CAPÍTULO 48
Provincia de Soria — Actualidad
אֲחִי, דְּלָא חֲזִיתֵהּ מִן יוֹמָא דְּעָלְמָא לָא הֲוָה עֲתִיק
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Hermano, a quien no he visto desde antes de que el mundo fuera viejo.”
El control apareció después de una curva cerrada, sin previo aviso, donde la carretera comarcal se estrechaba entre dos taludes de tierra rojiza: no un solo coche, sino tres, dispuestos en un ángulo cerrado que no dejaba más carril libre que el estrictamente necesario para obligar a cualquier vehículo a detenerse del todo, con las luces azules girando despacio en el aire todavía frío de la mañana y varios conos de plástico naranja marcando un pasillo estrecho entre el metal y el talud.
Cuatro agentes se repartían el control, dos de ellos con la mano ya apoyada, sin ninguna urgencia todavía, sobre la culata del arma reglamentaria.
El conductor levantó el pie del acelerador sin frenar de golpe, con la misma economía de movimientos con que había hecho todo desde que salieron de Madrid, y Julian sintió que el aire dentro del vehículo cambiaba de textura, se volvía más denso, más difícil de tragar.
—Buenos días —dijo el agente más cercano, un hombre joven, con la gorra calada hasta las cejas y el aliento todavía visible en el frío, agachándose junto a la ventanilla del conductor mientras los otros tres se distribuían despacio alrededor del coche, cerrando cualquier ángulo de fuga sin que nadie lo dijera en voz alta—. ¿Adónde se dirigen a estas horas?
—A Soria capital —respondió el conductor, con la misma calma practicada de quien ha cruzado cien controles antes que este—. Una entrega de mercancía.
—Documentación del vehículo, por favor.
Mientras el conductor se inclinaba hacia la guantera, el agente dejó que la mirada recorriera despacio el interior del coche, deteniéndose un instante de más en cada rostro, comparando en silencio lo que veía con algo que llevaba grabado en la memoria desde primera hora de la mañana.
El conductor le entregó los papeles. El agente los repasó, los devolvió, y estuvo a punto de incorporarse para dejarlos seguir cuando su mirada, ya sin ninguna prisa, volvió al asiento trasero, al rostro de El-baz, pálido, con los ojos entornados contra la claridad del día.
Algo cambió en la expresión del agente. Un parpadeo de más, una inclinación mínima de la cabeza, el gesto exacto de alguien intentando hacer encajar una cara real con una fotografía vista esa misma mañana en un correo interno que nadie le había explicado del todo por qué importaba tanto.
—Un momento —dijo, y su mano se movió, despacio pero sin ninguna duda, hacia la radio prendida en su hombro.
Julian sintió que el corazón se le subía a la garganta, un latido único y desbocado que le retumbó en los oídos con una fuerza casi dolorosa.
El aire del coche, que segundos antes solo olía a tapicería vieja y al café frío de las tazas de cartón amontonadas en la puerta, pareció espesarse de golpe, cargarse de una electricidad que Julian no sabía nombrar pero que sentía en la piel de los brazos, en la nuca, en cada raíz de cabello erizada bajo la tela del abrigo.
El-baz, a su lado, no se movió. Ni siquiera abrió del todo los ojos.
Pero Julian, que llevaba ya suficientes días aprendiendo a leer los silencios de aquellos hombres, notó que el suyo cambiaba de naturaleza: dejaba de ser el silencio del agotamiento para convertirse en el silencio, mucho más antiguo, de quien calcula.
El pulgar del agente ya rozaba el botón de la radio cuando el aire entero pareció contraerse.
No fue una sensación metafórica. Julian lo sintió en los tímpanos, igual que se siente el cambio de presión al despegar un avión, un vacío repentino que le taponó los oídos una fracción de segundo antes de que el sonido volviera de golpe, más nítido, casi doloroso.
Sobre el talud del este, la luz gris de la mañana se dobló sobre sí misma en un punto concreto, como el aire caliente sobre el asfalto en pleno verano, y de ese punto salió disparada una sombra que no corría: se desplazaba, entera, de un lugar a otro, sin atravesar el espacio intermedio de ningún modo que la física de Julian pudiera nombrar.
La tierra rojiza del talud, allí donde la sombra había estado un instante antes, quedó agrietada en un abanico de líneas finas, como si algo hubiera empujado contra ella con una fuerza que ningún pie humano podría ejercer jamás.
El agente ni siquiera llegó a fruncir el ceño.
Para él, no había pasado nada; el mundo seguía exactamente donde lo había dejado un segundo antes.
Pero Julian, con el corazón desbocado y un pitido agudo todavía resonándole en el oído izquierdo, supo con una certeza absoluta que algo — alguien — acababa de cruzar una distancia que debería haber llevado minutos enteros, en el tiempo que tarda un párpado en cerrarse y volver a abrirse.
Y entonces la voz llegó, serena, sin ninguna prisa, desde el arcén, a apenas dos metros del coche, como si llevara allí toda la vida.
—Agente. Creo que ese hombre me está buscando a mí.
Nadie lo había visto llegar del todo. Solo aquella sombra fugaz sobre el talud, aquel cruce imposible de rápido que ningún cuerpo humano debería poder sostener sin partirse por dentro, y luego, sin ningún tramo intermedio que un ojo humano pudiera registrar, un hombre ya de pie junto al coche, como si la distancia entre el este y aquel arcén se hubiera resuelto sin necesidad de atravesarla.
