CAPÍTULO 49 #4
No fue un miedo racional. Fue algo mucho más viejo, algo que le subió desde el fondo del pecho antes de que su mente tuviera tiempo de nombrarlo: los brazos de su padre sujetándolo bajo el agua de una piscina, hacía más de veinte años, en un intento torpe de enseñarle a nadar sin flotador que había terminado con Julian tragando agua entera, convencido, durante los diez segundos más largos de su infancia, de que se iba a morir allí mismo.
El cuerpo no distingue entre un recuerdo y el presente cuando el agua vuelve a cerrarse sobre la cara.
Julian abrió la boca para gritar y solo consiguió que el agua le entrara por la garganta, y empezó a manotear sin ningún control, sin ninguna dirección, hundiéndose más en vez de encontrar la salida.
Fue Rouros quien lo alcanzó, sumergiéndose desde arriba con una velocidad que ningún nadador humano habría podido igualar, y lo que hizo después Julian no lo entendería del todo hasta mucho después, cuando ya tuviera tiempo de ponerle palabras: no lo arrastró sin más hacia la salida.
Le impuso una calma que no era suya, una mano firme en la nuca y una presión, casi física, que le apagó el pánico como quien cierra un grifo, dejándole el cuerpo obedeciendo órdenes que su mente todavía no había terminado de aceptar.
Julian sintió que sus propios pulmones dejaban de exigir aire con la misma urgencia, que sus piernas, en contra de todo instinto, se quedaban quietas en vez de seguir pataleando contra la nada, y solo entonces notó la corriente: no lateral, como cualquier cauce natural, sino ascendente, empujándolos hacia arriba con una fuerza constante que ninguno de ellos necesitaba ya vencer con sus propios brazos.
Aun así, incluso con esa calma impuesta desde fuera y esa corriente sosteniéndolo, la agonía de esos segundos bajo el agua negra le pareció interminable, un tiempo que ningún reloj humano podría haber medido con justicia.
La negrura fue cediendo poco a poco, primero en un tono azulado tenue, después en un resplandor dorado que crecía con cada metro ganado, hasta que salió al otro lado tosiendo, expulsado con suavidad hacia la orilla de un canal iluminado por una luz cálida que no venía de ninguna fuente que pudiera identificar, con el pecho ardiendo y los ojos llenos de un agua que ya no era la del manantial.
—Respira —dijo Rouros, todavía sujetándolo por los hombros, empapado hasta la última hebra de ropa—. Ya está. Ya has cruzado.
A su alrededor, un grupo de siluetas se acercaba desde la penumbra del salón: hombres y mujeres de edades imposibles de calcular, vestidos con sencillez, que rodearon a El-baz nada más verlo emerger del agua con un cuidado que no tenía nada de la urgencia médica que Julian habría esperado, sino algo más parecido a una bienvenida.
Entre ellos, Rouros reconoció con alivio los rostros de Marco y Caty, que debían llevar allí ya un buen rato, esperando, y que se acercaron los primeros para ayudarlo a incorporarse del todo.
Julian, aún tosiendo, alcanzó a ver cómo dos de los ancianos apoyaban las manos sobre el hombro herido de El-baz, y cómo, en cuestión de minutos, la palidez gris que había cargado todo el viaje empezaba a ceder, el color regresándole a la piel con una velocidad que Julian, incluso después de todo lo que ya había presenciado, no pudo evitar mirar con la boca entreabierta.
Un hombre se adelantó entre el resto, con el pelo blanco suelto sobre los hombros — blanco por elección o por costumbre, no por ningún desgaste que Julian pudiera reconocer en el resto de su porte, erguido y firme como el de cualquiera de los otros — y unos ojos que Julian ya reconocía, esa misma mirada profunda que parecía ser la marca de toda aquella gente, aunque en él esa mirada tenía además una serenidad que no había visto en ninguno de los demás.
No lo había visto nunca, y sin embargo algo en la forma en que todos los presentes se giraban hacia él sin necesidad de que nadie lo pidiera le dijo a Julian, antes incluso de que Rouros pronunciara su nombre, que aquel hombre llevaba más tiempo en aquel salón que la propia piedra que lo sostenía.
—Ezra —dijo Rouros, con una reverencia genuina en la voz, muy distinta de la que empleaba con cualquier otro.
—Bienvenidos —dijo Ezra, con una voz firme, sin ningún temblor, que sin embargo llevaba dentro un peso que ninguna voz joven podría haber cargado, recorriendo con la mirada a cada uno de ellos, deteniéndose un instante de más en Julian, como quien evalúa algo sin prisa ninguna—.
Habéis traído con vosotros más preguntas de las que esta noche puede responder, y mucho cansancio que ninguna de esas respuestas va a curar si no descansáis primero.
Comed. Dormid. Mañana convocaré a los que deban decidir qué hacer con todo lo que habéis traído hasta aquí —sus ojos se posaron, esta vez sin disimulo, sobre Julian— incluido usted, joven Herzog, aunque la decisión que le concierne no depende solo de mí.
Julian, todavía temblando, con el agua goteándole del pelo sobre la piedra pulida del suelo, no encontró ninguna palabra a la altura del momento, y se limitó a asentir, dejándose conducir junto con los demás hacia el calor de un fuego que ardía, sin humo visible, en el centro de aquel salón imposible.