CAPÍTULO 49 #2
Se quedó allí a salvo durante generaciones, hasta que el rastro se volvió a torcer: una filtración, una venta mal vigilada, ya no importa el detalle exacto.
El caso es que volvió a perderse en el mismo circuito de anticuarios y contrabandistas del que una vez lo habíamos sacado, hasta acabar, sin que él mismo llegara a sospechar jamás lo que tenía entre las manos, en el almacén de un mercader de Djerba llamado Pietro.
Fue El-baz quien lo recuperó, con Heleni y con Braihm, y quien lo trajo de vuelta al Akakus una vez más.
Fue Ezra quien decidió, ya en el enclave, que no podía quedarse allí para siempre: el pigmento con el que está escrito reacciona al campo magnético de la tierra, y ese campo se mueve, aunque nosotros no lo notemos.
Un mapa que no se recalibra en una Ciudad Madre cada pocas décadas deja de ser un mapa. Encargó a Braihm que lo llevara.
—¿Y llegó?
Rouros tardó en responder, y cuando lo hizo, algo en su voz se había apagado.
—No lo sabemos, Julian. Braihm partió con el libro y no volvimos a tener noticias suyas.
Ni una carta, ni un mensaje a través de la red, ni una sola señal en casi un siglo.
Durante años dimos por hecho que había llegado sin incidentes, porque ninguna alarma se disparó nunca, ningún rumor de una pieza como esa cayendo en manos equivocadas.
Pero “sin alarma” no es lo mismo que “sano y salvo”, y cuanto más tiempo pasa, más nos cuesta a los que quedamos seguir creyendo lo primero sin pruebas.
—¿Dónde está ahora, entonces?
Rouros no sonrió esta vez.
—Esa, joven Herzog, es una de las preguntas que espero que este viaje por fin nos ayude a responder.
Julian se quedó en silencio un momento, atando cabos que hasta entonces había dejado sueltos por pura necesidad de sobrevivir el día a día.
—El barón Halberg. Livia Wenger. ¿Es la misma caza, entonces? ¿Solo que un siglo más tarde?
—Es la misma sangre persiguiendo la misma obsesión, con herramientas distintas —dijo Rouros—.
El barón quería el secreto para convertirse en el hombre que hubiera derrotado a la muerte donde todos los demás habían fracasado.
Su nieta ya no necesita mitos ni supersticiones para justificar la búsqueda: tiene laboratorios, algoritmos, un diagnóstico propio empujándola contra el reloj.
Pero el objetivo final nunca ha cambiado de nombre, Julian, solo de vocabulario.
Antes lo llamaban inmortalidad. Ahora lo llaman cura definitiva.
Es la misma hambre, vestida con la ropa de cada siglo.
—¿Y por qué ahora? ¿Por qué todo a la vez, el barón, la nieta, Rheingold, el R.A.T.G., como si alguien estuviera acelerando el reloj de todos ellos al mismo tiempo?
Rouros lo miró un momento antes de responder, como si sopesara cuánto de aquello merecía la pena decir en voz alta dentro de un avión.
—Hay algo más viejo que Halberg empujando desde detrás de cada uno de ellos, Julian.
No un hombre. Ni siquiera del todo una idea.
Los llamamos Irin, y lo único que necesitas saber por ahora es que se alimentan de la misma hambre que acabas de nombrar, y que llevan generaciones enteras susurrándosela al oído a quien esté dispuesto a escuchar.
Nosotros nos escondemos no solo de los hombres que nos persiguen.
Nos escondemos de lo que los mueve a perseguirnos.
Julian se quedó callado un momento, pero no porque no tuviera nada que decir, sino porque necesitaba ordenar, con la misma disciplina con que habría anotado una raíz semítica en cualquier otro contexto, lo que acababa de encajar en su cabeza.
—Irin. —Lo repitió despacio, paladeando la palabra—.
Es la misma raíz que “vigilantes” en el libro de Daniel, la que luego los griegos tradujeron como grigori , los mismos que aparecen en el Enoc que tanto he citado estos días sin entenderlo del todo.
Y Shomrim —añadió, con una urgencia creciente en la voz, como si el descubrimiento lo hubiera sacado por un instante del propio miedo— viene de shamar , guardar, vigilar.
Ustedes también son vigilantes, ¿no es así?
La misma raíz, el mismo oficio, y dos caminos que se separaron en algún punto que ningún diccionario me va a explicar jamás.
Rouros lo miró con algo que se parecía, por primera vez desde que se conocían, a una sorpresa genuina.
—No sé si algún filólogo antes que tú había llegado tan rápido a esa conclusión —dijo, y en su voz había ahora un respeto distinto, ganado, no concedido—.
Pero sí. Esa es exactamente la herida, joven Herzog.
Todos empezamos siendo lo mismo. Vigilantes.
Solo que unos decidimos vigilar para proteger, y otros decidieron vigilar para reclamar lo que creían que se les debía.
—Pero entonces, ¿cómo actúan exactamente? ¿Poseen a la gente, les susurran, o…?
