CAPÍTULO 46
Wadi Teshuinat, macizo de los Akakus (Libia) — Actualidad
מַן דְּמִסְתַּתַּר מִן נַפְשֵׁהּ, לָא מִסְתַּתַּר מִן סַכָּנְתָא — אֶלָּא בָּנֵי לָהּ בַּיִת.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Quien se esconde de sí mismo no se esconde del peligro — le está construyendo una casa.”
El polvo tardaba en asentarse en el Teshuinat.
Marco lo había advertido ya dos veces desde que dejaron el coche, cada vez con la misma frase seca, casi litúrgica: aquí el aire no perdona, guarda cada rastro durante horas.
Caty no había entendido del todo lo que quería decir hasta que llevaban caminando cuarenta minutos entre los acantilados del wadi y, al mirar atrás, vio la columna fina y pálida que su propio paso había dejado suspendida en el aire, inmóvil, como una firma que cualquiera con ojos pudiera leer a kilómetros de distancia.
—Tenemos compañía —dijo Marco, sin levantar la voz, deteniéndose de golpe junto a un bloque de arenisca del color del hueso viejo.
Caty siguió su mirada. Muy lejos, en la boca del wadi por donde ellos mismos habían entrado hacía menos de una hora, una segunda columna de polvo ascendía, más ancha, más rápida, empujada por algo con motor.
—¿Quién? —preguntó, con la garganta seca de un modo que no tenía nada que ver con el calor—. ¿Nos buscan a nosotros? ¿Viene alguien por nosotros?
Marco no respondió enseguida. Entrecerró los ojos, con la cabeza ladeada en un ángulo que a Caty le pareció casi animal, como quien afina un instrumento que solo él puede oír.
—No.
—¿No, qué? —insistió Caty, con la voz subiendo un tono que no pudo controlar—.
No serán unos excursionistas. No serán turistas.
No hay turistas aquí, no hay nadie que tenga ningún motivo para estar a kilómetros de cualquier sitio.
Marco, ¿qué ves? ¿Quiénes son? ¿Por qué iban a saber que estamos aquí?
—El R.A.T.G. se mueve con protocolo —dijo él por fin, y algo en la firmeza de esa única frase resultaba más inquietante que cualquier explicación larga—, con orden de captura, con alguien rindiendo cuentas después.
Esto se mueve distinto. Esto se mueve como se mueve la gente a la que ya no le queda nada que perder.
Caty no supo explicar por qué, pero algo en aquella columna de polvo la hizo detenerse también a ella, un paso por detrás de Marco, con el estómago encogido de un modo que no tenía nada que ver con el razonamiento.
No sabía leer corporaciones ni mercenarios.
No tenía ningún dato con el que comparar aquello.
Lo que tenía era el cuerpo, que había empezado a reaccionar antes que la cabeza: el vello de los antebrazos erizado a pesar del calor, un sabor metálico en el fondo de la lengua que le recordó, sin saber por qué, al olor de una tormenta acercándose, y una claridad extraña en los ojos, como si de golpe pudiera distinguir cada grano de arena removido por el viento a cincuenta metros de distancia.
Echaron a andar hacia el interior del wadi, donde la roca se estrechaba y los acantilados de Teshuinat empezaban a ganar la altura que los había hecho famosos entre los pocos arqueólogos que todavía se atrevían a visitar la zona: paredes verticales de arenisca rojiza, perforadas cada pocos metros por abrigos oscuros donde, doce mil años atrás, alguien había dejado constancia de jirafas y elefantes que ya no existían en ningún lugar de aquel desierto.
El sol de la tarde caía en un ángulo bajo, casi horizontal, encendiendo la piedra en un naranja profundo que en cualquier otra circunstancia Caty habría encontrado hermoso, fantástico.
Marco se detuvo en seco casi un cuarto de hora antes de que el motor del todoterreno llegara a ser audible para cualquier oído humano normal.
Ladeó la cabeza, con los ojos entrecerrados, en el mismo gesto de antes, y esta vez Caty no preguntó nada: sabía ya, por la tensión repentina en sus hombros, que fuera lo que fuese, se había acercado.
Nada de aquello le cuadraba, y cuanto más lo pensaba, menos sentido le encontraba. Habían salido de Ghat sin que nadie los viera, habían evitado cualquier carretera con nombre propio, y aun así algo, en algún lugar, sabía exactamente dónde buscarlos.
