El lienzo de tus sueños
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Capítulo 1
Los rayos del sol se filtraban tímidamente a través de las vidrieras de colores, creando un mosaico de luz alegre y vivaz en la mesa del comedor.
Katja Bramwell, ataviada con un austero vestido negro con el que aún guardaba luto por su difunto esposo, se sentó frente a su hija Rosalind, quien sorbía entusiasmada su chocolate caliente.
Un golpe en la puerta principal resonó en la modesta vivienda. Katja se levantó y fue a abrir, topándose con su progenitor, August Bauer, un hombre fornido de mirada penetrante y barba tupida.
—Buenos días, hija —saludó con voz grave—. He venido a desayunar con vosotras.
Katja lo recibió con una sonrisa tensa.
—Buenos días, padre. Pasa, por favor.
Acomodado en la cabecera de la mesa y tomando posesión del lugar que perteneció a su yerno como cabeza de familia, el señor Bauer devoraba sus tostadas y conversaba con Rosalind sobre sus clases de piano.
Katja observaba en silencio, sus dedos jugueteaban distraídos con el borde del mantel, mientras sus oídos seguían atentamente cada intervención del patriarca.
A pesar de la tranquilidad aparente, una tensión apenas perceptible flotaba en la estancia, como si las palabras no dichas pesaran más que las que se pronunciaban.
—Tu esposo era un buen hombre —comentó August de repente, cambiando de tema—. Se te ha ido demasiado pronto.
Katja tragó saliva con dificultad.
—Sí —respondió, tratando de disimular su voz temblorosa—. Lo echo mucho de menos.
Un velo de recuerdos nefastos nubló su intelecto.
Su matrimonio con el sexagenario Thomas Bramwell había sido un tormento.
Un enlace forzado por las convenciones sociales, sin amor ni respeto.
Thomas era un hombre frío y dominante que la humillaba y sometía a toda clase de vejaciones y malos tratos.
La mente atribulada de Katja se hundió en aquellas memorias amargas, y la imagen de Thomas, vestido con un impoluto traje a medida y su inseparable bastón, se materializó ante sus ojos. Su rostro, serio y apático, reflejaba una arrogancia que la helaba hasta la médula.
Rememoró cómo lo había conocido. Ella, una joven ingenua de veintiún años, llena de sueños y anhelos.
Él, un empresario adinerado, tres décadas mayor, con la mirada calculadora y el corazón yermo.
Se encontraron en un baile de la alta sociedad, y Thomas quedó prendado de su belleza, su espeso cabello rubio y sus grandes ojos aguamarina.
Bramwell le pidió matrimonio dos semanas después, en una carta lacónica y formal. August, ansioso por asegurar el porvenir de su hija, aceptó de inmediato. Katja no tuvo voz ni voto en la decisión, y su destino se selló con un simple «sí» que la condenaría a una vida de dolor y sufrimiento.
La boda se celebró a los tres meses, una ceremonia fastuosa y carente de sentimientos.
Katja, vestida de blanco, herencia de la moda que la reina Victoria de Inglaterra impuso prácticamente en toda Europa cuando se casó con el príncipe Alberto de Sajonia, se sentía como un cordero camino al sacrificio.
Su alma se llenó de tristeza y presagios funestos mientras pronunciaba los votos matrimoniales.
La luna de miel fue un espejismo de felicidad en su recorrido por la costa italiana, y apenas unos días después de llegar a Gran Bretaña, la verdadera naturaleza de Thomas se reveló.
Era un hombre sádico y despótico que la degradaba y sometía a su voluntad sin un ápice de compasión.
La convirtió en un mero objeto decorativo, sin derecho a la opinión ni a la libertad.
Un año más tarde nació Rosalind, fruto de su unión, en un parto difícil que casi le cuesta la vida. La joven se aferró a la pequeña como a un clavo ardiendo, la única razón para seguir adelante en medio del infierno en el que vivía.
Una lágrima humedeció la mejilla de Katja mientras evocaba aquellos ocho años de angustia.
Su cuerpo aún conservaba las marcas de las palizas, las cicatrices físicas y emocionales de una existencia robada.
Pero ahora era libre. Thomas estaba muerto y enterrado; había sucumbido a una hepatitis producto de su debilidad por la bebida, el endemoniado vicio que le había dado el valor que necesitaba para dejar salir al monstruo que llevaba dentro.
Miró a Rosalind, que se limpió los labios de los restos del chocolate, y dijo:
—Cariño, ¿te apetece jugar fuera? Hace una mañana preciosa.
—Le estaba explicando al abuelo cómo me va en las clases con fräulein Schneider —respondió la chiquilla—. Ya consigo tocar el Ännchen von Tharau sin equivocarme.
—Eso es estupendo, Rosie —terció el señor Bauer—. Pero tu madre y yo tenemos que hablar sobre un asunto muy aburrido para ti. Además, aún no has estrenado el caballito de madera que te regalé. ¿Te parece bien ir adelantándote tú?
Rosalind desvió la mirada hacia su madre, quien asintió con la cabeza.
