CAPÍTULO 46 #3
El hombre de rodillas seguía sollozando su disculpa rota cuando la figura, por fin, bajó los brazos y cruzó el espacio que la separaba de Marco y Caty con una urgencia que ya no tenía nada de calma sagrada, sino toda la prisa de quien ha visto sangre y no puede permitirse ni un segundo más de distancia.
Se arrodilló primero junto a Marco, con las manos moviéndose sobre la herida del costado con una precisión que no dejaba lugar a dudas sobre cuántas veces las había tenido que usar así antes, presionando, calculando, murmurando algo en una lengua que Caty no reconoció pero que sonó, incluso sin entenderla, como una promesa.
—Va a vivir —dijo, sin levantar la vista de la herida, con una voz que a Caty se le clavó en el pecho antes incluso de que la reconociera del todo—. Pero necesita algo más que lo que yo puedo darle aquí, en la arena. Aguanta, hijo. Ya no estás solo.
Solo entonces, con Marco estabilizado contra la roca y la respiración menos entrecortada, el hombre se giró del todo hacia Caty, y ella dejó de necesitar ninguna explicación.
No hubo duda, ni el segundo de extrañeza de quien reconoce un rostro de una fotografía vieja.
Fue inmediato, físico, anterior a cualquier pensamiento: la misma voz que la había arrullado de niña en habitaciones que ya casi no recordaba, el mismo pelo, ahora más gris, que ella misma había tocado mil veces sin saber que un día tendría que aprender a echarlo de menos, la misma frente marcada por surcos que la vida, entre todos, se había empeñado en labrarle.
—Abuelo —dijo, con una voz que se le quebró antes de terminar la palabra.
Nazarí la abrazó sin decir nada, con una fuerza que a Caty le dolió en las costillas y que, sin embargo, no habría cambiado por nada.
—Llevo veinte años huyendo de lo que soy —dijo por fin, con la voz rota contra el pelo de su nieta, sin soltarla—.
Veinte años pensando que el silencio te protegía.
Que si nadie sabía lo que corría por tu sangre, nadie iba a venir a por ti.
—Se apartó lo justo para mirarla a la cara, y Caty vio, por primera vez, que las lágrimas de un Kenotim no eran distintas de las suyas—.
Y hoy os he visto acorralados en un cañón por hombres que llevan la guerra en el cuerpo desde antes de que esto empezara, obedeciendo a un miedo tan bien entrenado como sus propias manos, y he entendido, con una claridad que me ha dolido más que cualquier otra cosa en toda mi vida, que me equivoqué.
Apartarme no os protegió. Os dejó solos exactamente en el momento en que más falta os hacía que yo fuera lo que soy.
—No lo sabía —susurró Caty—. Ni siquiera lo entiendo todavía.
—Lo sé. —Nazarí cerró los ojos un instante, como si esa frase le costara un esfuerzo físico—. Y ese silencio también fue mío. Pensé que criarte lejos de todo esto era protegerte. Ahora sé que solo os dejé desarmados frente a algo que nunca dejó de buscaros.
Un movimiento en la boca del wadi, más allá del bloque de roca caída, hizo que Caty se girara de golpe, todavía tensa, todavía a medio camino entre el alivio y el miedo.
Dos figuras más avanzaban entre la polvareda que aún no había terminado de asentarse, una mujer de rasgos que Caty reconoció con una punzada en el pecho antes incluso de poder nombrarlos — los mismos ojos, la misma forma de fruncir el ceño que ella misma había visto mil veces en el espejo — y, un paso detrás, un hombre de barba corta y expresión cansada que se detuvo a unos metros, como si todavía no se creyera del todo que tenía permiso para acercarse más.
—Mamá —dijo Caty, y la palabra le salió extraña en la boca, oxidada por años sin usarla más que en el recuerdo.
Ilana no dijo nada. Cruzó el espacio que las separaba en tres pasos y la abrazó con una desesperación silenciosa que decía, mejor que cualquier palabra, todo lo que veinte años de distancia no habían conseguido borrar.
—¿Papá? —Los ojos de Caty se anegaron en lágrimas antes de terminar la pregunta.
Caty lo rodeó con los brazos, y sintió algo que llevaba toda la vida sin saber que le faltaba: la certeza física, no solo la palabra, de que aquel hombre la había criado solo en Madrid no por abandono de nadie, sino por una misma herida, repetida durante tres generaciones, de personas que confundieron la distancia con protección.
—Nunca quise que crecieras sin saber quién eras —dijo Jonás, con la voz rota—. Pero cada vez que estuve a punto de contártelo, oía la misma voz en mi cabeza diciéndome que cuanto menos supieras, más a salvo estarías. Hoy he entendido que esa voz llevaba veinte años mintiéndome.
Un poco más allá, el hombre que se había derrumbado de rodillas seguía llorando en voz baja, ya sin fuerzas para levantarse, mientras los otros dos — todavía aturdidos por los golpes de Nazarí — se arrastraban lejos, hacia su vehículo, sin mirar atrás ni una sola vez, incapaces los tres de explicar jamás, ni siquiera entre ellos, qué era exactamente lo que había ocurrido en aquel cañón.
Nazarí miró hacia el cielo, hacia el naranja profundo con que el atardecer sahariano empezaba a teñir las torres de piedra del Akakus, y dijo, más para sí mismo que para los demás:
—Se acabó el escondernos. A partir de hoy, si algo viene a por nosotros, que nos encuentre siendo exactamente lo que somos.