su tía le lega todos sus bienes.

—¿Me cede sus posesiones? —insistió ella, boquiabierta.

—Correcto —corroboró el abogado—. Mientras estuvo usted casada, su esposo habría tenido pleno acceso a la fortuna y pertenencias que la señorita Bauer poseía.

Y ella no deseaba bajo ningún concepto que el señor Thomas Bramwell se beneficiara de su patrimonio.

Por eso estipuló esta condición. —Hizo una breve pausa—.

Sunny Hütte , la finca y los terrenos, además de quince mil marcos y algunas joyas de valor considerable, pasan ahora a ser de su propiedad.

Katja, estupefacta, se llevó una mano trémula a los labios.

Aquel inesperado legado representaba mucho más que simples bienes materiales: podría liquidar gran parte de las deudas contraídas por Thomas en vida.

Si además conseguía vender la casa de Birmingham, saldaría definitivamente sus cuentas con los acreedores y tendría la oportunidad de comenzar de nuevo.

Con lo que restara, podría emprender un negocio propio, quizá abrir una pequeña tienda, o bien depositar el capital en un banco y vivir de los intereses.

También contemplaba la posibilidad de buscar un empleo estable en alguna fábrica de la región, lejos de los fantasmas del pasado.

Por primera vez en meses, un atisbo de esperanza se asomó en su mirada.

—En nombre de su tía, tengo el placer de entregarle esto —dijo él, extendiéndole un manojo de llaves—. La casa, junto con todo lo que alberga en su interior, la aguarda para convertirse en su nuevo hogar. Le deseo una vida larga y feliz entre sus muros.

Katja depositó las llaves en su regazo, sintiendo cómo un torrente de emociones la arrollaba sin darle tiempo a reaccionar: euforia, nostalgia y una cierta aprensión.

Aquella casa, que había sido el refugio y santuario de su tía durante tantos años, ahora pasaba a ser suya.

Un espacio impregnado de recuerdos que intuía que estaba a punto de cambiarle la vida.

—Gracias, herr Hoffmann —respondió, agradecida—. Aún no alcanzo a comprender el motivo de este giro tan inesperado, pero...

—Katja Rose siempre fue una mujer generosa y sabia —opinó el letrado con una sonrisa benévola—.

No busque otra explicación. Ahora, si no le importa, necesito que firme algunos documentos para formalizar todo —añadió mientras sacaba de un maletín unos papeles que colocó sobre el escritorio—. No le tomará mucho tiempo.

Todavía conmocionada por la magnitud de la sorpresa, Katja obedeció y trazó varias rúbricas en los lugares indicados por Isidor, mientras su mente ya empezaba a imaginarse cómo sería vivir en aquella antigua residencia.

Había quedado con Annette para tomar un tentempié en el barrio medieval de Schnoor, y no podía esperar para compartir con su amiga aquella noticia que estaba destinada a modificar para siempre el rumbo de su existencia.

***

Las angostas calles adoquinadas del encantador barrio de Schnoor serpenteaban entre casas de entramado de madera, cuyas fachadas lucían engalanadas con macetas rebosantes de flores de vivos y desbordantes colores.

El fragante olor del pan recién horneado se entrelazaba con la brisa salobre que ascendía desde el cercano río Weser, incitando a los transeúntes a detenerse y disfrutar de las delicias locales, mientras el sol de la mañana arrojaba un cálido resplandor dorado sobre el vecindario histórico.

Un murmullo constante de risas y conversaciones distendidas saturaba el ambiente de una grata sensación de cercanía entre sus habitantes.

Sentada en una de las mesas de süßer Genuss, una chocolatería fundada en el siglo XVIII por una familia belga, Katja esperaba a la que, desde la más tierna infancia, había considerado como una hermana de distinta madre.

El hecho de que ambas fueran hijas únicas había contribuido a que se formara entre ellas un lazo afectivo indestructible con el paso de los años, y Katja se sentía un alma afortunada por haber hallado en la señorita Müller una compañera con la que compartir todos y cada uno de sus anhelos y secretos.