CAPÍTULO 51
Del Sáhara a Nuevo México — Actualidad
סוֹפָא דְּאָרְחָא לָא הֲוָה סוֹפָא, אֶלָּא תַּרְעָא
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “El final del camino nunca fue un final. Era una puerta.”
Salieron del valle por una vertiente que Lúy conocía o que, tal vez, solo él sabía intuir; un paso estrecho hacia el noreste que los devolvió a la superficie lejos de cualquier lago, lejos de cualquier ojo que pudiera estar esperándolos junto al agua.
El sol de la mañana los recibió con la misma violencia de siempre, y Caty, con la mano cerrada un instante sobre el colgante bajo la túnica, no miró atrás.
El resto fue rapidez. Un vehículo esperando en mitad de la nada, con el motor en marcha y el polvo pegado a los guardabarros.
Un avión sin insignia despegando de una pista de tierra que no aparecía en ningún registro internacional.
Horas de cielo cambiando de color sobre el desierto, con el zumbido constante de las turbinas como único ruido dentro de una cabina donde nadie sentía la necesidad de llenar el aire con palabras.
Estaban escapando, pero el peligro no se había quedado atrás; solo se movía a su misma velocidad.
Llegaron a los Lagos de Gabraoun al atardecer del segundo día.
Aquello era un impacto visual extraño: una masa de agua salada, densa y oscura, varada entre dunas gigantescas, rodeada de palmeras que crecían directamente de la arena como si la geografía del desierto hubiera hecho una excepción en aquel único punto.
Lúy la condujo hasta la orilla sin explicar nada. Detrás de ellos, Nazarí se detuvo. Caty le buscó los ojos y encontró en ellos algo que nunca le había visto expresar: un orgullo limpio, exento de la habitual gravedad de la sangre.
Entró en el agua vestida. El lodo tibio de la orilla cedió bajo sus botas y luego el fondo dejó de sostenerla.
No lo pensó. Su mente científica, la que siempre buscaba explicaciones químicas y de densidad, se rindió cuando se dejó hundir por completo.
Abrió los ojos bajo la superficie salada.
El agua era tan densa que la empujaba hacia arriba, pero ella se obligó a bajar, sintiendo cómo el líquido espeso le limpiaba la piel del viaje, hasta que los pulmones le reclamaron aire con un latido violento en las sienes.
Una mano firme la asió por el hombro y la devolvió a la superficie.
Al salir, el agua que le escurría por la cara sabía a sal vieja, a mineral expuesto al sol durante años.
Lúy comenzó a hablar en la lengua antigua, la misma cadencia lenta que Julian había intentado descifrar en sus cuadernos.
A Caty las frases le llegaban rotas por el viento del desierto, pero el cuerpo entero se le tensó, reconociendo el peso de la herencia que ahora llevaba colgada al cuello.
No necesitaba traducir las palabras; bastaba con sentir la vibración en el pecho.
Cuando Lúy calló, Caty se sintió, por primera vez, dueña absoluta de sus propios pasos.
El vuelo hacia Nuevo México duró casi doce horas. En algún punto sobre el Atlántico, con la cabina a oscuras y el susurro del aire acondicionado adormeciendo al grupo, Rouros se deslizó por el pasillo y se sentó junto a Nazarí.
—¿Pesa la espera? —preguntó Rouros, con la voz baja, directa.
Nazarí no apartó la vista de la ventanilla. Al otro lado solo había un abismo de nubes oscuras.
—Llevo demasiadas vidas acumulando deudas —respondió Nazarí, y su mano rozó inconscientemente la cicatriz de su muñeca—. Un poco más de presión no va a romper la balanza.
—La Balanza no es un tribunal humano, Nazarí. No busca el castigo. Busca la simetría.
Nazarí guardó un silencio prolongado, mientras el avión sufría una leve sacudida por la turbulencia.
—Eso es exactamente lo que me temo.
Rouros no insistió. Apoyó una mano en el hombro de Nazarí.
Era el mismo gesto exacto que El-baz había tenido con Julian, la misma cadena de manos transmitiendo un peso que ninguno de ellos podía sostener en solitario.
Se quedó allí, en silencio, mirando la oscuridad hasta que el primer hilo de luz solar cortó el horizonte.
Carlsbad los recibió con una tarde seca y un viento racheado que levantaba remolinos de polvo rojizo; un calor distinto al de Libia, más alto, más árido. El coche de la red los dejó en un desvío sin señalizar en mitad de la llanura de Nuevo México.
Desde allí caminaron casi dos horas. Lúy abría la marcha por un sendero apenas visible entre la maleza baja y las rocas agrietadas, hasta que la tierra pareció ceder y abrirse en una boca de piedra tan colosal que el concepto de entrada dejaba de tener sentido.
Era una grieta enorme hacia el subsuelo.
Dentro, suspendida de la bóveda a una altura imponente, la formación calcárea que la Guía llamaba la Espada de Damocles colgaba sobre el vacío.
Su silueta afilada dominaba la penumbra de la primera cámara.
El-baz se detuvo en seco, con los ojos fijos en la negrura que se abría más allá, en las profundidades del sistema de galerías.
Hizo un ademán, como si fuera a formular la pregunta que llevaba guardando desde el Sáhara.
Pero el silencio de la caverna era demasiado real como para romperlo.
Marco dio el primer paso y cruzó el umbral de sombra. Caty lo siguió estrechando el colgante de resina contra su pecho, sintiendo el calor del árbol madre contra su piel. Después entró Nazarí. Lúy y El-baz cerraron la marcha, hombro con hombro.
Los cinco se detuvieron un instante bajo la piedra, contemplando la inmensidad del abismo subterráneo donde la luz exterior terminaba de borrarse.
Ninguno de ellos sabía qué veredicto aguardaba al final del descenso. Pero, por primera vez, el peso del destino ya no se sentía como una condena.