CAPÍTULO 50
Macizo de los Akakus (Libia) — Actualidad
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “«Nostra domus superest, sed nos defuimus.»
(Nuestra casa permanece, pero nosotros ya faltamos)..”
Los dos días que siguieron a su llegada transcurrieron despacio, desprovistos por fin de la angustia constante y las prisas que les habían mordido los talones durante semanas.
La primera mañana, Julian encontró sobre las mantas una camisa de un azul turquesa y unos pantalones de un tono ocre.
La tela era gruesa a la vista, pero al tacto resultó de una ligereza sorprendente, con una porosidad fina que dejaba respirar la piel.
Se la puso despacio. Le caía perfecta sobre los hombros, holgada pero firme, sin una sola costura que le estorbase al moverse.
Al volverse, una sección de la pared junto a la puerta, que hasta entonces le había parecido simple roca lisa, reaccionó a su presencia: la superficie se aclaró al instante, transformándose en un espejo de cuerpo entero que seguía sus movimientos con una nitidez absoluta.
Aquellos colores vivos le quedaban bien, lejos del gris cansado con el que solía camuflarse para pasar desapercibido.
Esa mañana no le importó que lo miraran.
Al asomarse a la ventana ovalada, Julian contuvo el aliento.
No estaba encerrado en una gruta. Ante él se abría un valle entero bajo tierra, tan vasto que el techo de roca, a cientos de metros de altura, hacía de firmamento propio, iluminado por una luz difusa que imitaba con precisión la calidez del día exterior.
Colinas de un verde tierno descendían hacia tierras de cultivo ordenadas y huertos cargados de fruta.
Un río de aguas claras serpenteaba por el fondo del valle, reflejando el brillo disperso de las viviendas que salpicaban las laderas.
Salió descalzo a la terraza y sintió la hierba fresca bajo los pies, húmeda de un rocío que alguien, en algún lugar de aquel mundo cerrado, controlaba con el mismo cuidado con que un jardinero riega una maceta.
A media mañana, Rouros lo llevó a recorrer el resto del enclave.
No había pasadizos angostos ni la opresión que Julian había imaginado bajo tierra: caminaron por senderos limpios que bordeaban las lomas, entre casas de líneas orgánicas que parecían haber crecido de la propia roca sin dañarla, todas orientadas hacia el río y los campos comunes.
En una vaguada donde el terreno se allanaba, media docena de niños jugaban a perseguirse entre setos bajos, y entre ellos corría uno de piel pálida y pelo castaño corriente, sin nada de la gravedad antigua que Julian ya asociaba al resto de los rostros del lugar.
Más adelante, un hombre cuidaba con mimo unos bonsáis de formas sinuosas plantados en la ladera, y a su lado, con total tranquilidad, una pareja de corzos mordisqueaba brotes de hierba fresca, ajenos por completo a los recién llegados.
—¿Cómo hacéis para que no os teman? —preguntó Julian.
—No hacemos nada —dijo Rouros—. Ellos eligen estar aquí.
Siguieron el sendero hasta un edificio de líneas puras que parecía flotar cerca de la orilla del río.
Dentro, el aroma a pan recién hecho lo llenaba todo.
Sobre mesas de madera oscura se acumulaban higos secos, dátiles, granadas abiertas y hogazas que aún exhalaban vapor.
No había mostradores, ni balanzas, ni nadie vigilando.
—¿Como se paga esto? —preguntó, con una hogaza ya en las manos.
—No cuesta nada —dijo Rouros—. Yo horneé ese pan esta madrugada. Otro trajo los higos de su huerta. Coges lo que necesitas hoy, y mañana aportarás lo que sepas hacer. No llevamos cuentas.
Julian contempló el pan caliente y sintió un nudo áspero en la garganta. No era solo asombro. Era algo más parecido al duelo: la certeza de descubrir, a los treinta y dos años, que había vivido toda su vida asumiendo que el mundo solo podía funcionar bajo la ley del esfuerzo, el pago y la sospecha.