—No sigas por ahí, Julian.
—Hay algo que no le he contado a nadie —dijo, con la voz cada vez más rápida, como si las palabras le salieran antes de que pudiera ordenarlas del todo—.
Hace unas semanas, en el edificio de Rheingold donde trabajaba, vi pasar por el pasillo restringido una maleta metálica con el logo hexagonal y un rótulo de riesgo biológico que no encajaba con nada de lo que solíamos manejar en mi planta.
Pregunté qué era. Me respondieron de malas maneras que no era asunto mío y que dejara de hacer preguntas si quería seguir teniendo despacho.
Días después oí a dos técnicos hablando en voz baja de un contenedor criogénico llegado sin autorización, con un cuerpo antiguo dentro que olía a azufre y que nadie del laboratorio sabía explicar.
En su momento no le encontré ningún sentido, y lo archivé como una rareza más de una empresa que ya me parecía turbia de por sí.
Se detuvo, y algo en su rostro cambió, como si las propias palabras que acababa de pronunciar en voz alta hubieran terminado de encajar delante de sus propios ojos en ese mismo instante, mientras las decía.
—Y en el libro de Enoc se dice que abandonaron el cuerpo cuando llegó el diluvio, que volvieron al cielo sin él. Yo vi esa maleta, Rouros. La vi con mis propios ojos, en el mismo edificio donde trabajaba, sin saber lo que estaba mirando.
No era ya una hipótesis intelectual, un dato curioso para archivar junto a otras rarezas corporativas.
Era algo mucho más parecido al vértigo: la certeza física de haber estado, sin saberlo, a un pasillo de distancia de algo que ningún ser humano debería haber visto jamás, y el terror repentino, irracional, de no saber ya cuántas otras cosas imposibles había cruzado sin reconocerlas por lo que eran.
—¿Es eso? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Es uno de los cuerpos que ellos abandonaron?
Rouros se quedó callado el tiempo suficiente como para que el propio silencio funcionara como respuesta.
—No sigas por ahí —repitió, esta vez sin ninguna dureza, casi con cansancio—.
No porque estés equivocado, Julian. Porque tienes razón, y ese es exactamente el tipo de razón que no conviene decir en voz alta más de lo estrictamente necesario.
Hay hilos que se van a atar solos, con el tiempo, sin que tú ni yo tengamos que tirar de ellos antes de tiempo.
Julian cerró la boca, con las mejillas todavía calientes por la reprimenda, pero no pudo evitar que la mente le siguiera trabajando en silencio, encajando piezas que ya no soltaría.
—Kenotim —dijo al fin, en voz mucho más baja, casi para sí mismo—.
Del griego kenosis . El vaciamiento. Lo que ya había deducido antes de conocer a Rouros: la divinidad que se despoja de sí misma para tomar forma humana.
Eso es lo contrario exacto de lo que acabo de describir, ¿verdad?
Ellos se vaciaron para quedarse. Los otros tomaron cuerpo y lo abandonaron en cuanto dejó de convenirles.
—Esa es la diferencia entera, en una sola frase —dijo Rouros, y por primera vez en varios minutos, algo parecido a un asomo de orgullo le suavizó el rostro—. Guárdatela para cuando de verdad la necesites, joven Herzog. No la gastes ahora, en un avión, donde nadie más que tú y yo puede oírla.
El avión aterrizó en una pista de tierra apisonada a las afueras de Ghat con las ruedas levantando un polvo tan fino que tardó varios minutos en asentarse del todo.
El calor los golpeó nada más abrir la puerta, un calor seco y antiguo, tan distinto de la humedad gris que habían dejado atrás en la meseta soriana que a Julian le costó un segundo entero recordar que ambos climas pertenecían al mismo planeta.
El vehículo que los esperaba no tenía nada de particular a simple vista: un todoterreno polvoriento, con la pintura desconchada por años de arena, que cualquier inspector de fronteras habría descartado sin mirarlo dos veces.
Fue Rouros, ya al volante, quien le explicó lo que Julian necesitaba saber antes de que el motor terminara de arrancar.
—No es un motor de combustión, aunque suene a uno —dijo, sin que nadie se lo preguntara—.
Es un sistema de sustentación magnética de baja altura, de los que la red lleva perfeccionando desde antes de que tu abuelo naciera.
Flota sobre las dunas en vez de hundirse en ellas.
No es magia, Julian, aunque lo parezca. Es ingeniería que a Rheingold le llevaría dos décadas replicar, si es que alguna vez llega a sospechar que existe.
El todoterreno se elevó apenas un palmo sobre la primera duna y cruzó el desierto con una suavidad que ningún vehículo con ruedas debería poder ofrecer, deslizándose sobre la arena en vez de removerla.
Julian, agarrado al asiento, sintió que el paisaje entero se desdibujaba en los márgenes de su visión: torres de piedra negra recortadas contra un cielo que empezaba a teñirse de un naranja imposible, el olor a polvo caliente y a algo mineral, casi metálico, que se colaba por las rendijas mal selladas de las ventanillas.