El Libro Rojo CAPÍTULO 49 #3
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CAPÍTULO 49 #3

El primer helicóptero apareció a los veinte minutos, un punto oscuro en el horizonte que creció con una rapidez que a Julian le heló la sangre en las venas.

—Rheingold —dijo Rouros, sin apartar la vista del retrovisor, la voz tensa por primera vez en todo el viaje—. Han debido de triangular la última señal del avión. Agarraos.

En el asiento trasero, El-baz abrió los ojos del todo, y algo en su postura cambió: la palidez que todavía le quedaba de las heridas se tensó en una concentración que Julian ya reconocía.

Lúy, a su lado, le puso una mano en el hombro, no para detenerlo, sino como quien se apunta a hacer juntos algo que ya han hecho mil veces antes.

—¿Te acuerdas de Creta? —dijo Lúy, con una media sonrisa que no encajaba del todo con la gravedad del momento.

—Me acuerdo de que casi te ahogas en Creta.

—Me acuerdo de que tú casi nos ahogas a los dos por presumir.

El-baz soltó una risa corta, casi involuntaria, que se cortó en seco en cuanto el helicóptero corrigió el rumbo directamente hacia ellos. Los dos hermanos cerraron los ojos a la vez, con la misma sincronización silenciosa de quien no necesita contar hasta tres para saber cuándo empezar.

Julian sintió el cambio antes de entenderlo: un olor seco, punzante, casi metálico, se le coló en la nariz, el mismo olor que recordaba de las tormentas de verano en Madrid justo antes de que cayera el primer rayo.

Ozono. El aire entero, dentro del coche, pareció cargarse de electricidad estática, erizándole el vello de los brazos, y fuera, muy por encima de ellos, el helicóptero que llevaba treinta segundos sobrevolándolos en línea recta viró de golpe, como si una mano invisible le hubiera torcido el rumbo, alejándose hacia el norte con la insistencia terca de un piloto convencido de estar corrigiendo su propio error de navegación.

Un segundo aparato apareció diez minutos después, y el proceso se repitió idéntico: la tensión en el rostro de los dos hermanos, el olor a ozono, el aire cargándose de electricidad hasta que a Julian se le erizaba la piel de la nuca, y el helicóptero desviándose sin que su piloto llegara jamás a sospechar que la decisión no había sido enteramente suya.

—¿Cuántas veces más pueden hacer eso? —preguntó Julian, en voz baja, hacia Rouros.

—Menos de las que a mí me gustaría —respondió Rouros, sin apartar la vista de la carretera—. Míralos bien, Julian. Fíjate en cómo les cuesta cada vez un poco más que la anterior.

Julian miró hacia atrás. El-baz respiraba ahora con un esfuerzo visible, y Lúy, sin abrir los ojos, le había puesto la mano entera en la nuca, sosteniendo algo que Julian no sabía nombrar pero que reconocía, ya, como el mismo tipo de peso que había visto ceder en el rostro de Marco semanas atrás, en un cañón muy distinto de este.

Llegaron al pie del macizo cuando el sol ya se hundía del todo tras las torres de piedra, tiñendo el cielo entero de un rojo tan profundo que parecía sangrar sobre el horizonte.

Fue El-baz quien reconoció la grieta de entrada entre mil recovecos idénticos, la misma que había cruzado casi un siglo atrás, y los condujo a pie hacia el interior del cañón hasta que la roca se abrió en un pasadizo que no descendía en línea recta, sino en una espiral perfectamente regular, tallada con una precisión que ningún cantero humano habría podido igualar sin herramientas que todavía no existían.

Descendieron durante lo que a Julian le parecieron cientos de metros de desnivel, contando los pasos sin darse cuenta, hasta que el pasadizo terminó en una cavidad de tamaño modesto, apenas mayor que la sala de un hostal, en cuyo centro descansaba un pequeño lago de aguas quietas y perfectamente negras, sin salida visible, encerrado por completo entre paredes lisas que no ofrecían ni una sola grieta más por la que continuar.

—Aquí es donde el mundo de arriba se detiene, y donde empieza el nuestro —dijo El-baz, deteniéndose al borde del agua, con la misma reverencia exacta con que un hombre nombra una tumba familiar.

Julian sintió que el pulso se le disparaba, un miedo antiguo, casi infantil, trepándole por la garganta.

—No sé nadar bien. Y no tengo ni idea de cuánto tiempo hay que aguantar la respiración, ni…

—No vas a necesitar aguantarla tanto como crees —dijo Rouros, con una calma que no lograba del todo tranquilizar a Julian—.

Ralentiza el pulso antes de entrar, todo lo que puedas.

El agua de este manantial no es un obstáculo.

Es parte del propio nodo. Reconoce a los que llevan la sangre correcta, y a los que no la llevan, si van acompañados de alguien que sí la lleva, los deja pasar igual, como una puerta que solo necesita una llave, no dos.

—¿Y si no me deja pasar?

—Entonces yo mismo bajo contigo y te saco, si hace falta —dijo Rouros, con una firmeza que Julian ya conocía bien—. Llevo siglos enteros viendo a quién deja pasar este manantial y a quién no. Confío en mi propio criterio más de lo que tú confías en el tuyo ahora mismo, joven Herzog.

Julian miró el agua negra un momento más, sintiendo el peso entero del cielo rojo reflejado en su superficie, y respiró hondo, una vez, dos, intentando convencer a su propio cuerpo de que aquel miedo, por muy real que fuera, no era más grande que todo lo que ya había cruzado para llegar hasta allí.

—De acuerdo —dijo—. Vamos.

El agua estaba fría de un modo que no tenía nada que ver con la temperatura del desierto, un frío antiguo, casi mineral, que le subió por las piernas en cuanto entró hasta la cintura.

Rouros entró primero, con El-baz apoyado en su hombro, y Lúy los siguió de cerca, pero fue en el instante exacto en que la superficie negra se cerró sobre la cabeza de Julian cuando todo, dentro de él, se rompió a la vez.