Salió a la plaza que unía los edificios comunes y se sentó en un poyete, sin que nadie reparara en él.
Un grupo de hombres trabajaba en el tejado de una vivienda a medio construir, cantando algo en un idioma que no reconoció, riendo cada vez que alguno perdía el compás.
Cerca, tres mujeres conversaban sentadas al borde del río, refrescándose los pies en la corriente.
Dos ancianos discutían, gesticulando, sobre el mejor modo de injertar un arbusto, y terminaron la disputa con una carcajada y un abrazo.
Julian sintió las lágrimas antes de darse cuenta de que estaba llorando.
Le corrían por la cara, calientes, sin ningún sollozo que las acompañara, mientras miraba a aquella gente trabajar, vivir y compartir con tal naturalidad.
No sabía qué nombre darle a esa paz. Solo sabía que no quería volver a perderla.
Al caer la tarde se quedaba en los patios, viendo la calma de las familias al reunirse. Un anciano jugaba a las tabas con dos niñas que no eran suyas. Una pareja se rozó apenas las manos al cruzarse en un umbral. Dos mujeres se saludaron sosteniéndose la mirada varios segundos enteros.
—¿Siempre es así? —le preguntó a Rouros, mientras contemplaban el río teñirse de los tonos cobrizos de un crepúsculo regulado—. ¿De verdad no tenéis rencores, ni envidias, ni disputas?
Rouros se detuvo. Lo miró con una curiosidad limpia, casi compasiva, como quien intenta reconocer una dolencia ajena que nunca ha padecido él mismo.
—Discutimos, claro. El orgullo duele igual aquí dentro —dijo, despacio—. Pero lo que tú llamas envidia, o traición, no sabríamos cómo hacerlo, Julian. Es como pedirle a tu mano izquierda que golpee a la derecha para quitarle la comida. No estamos hechos de esa manera.
Julian no replicó. El silencio que siguió no necesitó ningún discurso sobre moral, ni sobre leyes, ni sobre pactos.
Fue al apagarse la luz de esa segunda tarde cuando Ezra mandó llamar a todos los que debían decidir el rumbo del viaje que quedaba por delante.
La sala donde se reunieron aquella noche era circular, con las mismas paredes vivas que Julian ya había visto en su habitación, y en su centro ardía, sin humo visible, un fuego cuya sola quietud revelaba la sofisticación oculta bajo la aparente sencillez de todo el lugar.
Alrededor, en un círculo perfecto, se sentaron los que Ezra había convocado: media docena de ancianos del enclave cuyos nombres Julian todavía no había aprendido, junto a El-baz, Lúy, Rouros, Marco, Caty, Nazarí, Ilana y Jonás.
Julian se sentó al margen, junto a Rouros, sin saber muy bien si el lugar que ocupaba era el de un invitado o el de alguien todavía a prueba.
—¿Por qué no hay más gente? —susurró hacia Rouros, incapaz de contener la pregunta.
—Descansando, trabajando, criando a los suyos en otras partes del valle —respondió Rouros, también en voz baja—. Calla, Julian. Escucha. Ya habrá tiempo para preguntas después.
Varios de los ancianos del círculo lo miraban de reojo, sin ningún disimulo. Una mujer de trenzas grises recogidas sobre la nuca ni siquiera se molestó en apartar la vista cuando él se dio cuenta de que lo observaba.
Ezra habló primero, con una voz que no necesitaba alzarse para llenar la sala entera.
—Todos sabéis por qué estamos aquí. —Su mirada se detuvo, sin ninguna dureza pero sin ninguna evasiva tampoco, en Nazarí—.
La Balanza lleva veinte años esperando a alguien que prometió presentarse ante ella cuando llegara su hora.
Me temo que esa hora, Nazarí, ha llegado ya, aunque no del modo en que ninguno de nosotros la habría elegido.
