CAPÍTULO 49
Cielo del Mediterráneo / Macizo de los Akakus (Libia) — Actualidad
לְאָן אָזֵל דְּחַלְתָּא כַּד פָּטְרָא? בְּאֵידָא אֲתַר טְמִירָא?
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “¿A dónde va el miedo cuando se aparta? ¿En qué lugar se esconde?”
El avión de Idris era un turbohélice sin ninguna insignia visible, con los asientos de piel agrietada por el uso y una cabina lo bastante pequeña como para que las rodillas de El-baz, tumbado a lo largo de tres plazas con los ojos cerrados, casi rozaran el asiento donde Julian llevaba media hora sin decidirse a preguntar lo que de verdad quería preguntar.
Lúy, sentado junto a su hermano con una mano apoyada sobre su antebrazo en el mismo gesto de vigilancia que Rouros había usado durante todo el viaje desde Madrid, hablaba con él en voz muy baja, en un idioma que a Julian, apenas a dos asientos de distancia, le resultó completamente irreconocible.
No era ningún idioma que Julian hubiera estudiado nunca, y eso, en sí mismo, ya era extraño: llevaba media vida dedicada a lenguas semíticas muertas, sabía reconocer la raíz de una palabra incluso en un dialecto que no había aprendido, sabía distinguir arameo de ugarítico, hebreo bíblico de fenicio arcaico solo por la cadencia de las consonantes.
Lo que salía de la boca de aquellos dos hombres no encajaba en ninguna casilla de todo lo que había aprendido.
Era lento, mucho más lento que cualquier habla humana, con pausas entre sílaba y sílaba que un oyente impaciente habría confundido con silencios completos, y sin embargo Julian percibía, con una certeza física que no sabía de dónde le llegaba, que aquellas pausas no eran vacío: eran parte del propio idioma, tan cargadas de significado como las palabras que las rodeaban.
—¿Qué idioma es ese? —susurró, sin apartar la vista de los dos hermanos, hacia Rouros, sentado al otro lado del pasillo estrecho.
—No tiene nombre que tú puedas anotar en ningún cuaderno —respondió Rouros, también en voz baja—. Es más viejo que cualquiera de las lenguas que tú has estudiado. Más viejo, me atrevería a decir, que la propia idea de que el lenguaje necesite sonido para existir.
—Pero suena. Yo lo estoy oyendo.
—Estás oyendo la parte que necesita sonido para llegarte a ti.
— Rouros sonrió, apenas, sin ninguna burla en el gesto—.
Hay otra parte que no vas a oír nunca, joven Herzog, por mucho que te esfuerces.
No es un secreto que te oculten. Es, sencillamente, que tú no tienes el oído para esa frecuencia, igual que un perro oye silbatos que tú nunca oirás por mucho que agudices el oído.
—¿De qué hablan?
Rouros tardó en responder, como si sopesara cuánto de la verdad merecía la pregunta.
—De lo que hablan dos hermanos que no se habían visto desde antes de que existieran los imperios que tú estudias como si fueran antiguos.
—Su voz se suavizó, perdiendo por un instante toda la sequedad operativa con que solía hablar—.
De un padre común. De un mar que cruzaron juntos hace tanto tiempo que ni ellos mismos podrían fecharlo con exactitud.
De la decisión que tomó cada uno, hace siglos, y de si esa decisión mereció, al final, lo que costó.
—Eso suena a algo que se podría decir en español.
—Se puede decir en español lo que significa.
No se puede decir en español lo que pesa.
—Rouros lo miró de reojo, con algo parecido a la compasión—.
Esa lengua no describe el dolor de haber extrañado a alguien durante tanto tiempo.
Lo contiene. Lo lleva dentro de cada pausa que tú confundes con silencio.
Julian dejó pasar un rato largo, observando cómo El-baz decía algo que terminaba en una inflexión descendente, casi un suspiro convertido en sonido, y cómo Lúy cerraba los ojos un instante, como si la frase le hubiera costado un esfuerzo físico encajarla en algún sitio del pecho.
Solo entonces, con la cara todavía vuelta hacia los dos hermanos, se atrevió a hacer la pregunta que de verdad llevaba media hora rumiando.
—¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó al fin—. Quiero decir, cuando esto termine. Si es que termina alguna vez. Rheingold sabe mi nombre, mi cara, todo. No puedo volver a la universidad. No puedo volver a Madrid.
—No puedes volver a ningún sitio donde existieras antes de anoche —dijo Rouros, sin rodeos, aunque sin ninguna crueldad en el tono—.
Y no es solo Rheingold. Livia Wenger dio la orden de borrarte antes de que amaneciera: de la nómina, de los seguros, de cualquier base de datos con tu nombre.
Que fuera como si Julian Herzog nunca hubiera existido para esa empresa.
Y una corporación con el dinero y los contactos de Rheingold no se limita a despedir a alguien, joven Herzog. Borra.
Julian sintió un vacío frío instalársele en el estómago, algo mucho más concreto que el miedo abstracto que había cargado durante los últimos días.
—¿Borra cómo?
