CAPÍTULO 46 #2
—¡Al suelo! —Marco la empujó contra la base de la grieta con una fuerza que le sacó el aire de los pulmones, y se colocó medio cuerpo por delante de ella, con los brazos extendidos hacia el cañón abierto en un gesto que a Caty le pareció, durante una fracción de segundo, absurdo: un hombre desarmado interponiéndose entre tres rifles y la única persona que le importaba proteger.
La segunda ráfaga llegó más cerrada, tres disparos casi seguidos, y Caty los vio — los vio de verdad, con una nitidez que el miedo debería haber vuelto imposible — desviarse en el aire a escasos centímetros del cuerpo de Marco, como si hubieran chocado contra un cristal invisible y hubieran perdido, en el impacto, la mitad de su trayectoria original.
Uno se incrustó en la roca a su izquierda.
Otro levantó una nube de arena a sus pies.
El tercero desapareció sin más, tragado por un ángulo que ninguna física normal podía explicar.
Marco jadeaba ya, con una fina línea de sangre asomando por una herida abierta en su brazo por una esquirla de piedra, cuando el cuarto disparo se acercó lo suficiente como para que Caty sintiera el aire desplazado rozarle la mejilla antes de perderse contra la piedra a su espalda.
—No puedo… —dijo Marco, entre dientes, con la voz tensa de alguien sosteniendo un peso muchísimo mayor que el que su cuerpo aparentaba cargar—. No puedo hacer esto solo. Su anillo brillando en rojo carmesí, y juraría que lo oiga vibrar.
Caty no entendió del todo lo que quería decir hasta que vio el siguiente disparo perderse limpiamente contra el arco de piedra que se alzaba veinte metros por encima de ellos, desviado no por la voluntad de Marco, sino por algo anterior a él, algo que llevaba doce mil años instalado en aquella roca y que parecía haber decidido, tan pronto como la sangre correcta entró en su radio de memoria, que aquel cañón no iba a convertirse en la tumba de ninguno de los dos.
El propio Marco pareció notarlo al mismo tiempo que ella, porque durante un instante dejó de sostener los brazos en tensión y respiró, una sola vez, hondo, como quien acaba de recibir ayuda que no esperaba y no sabe todavía si merece.
Dentro del pecho de Caty, algo respondió a esa misma corriente con un temblor que no tenía nada que ver con el miedo: un calor breve, localizado, subiéndole desde el esternón hasta la base del cuello, como una nota grave, como en zumbido de 20.000 varios corriendo por una torre de alta tensión.
Intentó aferrarse a esa sensación, empujarla hacia fuera de sí misma del mismo modo en que había visto actuar a Marco, y no encontró nada a lo que aferrarse: la nota sonó, brevísima, y se apagó, dejándola con las manos vacías y un vértigo nuevo, distinto a todos los anteriores.
—Todavía no —dijo Marco, sin mirarla, como si le hubiera leído el intento en el propio aire que los rodeaba—. Lo que sea que acabas de sentir, todavía no está listo para que lo uses. Yo tampoco lo estoy del todo. Aguanta.
Caty se descubrió incapaz de moverse, incapaz incluso de gritar del todo, atrapada en una especie de desfase entre lo que sus ojos le mostraban y lo que su cuerpo era capaz de aceptar como real.
La violencia, hasta ese momento de su vida, siempre había llegado mediada por una pantalla, con un volumen que se podía bajar y un botón de apagado al alcance de la mano si se ponía demasiado explícita.
Nunca había tenido este sonido: húmedo, íntimo, sin nada de por medio que le dijera cómo sentirlo.
No era una escena que pudiera cerrar. Era la frente de Marco abriéndose de verdad, era su propio nombre saliendo de la boca de él entre dientes apretados, y una parte de ella, la parte que llevaba veinticuatro años entendiendo el peligro solo como algo que le ocurría a otros, tardó varios segundos eternos en aceptar que aquello no se iba a detener solo porque ella todavía no supiera cómo reaccionar.
Ya habían llegado hasta ellos, los sentian cada vez más cerca rodeándolos, hoyó el crepitar de una radio
La voz que salió del aparato era masculina, seca, cortada por un acento alemán que no se molestaba en suavizar ni una sola consonante.
No dijo más que una palabra — weiter , seguir, continuad — pero bastó para que el hombre que sostenía la radio se cuadrara sobre sus propios talones con un gesto reflejo, uno que el cuerpo no olvida.
Un gesto que sobresaltó aún más a Caty. Un hombre capaz de infundir ese miedo a soldados como aquellos, a miles de kilómetros de allí, la hizo entrar en pánico.
La orden que siguió llegó despacio, sin necesidad de gritar, con la misma cadencia con que un hombre acostumbrado a que se le obedezca explica algo por segunda vez a un subordinado que no debería haber necesitado que se lo explicaran una primera: la doctora había sido clara, y él no pensaba dejar ningún margen a la interpretación.