Nazarí no bajó la vista. Asintió una sola vez, despacio.
—Lo sé.
—No todos los que estáis aquí tenéis que ir —continuó Ezra, recorriendo el círculo con la mirada—. Cada uno de vosotros va a decidir esta noche, en voz alta, qué lugar ocupa en lo que viene, y nadie en esta sala va a juzgar la decisión que tome quien decida quedarse.
Fue Ilana quien rompió primero el silencio, con una mano todavía entrelazada con la de Jonás.
—Nosotros volvemos a Ilvëa. —Su voz tembló, apenas, en la última palabra—.
He pasado veinte años manteniendo un pulso encendido allí para que nadie mirara hacia Madrid mientras Jonás criaba a nuestra hija.
Quiero, por primera vez en dos décadas, volver a un hogar que sea mío de verdad, no una actuación para mantener a otros a salvo.
Jonás apretó su mano, sin decir nada, y el gesto bastó como su propia declaración.
Julian sintió que Rouros se movía a su lado, y comprendió que había llegado su turno.
—A mí me gustaría quedarme aquí —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. Si se me permite.
Un anciano de barba blanca, sentado a la derecha de Ezra, frunció el ceño.
—Es humano. Y ha trabajado, hasta hace apenas unos días, para la misma corporación que nos caza.
—Trabajaba para ellos sin saber lo que perseguían de verdad —dijo Rouros, poniéndose en pie—.
Y en cuanto lo supo, eligió el lado correcto sin que nadie se lo pidiera dos veces, a un coste que la mayoría de los presentes en esta sala nunca ha tenido que pagar: perder cada nombre, cada credencial, cada vida que tenía antes de anoche.
Me ofrezco a responder por él. Pido que se quede.
Ezra se levantó y cruzó el círculo hasta detenerse frente a Julian.
Extendió dos dedos y los apoyó en su sien, con la misma delicadeza con que se toca algo que puede romperse.
Julian contuvo el aliento. No sintió dolor, solo un cosquilleo frío que le bajó por la nuca, y vio, o creyó ver, cómo el iris de Ezra viraba despacio de un azul acerado a un verde aguamarina profundo, como quien deja ir el aire después de sostener la respiración mucho más tiempo del necesario.
—Que se quede —dijo Ezra al fin—. Bajo tu custodia, Rouros, y bajo tu entera responsabilidad.
El círculo continuó. Marco se puso en pie sin que nadie se lo pidiera.
—Yo voy —dijo, simplemente, y su mirada, antes de volver a sentarse, buscó la de Caty durante medio segundo de más.
—Yo también —dijo ella, poniéndose en pie a su vez—. No he llegado hasta aquí para quedarme esperando en la puerta justo cuando por fin entiendo de qué va todo esto.
Nazarí se levantó despacio, con el peso de su error doblándole ligeramente los hombros.
—Voy porque tengo que ir. Y porque, por primera vez en dos décadas, quiero ir, en vez de que me obliguen a hacerlo.
El-baz fue el último en hablar, y cuando lo hizo, su voz llevaba dentro algo que Julian no supo nombrar hasta que Lúy, a su lado, le puso una mano en el hombro antes incluso de que terminara la frase.
—Voy porque llevo un siglo entero debiéndole a Nazarí no dejarlo solo frente a lo que sea que le espere allí.
—Se detuvo un instante, y añadió, con una vulnerabilidad que Julian no le había visto hasta entonces—.
Y porque no sé, todavía, si a mí también me toca responder ante algo, cuando lleguemos.
—Voy contigo —dijo Lúy, sin levantar la voz—. Os guío hasta Carlsbad. Conozco el camino mejor que cualquiera de los presentes, y no pienso separarme de mi hermano dos veces en la misma vida.
Ezra asintió, cerrando el círculo con la misma calma con que lo había abierto.