—Historial académico. Cuentas bancarias.
Es posible que ya hayan empezado a construir un rastro digital que explique tu desaparición de un modo conveniente para ellos: una crisis nerviosa, una fuga voluntaria, algo que cierre el expediente sin dejar preguntas abiertas.
—Rouros lo miró con una atención que no tenía nada de fría, a pesar de la dureza del contenido—.
Rheingold no es solo una farmacéutica, Julian.
Es un consorcio que lleva un siglo entero comprando silencio en gobiernos, universidades, cuerpos de policía.
Lo que has visto estos días es solo la parte que se deja ver.
—Entonces no tengo nada. Ni nombre, ni trabajo, ni vida a la que volver.
—No tienes esa vida —corrigió Rouros—. Pero puede que tengas otra, si estás dispuesto a que te la ofrezcamos y los ancianos están dispuestos a aceptarte.
Hay ciudades de los nuestros, nodos de la tierra donde los Shomrim se reúnen entre misión y misión, que a veces acogen a quien ha demostrado, como tú, que puede guardar un secreto sin que se lo pidan dos veces.
No es una garantía. Los ancianos deciden esas cosas con una paciencia que a ti te va a exasperar.
Pero existe esa puerta, Julian. No estás tan solo como crees estar en este momento.
Julian se quedó en silencio, digiriendo aquello con la misma lentitud con que había digerido todo lo demás desde que las alarmas del laboratorio empezaron a sonar, y cuando volvió a hablar, lo hizo en voz más baja, casi para sí mismo.
—¿Y el libro? —preguntó al fin—. El que da nombre a todo esto. Todavía no me ha explicado qué es en realidad, más allá del nombre.
Algo cambió en la expresión de Rouros, un peso distinto asentándose sobre sus rasgos.
—El Libro Rojo se lo robaron a los nuestros los Nephilim, mucho antes de que ningún faraón reinara en Egipto —dijo Rouros, con la voz más baja de lo habitual—.
Los hijos corruptos de los Irin y de mujeres humanas, los mismos que los libros antiguos llamaban hombres de fama, y también gigantes violentos, heredaron de sus padres un conocimiento que ningún hombre de aquel tiempo debería haber tenido jamás: geología, cosmología, matemáticas, trigonometría, un dominio profundo de los metales, de la fisiología y de la física.
Con ese mismo conocimiento excavaron lo que nosotros llamamos el Hipogeo Primigenio: una red de galerías y cámaras que desciende hacia el subsuelo del Valle de los Reyes, miles de años antes de que ningún faraón pisara la zona.
En su punto más profundo, ocultaron lo que nos habían arrebatado.
Siglos más tarde, sin que nadie lo planeara, la tumba de un rey niño llamado Tutankamón se excavó justo encima, como una antecámara diminuta sobre algo mucho más antiguo y mucho más grande.
—Un momento —interrumpió Julian, con la voz tensa—.
Eso… eso explicaría las marcas que encontró Reeves bajo el yeso pintado.
Las puertas tapiadas que nadie ha llegado a abrir.
Los huecos que detectó el radar de Watanabe en 2015, el metal y el material orgánico detrás de los muros norte y oeste.
Todo el mundo lleva una década discutiendo si ahí detrás está Nefertiti.
Nadie ha pensado nunca que podría no haber ninguna reina.
—No la hay —dijo Rouros—. Lo que sea que sigan detectando esos radares, Julian, no es una cámara funeraria. Es la boca de un pozo que lleva miles de años más tiempo del que Tutankamón llegó a vivir.
No por humillación, Julian. Por cálculo.
Conocían a la humanidad mejor de lo que a nosotros nos hubiera gustado que la conocieran, y sabían que un secreto enterrado tan profundo, tarde o temprano, con el paso de los siglos suficientes, termina saliendo a la luz de todos modos.
Se equivocaron solo en el tiempo que tardaría, no en el hecho en sí.
Los Irin todavía caminaban la tierra cuando esto ocurrió.
Llegaría siglos después el día en que se abrieron las puertas de los cielos y reventaron los manantiales profundos, y ellos abandonaron sus fundas donde estuvieran, sin tiempo para elegir el lugar ni el modo.
Algunas quedaron atrapadas casi de inmediato bajo el hielo que se formó cuando la temperatura de los polos cayó de golpe, de un modo que ninguna estación conoce.
El Hipogeo Primigenio ya llevaba entonces milenios excavado.
Cuando por fin unos ladrones de tumbas humanos, sin la menor idea de lo que tenían entre las manos, vaciaron aquel enterramiento en busca de oro para vender en el mercado negro, se llevaron el libro junto con el resto del ajuar, mucho antes de que Carter llegara a poner un pie en el Valle de los Reyes.
Los Shomrim de aquella época se pasaron generaciones enteras mezclados entre anticuarios, contrabandistas y coleccionistas, siguiendo el rastro de una pieza que cambiaba de dueño cada pocos años sin que nadie a quien perteneciera supiera jamás lo que realmente custodiaba, hasta que por fin dimos con él y lo trajimos de vuelta al Akakus.