—Puedes terminarte el bollito en el jardín.
La niña se levantó de un salto, agitando los tirabuzones de su brillante melena dorada.
—¡Pero no les des de comer a los pájaros! —exclamó Katja, viéndola trotar en dirección a los parterres traseros de la vivienda.
—Esta muchachita posee la energía de un ejército entero —bromeó el anciano—. Me recuerda a ti cuando eras pequeña.
Katja se giró hacia él. August no era inclinado a mostrar demasiado afecto a sus seres queridos, y además era un pésimo comunicador de sentimientos, un defecto que afectaba a casi todos los Bauer por igual, excepto a su tía Katja Rose (de la que heredó el nombre de pila), una mujer afable y cariñosa que la trataba como a la hija que nunca tuvo.
Una mueca triste se dibujó en sus labios.
Katja Rose había fallecido el invierno anterior a causa de una gripe, y Thomas ni siquiera le había permitido asistir al sepelio.
La casa en la que residió con su marido en Birmingham era su cárcel, el epicentro de su martirio.
Tenía prohibido poner un pie en la calle sin su permiso y toda su correspondencia era vigilada por Bramwell y su horrendo mayordomo, motivo principal por el que jamás había alertado a su familia de su situación.
Solo Katja Rose estaba al tanto de la verdad, y le rompía el alma saber que no volvería a verla, ni a abrazarla ni a escuchar su voz dulce y melodiosa.
—Thomas decía que Rosalind es como una copia mía diminuta —declaró la joven dama, alisándose la tela de su falda de seda bruna—. No es que le hiciera especial ilusión que nos pareciéramos tanto...
—¿Hubiera preferido que se asemejara a él? ¿Una niña con esos rasgos? Siento gran estima por mi querido yerno, que en paz descanse, pero no es que fuera muy agraciado que digamos.
Katja reprimió una risita. Su cónyuge era dos años mayor que August, y carecía por completo del atractivo ligado a la apostura de los caballeros que arrancaban suspiros a las señoritas casaderas.
—La sangre alemana de los Bauer prevaleció sobre la suya —confesó ella—. Y un inglés no soporta que las características de su raza sean anuladas por las de un país rival.
—Por el amor del cielo, Katja, si nunca hemos sido enemigos de Gran Bretaña —aleccionó Bauer—. Nuestro propio káiser, Wilhelm II, es nieto de la reina Victoria. Además, la vieja monarca tiene a sus descendientes repartidos por todo el continente. Por algo la llaman la abuela de Europa .
—Totalmente cierto —ratificó su interlocutora—. Pero supongo que no habrás venido a darme una clase de historia contemporánea ni a hablar de la pureza de nuestro linaje, ¿verdad?
August escudriñó a su hija con una mirada reflexiva. Ambos sabían a qué se debía su visita, e intentar disimular no serviría de nada. Se tomó el resto de su café con leche y enunció:
—Querida, he estado revisando las cuentas de Thomas. Me temo que las deudas son más de lo que imaginábamos.
—No me sorprende. He estado barajando posibles soluciones, y... hay algunos acreedores en Inglaterra que exigen el pago inmediato. No sé cómo voy a hacerles frente.
—He escrito a conocidos míos en Londres. Tal vez puedan ayudarnos a encontrar un comprador para su propiedad en Yorkshire —opinó él—. En cuanto a la renta mensual que abonas por esta casa...
—Estamos al día.
—Podéis mudaros conmigo y con tu madre.
—No será necesario, no te preocupes.
August asintió. Desde los esponsales de Katja, esta no era la misma.
Su carácter se había vuelto taciturno y derrengado.
Estaba claro que su hija habría preferido unirse a un hombre más joven y basar su relación en el afecto; sin embargo, consolidar el acuerdo comercial con Bramwell requería entregarle también a la muchacha.
Era una cláusula no negociable del contrato firmado entre ambos para que Thomas inyectara liquidez en la fábrica de zapatos de los Bauer.
El muy zorro, además de quedarse con la parte de la fortuna que le correspondía como socio, también quería hacerse con el control del dinero que Katja percibiría, y quién sabe, dirigir él mismo la fábrica si August llegara a faltar.
Pero el tiro le salió por la culata, ya que este partió a la otra dimensión antes que su suegro, y Bauer no pudo hacer más que suspirar de alivio, a pesar del aprecio que le tenía.
Por lo menos no perdería el patrimonio por el que tanto había luchado y por el que habría vendido su alma al mismísimo diablo.
—Por cierto, Hoffmann, el abogado de la familia, quiere hablar contigo —informó el hombre—. Dice que es referente a mi hermana y algo que le confió para ti antes de morir.
—¿Tía Katja Rose?
—Sí.
—Me pondré en contacto con él de inmediato. ¿Qué querrá de mí?
August dejó su servilleta sobre el mantel y respondió:
—No lo sé, pero creo que era importante. Cuenta con mi apoyo si necesitas cualquier clase de asesoramiento, ¿de acuerdo?