—Entonces está decidido. Partiréis al amanecer.
—Su mirada recorrió una última vez a los que se quedaban, y a los que se iban, con un peso que no necesitaba explicarse—.
Que la tierra os reconozca en cada paso del camino, y que la Balanza, cuando llegue el momento, pese con la misma justicia con que ha pesado siempre.
El frescor de la madrugada todavía se pegaba a la piel cuando bajaron hacia el río.
La hierba, húmeda de rocío, se les quedaba pegada al calzado ligero a cada paso, y el agua, en la orilla donde el día anterior las mujeres se habían refrescado los pies entre risas, corría ahora en absoluta soledad, oscura todavía, fría y esperando su propia luz.
Caty había dejado atrás la última y dolorosa despedida con sus padres en la boca de la cueva.
Había visto a Jonás caminar dos pasos por detrás de su madre, arrastrando los pies por la orilla con una pesadumbre que le hundía los hombros, dándoles espacio antes de emprender el viaje de regreso que los aislaría de nuevo en las raíces de Ilvëa.
Aquel abrazo callado había quedado atrás, una despedida sin lágrimas porque mirar atrás no iba a hacer que doliera menos.
Ahora, Caty caminaba junto al cauce, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, mirando el agua perdida en sus propios pensamientos, viendo con nostalgia algo que sabe que no va a volver a ver en mucho tiempo.
Al llegar junto al embarcadero, Ilana se detuvo a su lado y la atrajo hacia sí pasando un brazo por sus hombros.
Durante un rato ninguna de las dos dijo nada. Ilana tenía la vista fija en un punto del agua donde la corriente formaba un remolino pequeño, constante, que se deshacía y volvía a formarse una y otra vez sin moverse nunca del mismo sitio.
—Cuando era pequeña —dijo Ilana, al fin—, mi madre me traía aquí.
No a este río exacto. A uno parecido, en Ilvëa, con la misma corriente terca que nunca se rinde del todo.
Me sentaba en la orilla y me dejaba meter los pies en el agua helada, y lanzábamos piedras al remolino, y se reía cuando yo gritaba por el agua fría que salpicaba… —rió suavemente al recordarlo—
Caty la escuchó en silencio. El escepticismo de su mente científica ya no oponía resistencia; la fijeza de los ojos de Ilana reflejaba la misma verdad de piedra que envolvía todo el macizo.
—Te habría encantado conocerla.—
Ilana se llevó la mano al cuello, despacio, y desabrochó el cordón de su cuello sin mirarlo. El corazón de resina le quedó un instante en la palma, con la veta dorada atrapada dentro como un insecto en ámbar.
— Lo puso en las manos de Caty, —Este colgante era de tu abuela Heleni, nunca la vi sin él, lo había hecho su madre con la savia del árbol madre, lo llevó hasta el día de su muerte y desde entonces lo he llevado yo. Quiero que lo lleves tú.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado más segura de nada.
Caty extendió la mano y dejó que la resina templada tocara su palma, sintiendo el peso exacto de una herencia que ya no podía negar.
—Con reverencia Ilana lo fijo al cuello de su hija.
— Te he echado de menos mamá. —Dijo Caty entre sollozos.
Sus palabras quebradas, la barbilla temblando, por un desconcierto que no sabía explicar.
Se les unió Jonás en un abrazo prolongado, se besaron tiernamente y se miraron largo rato a los ojos.
—Está decidido —resonó la voz de Marco desde el linde del sendero, quebrando la quietud de la orilla.
Ilana le dedicó una última mirada de hondo orgullo, apretándole los dedos, y Caty se dio la vuelta para unirse al grupo.
Acomodándose la mochila a la espalda, avanzó junto a Nazarí y Marco hacia el camino que Lúy había señalado la noche anterior, dispuesta a cruzar el océano hacia Carlsbad y a sostener, por fin con sus propias manos, el peso de su verdad