A toda costa significaba a toda costa. Si la chica no llegaba entera, llegaría de todos modos, porque ningún miembro de aquel equipo iba a volver a pisar Zúrich sin ella, viva o no.
El hombre dejó caer la radio en la arena sin apagarla, y algo en su rostro — el mismo rostro que segundos antes conservaba la calma profesional de quien ha hecho aquello muchas veces — se vació de cualquier resto de cálculo.
Avanzó disparando ya sin apuntar, vaciando el cargador entero hacia la grieta donde Marco y Caty se apretaban contra la roca, con la urgencia de un hombre que teme mucho más lo que lo espera si fracasa que cualquier cosa que pudiera encontrar delante.
La primera bala le abrió a Marco un surco caliente en el antebrazo que lo hizo gritar, un sonido crudo, humano, que a Caty le dolió más que cualquier otra cosa de toda la tarde.
La segunda le alcanzó el costado, y esta vez Marco no gritó: se dobló sobre sí mismo, sin aire, con una mancha oscura extendiéndose ya bajo la tela de la camisa, y aun así, con lo poco que le quedaba, siguió interponiendo el cuerpo entre las balas y Caty, sin retroceder ni un centímetro.
Caty se descubrió incapaz de moverse, incapaz incluso de gritar, atrapada en una especie de desfase entre lo que sus ojos le mostraban y lo que su cuerpo era capaz de aceptar como real.
—Marco —sollozó Caty, sujetándolo por debajo de los brazos, sintiendo la sangre caliente empapándole los dedos, sin saber ya si gritaba su nombre o solo lo repetía como quien reza sin saber a quién.
Fue entonces, con el tercer hombre a menos de cinco metros y el arma ya sin apuntar a nada que no fuera matar, cuando la pared oriental del wadi empezó a hablar.
En lo alto del acantilado, recortada un instante contra el naranja profundo del cielo, una silueta se irguió entre dos bloques de piedra — un hombre, solo eso pudo distinguir Caty desde abajo, un hombre inmóvil con los brazos extendidos hacia la roca como quien empuja algo que no está ahí — y la ladera entera pareció responder a ese gesto con un crujido seco que se convirtió, en cuestión de segundos, en un alud de piedra suelta que cayó directamente sobre el primer hombre, el que llevaba media hora disparando sin apuntar.
El grito que soltó se cortó a medio camino, enterrado bajo una nube de polvo rojizo que lo tragó entero.
La silueta ya no estaba en lo alto cuando Caty volvió a mirar.
Había bajado — no descendido, cruzado , con una velocidad que ningún cuerpo humano habría podido sostener sin partirse por dentro — y alcanzó al segundo hombre, el que todavía forcejeaba por liberarse de los cascotes sueltos, apartándolo de un solo movimiento con una fuerza que lo lanzó contra la roca sin que aquella figura pareciera haber empleado en ello ningún esfuerzo consciente.
Al tercero, al que sostenía todavía el arma humeante a cinco metros de Marco, lo derribó de un golpe seco en el pecho que lo dejó sin aire en la arena, tosiendo, con el arma ya lejos de la mano.
No fue la violencia torpe que Caty había imaginado alguna vez, de niña, viendo películas que ahora le parecían de otro mundo.
Cada golpe llevaba dentro una medida exacta, ni un gramo de fuerza de más, ni una fracción de segundo de más, como si aquel hombre supiera con precisión absoluta cuánto hacía falta para detener a alguien y se negara, incluso en mitad de aquello, a sobrepasarlo.
No daba miedo verlo moverse. Daba una fascinación que a Caty le sobrecogió el pecho entero, la misma clase de asombro mudo con que un niño mira algo que no debería ser posible y aun así lo está viendo con sus propios ojos.
Caty, con Marco desplomado contra ella, con las manos empapadas de una sangre que no era suya, vio a la figura incorporarse en mitad del cañón, de pie entre los tres hombres caídos, con los brazos abriéndose despacio a los costados en un gesto que no tenía nada de rendición y todo de una calma que empezó a extenderse por el aire del wadi como el agua encuentra su propio nivel.
El primer hombre, el único que había logrado arrastrarse fuera del alud, dejó caer el arma como si de golpe pesara demasiado para sus propias manos.
Cayó de rodillas en la arena, con todo el cuerpo temblando, y las palabras le salieron rotas, en un idioma que no era el suyo, dirigidas a nadie y a todos a la vez.
—Perdón —dijo, una y otra vez, con la cara hundida entre las manos, sacudido por un llanto que parecía llevar años esperando salir—. Perdón, perdón, perdón…
Caty, sin soltar a Marco, sintió que las piernas dejaban de sostenerla también a ella, y se derrumbó despacio contra la roca, llorando sin ningún control, con aquella figura todavía de pie en mitad del desastre, brazos extendidos, sosteniendo con su sola presencia la calma que impedía que el cañón entero se viniera abajo del todo.