El Libro Rojo CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Carretera hacia Soria / Zúrich — Actualidad

כַּד גַּבְרָא תַּקִּיף מִתְעַר, אַרְעָא כֻּלַּהּ שָׁמְעָא

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Cuando un hombre fuerte despierta del todo, la tierra entera lo escucha.”

El todoterreno cruzaba la meseta soriana con las ventanillas empañadas por dentro, el amanecer todavía gris y sin decidirse del todo a ser día.

Al volante, un hombre que Julian no había visto nunca hasta esa misma madrugada —alguien de la red, presentado apenas con un nombre y un gesto seco— conducía con la misma economía silenciosa que Julian ya empezaba a reconocer como marca de familia entre los suyos.

Julian, en el asiento trasero, no apartaba los ojos de El-baz, muy abiertos, todavía incapaces de procesar del todo lo que habían visto horas antes: un hombre deteniendo balas con las manos, un edificio entero cediendo a su paso.

Cada pocos minutos se giraba hacia Rouros, sentado al otro lado, con una pregunta nueva que llevaba semanas acumulando sin saberlo.

—¿Cómo lo hace? Lo de curarse así, quiero decir. ¿Hay algún límite, algo que no pueda regenerar?

—Hay límites. No es el momento de explicártelos todos de golpe —respondió Rouros, con una mano apoyada sobre el antebrazo de El-baz, no por afecto sino por vigilancia, con la misma atención con que un médico controla un pulso—.

Ten paciencia, joven Herzog. Hay preguntas que solo tienen respuesta cuando el cuerpo que las sostiene ya no tiene que gastar toda su energía en seguir entero.

—¿Y lo de anoche? Los síntomas del algoritmo, el haplotipo, todo lo que llevo meses estudiando en hojas de cálculo… ¿Cuánto de eso es real y cuánto es la propia farmacéutica inventando ciencia para justificar la caza?

—Todo eso también esperará. —Rouros no levantó la voz, pero algo en su tono cerró la conversación con la misma firmeza que una puerta pesada—.

Ahora mismo lo único que importa es que él —señaló a El-baz con un gesto mínimo— llegue entero al Akakus.

Las respuestas no van a ninguna parte, Julian.

Él sí, si no dejamos de malgastar el poco margen que tenemos hablando en vez de vigilando la carretera.

Julian cerró la boca, aunque el gesto le costó un esfuerzo visible, y volvió a mirar a El-baz, inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración tan lenta que, de no ser por el leve movimiento del pecho, cualquiera lo habría tomado por un cadáver bien vestido.

El-baz abrió los ojos, despacio, y por primera vez desde que habían salido de Madrid habló.

—Dejad de hablar de mí como si no estuviera aquí. —Su voz sonaba raspada, seca, pero firme—. Estoy bien. Necesito llegar al Akakus antes de que el cuerpo decida cobrarme el resto de la factura de golpe, eso es todo.

—Aeródromo de Garray, quince minutos —dijo el conductor, sin apartar la vista de la carretera, en el primer comentario que se permitía desde que habían salido de Madrid—.

El contacto de Idris confirmó el vuelo hace una hora.

Sin torre de control activa a esta hora, sin plan de vuelo registrado en ningún sistema comercial.

Nadie va a saber que hemos despegado hasta que ya estemos sobrevolando el Mediterráneo.

Julian se quedó mirando la nuca del conductor un instante, como si buscara ahí alguna pista más sobre cuántos de ellos había en el mundo sin que él lo hubiera sospechado nunca, antes de atreverse a decir lo que llevaba horas rumiando.

—Anoche vi cosas que ningún manual de filología semítica me preparó jamás para entender —dijo, todavía con los ojos fijos en El-baz—. Y aun así, lo raro es que no tengo miedo. Tengo la sensación de que por fin entiendo algo que llevaba toda la vida buscando sin saberlo.

El-baz no respondió enseguida. Cuando lo hizo, en su voz había algo que no era exactamente calidez, pero se le parecía.

—Eso, joven Herzog, es la señal más clara de que ha elegido usted bien de qué lado de la puerta de cristal quería estar.

El vídeo se congeló por decimoséptima vez en el mismo fotograma, y por decimoséptima vez Livia Wenger lo hizo retroceder tres segundos y volvió a reproducirlo, inclinada tan cerca de la pantalla que su propio reflejo se superponía a la imagen granulada.

No había nada que ver. Ahí residía exactamente el problema.

Las seis cámaras de seguridad del ala este mostraban, en el minuto exacto del asalto, la misma anomalía: no un intruso, no una silueta reconocible, sino un bloque compacto de estática eléctrica que devoraba el fotograma entero durante fracciones de segundo, dejando tras de sí solo sombras deformadas, alargadas en ángulos que ninguna fuente de luz del edificio podía explicar.

Los técnicos forenses llevaban toda la noche jurando, cada uno por separado, que aquello no era un fallo de compresión ni un sabotaje convencional del sistema.

Era algo que había interferido directamente con el propio sensor, como si la cámara hubiera intentado grabar algo que la física de la luz se negaba, categóricamente, a dejar capturar.

—Doctora Wenger.

La voz de su ayudante, desde la puerta, sonó más aguda de lo habitual.

—¿Qué?

—El consejo está en la sala de conferencias. Todos ellos. Han estado esperando cuarenta minutos.

Livia apagó el monitor de un manotazo y se levantó, alisándose la chaqueta con un gesto mecánico que no llegó a devolverle ni una pizca de la compostura que necesitaba para lo que venía a continuación.

La sala de conferencias del piso veintitrés olía a café recién hecho y a la tensión particular de ocho personas que llevaban toda la mañana practicando, cada una en su cabeza, la pregunta más incómoda que pensaban hacerle.

Fue Heinrich Bauer, el más veterano del consejo, con setenta y tres años y una paciencia que ya no fingía tener, quien habló primero.

—Un laboratorio calcinado en Madrid. Un activo de contención perdido.

Un incidente de seguridad en nuestras propias instalaciones que ninguno de nuestros técnicos es capaz de explicar con palabras que no suenen a ciencia ficción.

—Bauer no levantó la voz, lo cual, en un hombre como él, resultaba muchísimo más amenazante que cualquier grito—.

Livia, llevamos diecinueve años financiando tu proyecto sin hacer demasiadas preguntas, por respeto a tu abuelo y por la promesa de un retorno que todavía no hemos visto ni de lejos.

Esa paciencia se ha terminado esta mañana.

—El proyecto está más cerca que nunca de un resultado —dijo Livia, con una calma que le costaba un esfuerzo físico sostener—.

Los incidentes de esta semana son la prueba de que la anomalía es real, no un espejismo estadístico.

Alguien con recursos serios está protegiendo activamente lo que llevamos buscando diecinueve años, y eso solo confirma su valor.

—O confirma que hemos estado persiguiendo algo que nos va a costar la empresa entera antes de dar ningún beneficio —respondió Bauer, sin inmutarse—.

Tienes tres meses, Livia. Tres meses para traernos algo tangible, algo que podamos poner encima de esta mesa y llamar resultado.

Si no, esta junta va a empezar a hacer las preguntas que llevamos años evitando por deferencia a tu apellido.

Y me temo que alguna de esas preguntas empieza por cuánto tiempo te queda a ti misma antes de necesitar, tú también, un milagro.

El silencio que siguió a esa última frase se instaló en la sala con una densidad que ningún sistema de ventilación iba a disolver esa mañana. Livia asintió una sola vez, sin palabras, y salió antes de que nadie pudiera ver lo que ese comentario le había costado sostener en el rostro.