Era alto, de una edad imposible de calcular a simple vista, vestido con una sencillez que no llamaba la atención y que, sin embargo, Julian sintió imposible de apartar la vista.
Había algo distinto en él, comparado con El-baz o con Rouros, algo que a Julian le costó nombrar hasta que lo tuvo delante el tiempo suficiente: no el peso de un cuerpo llevado durante siglos, anclado ya a la tierra por pura costumbre, sino la ligereza de alguien que apenas empezaba a acostumbrarse al suyo, y que por eso mismo todavía no había olvidado del todo cómo dejar de estar atado a él.
Como si la carne, para los que la llevaban puesta desde hacía milenios, terminara por convertirse en la única forma posible de moverse por el mundo, mientras que para él seguía siendo, todavía, una entre varias.
El agente se giró hacia él, con la mano todavía en la radio, la expresión endureciéndose en el gesto reflejo de quien percibe una amenaza sin saber todavía de qué tipo.
—¿Y usted quién es?
—No temas. No he venido por ti —dijo el hombre, con una calma tan serena, tan absolutamente desprovista de amenaza, que el propio agente sintió, sin poder explicarlo después ni a sí mismo, que la tensión en sus propios hombros se aflojaba sin que él hubiera decidido aflojarla.
Fue como si algo cálido le entrara por el pecho y le fuera deshaciendo, uno a uno, todos los nudos que llevaba toda la guardia sosteniendo: el frío de la mañana, el peso del chaleco, la costumbre entera de desconfiar de cada rostro que se cruzaba en su turno.
No era solo alivio. Era una paz concreta, física, que le bajaba por los brazos hasta la punta de los dedos, y con ella algo que no supo nombrar mientras lo sentía y que, mucho después, cuando ya no quedara ni rastro del recuerdo exacto de aquella mañana, seguiría echando de menos sin saber qué era: una especie de cariño inmerecido, de respeto sin causa aparente, como el que un niño siente por alguien mucho más viejo que él sin que nadie se lo haya explicado todavía.
A su alrededor, los otros tres agentes, que un instante antes mantenían las manos cerca del arma con la disciplina tensa de quien espera una orden, fueron bajando los brazos uno a uno, con la misma lentitud desconcertada de quien despierta a medias de un sueño sin lograr recordar del todo qué lo había alarmado.
El agente parpadeó, una, dos veces, con la mirada momentáneamente perdida, como quien pierde el hilo de una frase a medio pensar.
—Documentación en regla —murmuró, ya sin ninguna convicción detrás de las palabras, guardándose la radio en la funda del cinturón con un gesto casi automático—. Pueden seguir.
Se apartó del coche, y los otros tres lo imitaron sin necesidad de que nadie diera ninguna orden, retirando los conos con el mismo automatismo manso con que un rebaño entero cambia de dirección al mismo tiempo.
El agente caminó de vuelta hacia su vehículo con un paso ligeramente más lento de lo normal, y no volvió a mirar atrás.
El hombre de la carretera esperó a que el conductor arrancara el motor antes de rodear el coche despacio, sin ninguna prisa, y abrir la puerta trasera junto a El-baz.
El frío de la mañana entró con él, cargado de un olor a tierra húmeda y a espliego silvestre que crecía en el talud, y por un instante, ese olor concreto fue lo único que Julian pudo registrar con claridad, como si sus propios sentidos hubieran decidido aferrarse a algo pequeño y físico antes de dejarse arrastrar por lo que estaba a punto de presenciar.
El-baz abrió los ojos del todo.
Ninguno de los dos habló al principio. Se miraron durante lo que a Julian le pareció un tiempo imposible de medir con ningún reloj normal, un silencio que no tenía nada de incómodo y todo de una plenitud extraña, como si ambos estuvieran, en ese mismo instante, recorriendo mentalmente siglos enteros de distancia en el espacio de un solo parpadeo.
El rostro de El-baz, tan hermético durante todo el trayecto, se deshizo poco a poco en algo que Julian nunca le había visto antes: no alivio, no alegría exactamente, sino una especie de rendición absoluta, como la de un hombre que lleva toda una vida sosteniendo un peso y de golpe, sin previo aviso, encuentra unas manos dispuestas a compartirlo.
—Lúy —dijo al fin, y la palabra le salió quebrada, apenas un hilo de voz que no tenía nada de la firmeza con que había hablado durante todo el viaje.
—Hermano. —La voz de Lúy también temblaba, algo que Julian jamás habría esperado de alguien capaz de detener a un agente armado con una sola frase—. Has tardado mucho en dejar que te encontrara.
El-baz cerró los ojos de nuevo, esta vez no por agotamiento sino por algo mucho más parecido a la necesidad de no ser visto en aquel instante exacto, y Lúy, sin decir nada más, le puso una mano en la nuca, el mismo gesto exacto con que un hermano mayor consuela a otro que lleva demasiado tiempo fingiendo que no necesita consuelo.
Fuera, el viento de la meseta soriana seguía moviendo las ramas secas del talud, indiferente a todo lo que acababa de ocurrir a dos metros de una carretera comarcal cualquiera, en una mañana que, para el resto del mundo, sería solo una mañana más de mayo, fría y sin nada digno de recordar.