Estaba agotada, agotada de una huida hacia adelante que llevaba ya semanas sin ofrecerle ni un solo día de pausa para entender nada de lo que le estaba pasando.
Todo había empezado con un trabajo de universidad, una simple búsqueda de datos que a ella le había parecido, en su momento, del todo inocente, y de un día para otro se había visto arrastrada a una vorágine de persecuciones y acusaciones falsas: su nombre junto al cadáver de Soni, en boca de una policía que la señalaba como sospechosa, mentiras construidas con una precisión que todavía la enfermaba de pensar en ellas.
Después había llegado su abuelo, con una urgencia en la voz que ella no le había conocido nunca, sacándola de Madrid sin darle tiempo a hacer las preguntas que ahora, semanas después, seguían sin respuesta.
Después Rouros, con una destreza para pasar desapercibido que a Caty le había parecido, la primera vez que lo vio actuar, sacada directamente de una película de espías que ella jamás se habría creído si no la hubiera visto con sus propios ojos.
Después Marco. Y ahora esto: gente real, disparando de verdad, helicópteros de guerra sobrevolando medio planeta detrás de ella, una locura que no dejaba de crecer, siempre la misma huida hacia adelante, sin que nadie le explicara del todo hacia dónde.
Había aprendido a confiar, en todas esas semanas, aunque su mente científica se hubiera resistido con uñas y dientes a cada paso: en Nazarí, en Rouros, en Mario, en Marco.
Pero lo que de verdad la había convencido no habían sido las palabras de ninguno de ellos.
Había sido su propio cuerpo, esas cosas nuevas que había empezado a sentir, a ver con una claridad que antes no tenía, la evidencia física acumulándose más deprisa de lo que su escepticismo era capaz de descartarla.
Por eso había seguido adelante. Por eso esa confianza, ganada a la fuerza, contra toda su formación, contra todo lo que le habían enseñado a creer sobre cómo funcionaba el mundo.
Pero ya estaba agotada. Ya estaba agotada.
Ya no podía más. Llevaba días sin dormir de verdad, solo cabezadas cortas contra la ventanilla de un coche o el hombro de Marco, con el calor pegándosele a la piel en una capa que ya ni notaba, sin haberse aseado como es debido desde Trípoli, sin saber tampoco, si era sincera consigo misma, qué hacía Marco exactamente cuando desaparecía media hora sin explicaciones, ni qué relación tenía todo aquello con la otra mitad del mundo que parecía, por algún motivo que se le escapaba, empeñada en encontrarla.
Ni siquiera sabía, después de tantos días de viaje, qué buscaban de verdad en aquellas montañas, qué narices había allí que mereciera todo aquello.
Pero ahora, otra vez, la situación la desbordaba por completo, y el silencio de Marco, en vez de calmarla, la dejaba todavía más descolocada, suspendida entre el pánico y la incredulidad de quien intenta resolver una ecuación a la que le faltan la mitad de los datos.
—Están más cerca de lo que parece y mucho más de lo que me gustaría —dijo por fin, en voz muy baja—. No vienen buscando el camino. Vienen siguiendo algo. Puede que a nosotros, puede que solo el rastro de polvo que hemos dejado sin querer. No esperemos a averiguarlo a la vista.
La condujo fuera del cauce principal, hacia una grieta lateral apenas más ancha que sus hombros, entre dos bloques de arenisca que el tiempo había pulido hasta darles el tacto de un hueso muy viejo. Se agazaparon allí, con la espalda contra la piedra todavía tibia del día, y esperaron.
El sudor se le pegaba a Caty entre los omóplatos, empapándole la camiseta contra la roca, y cada vez que intentaba tragar notaba la garganta cerrada, seca por dentro y húmeda por fuera, como si su propio cuerpo hubiera dejado de ponerse de acuerdo consigo mismo.
El polvo se le metía en los ojos, en las comisuras de la boca, mezclado ya con el sudor en una pasta fina que le picaba en la piel y que no se atrevía a limpiarse por miedo a que el movimiento, por pequeño que fuera, la delatara.
No entendía nada. No entendía quién los perseguía ni por qué ni cómo habían dado con ellos en mitad de la nada, y esa falta total de comprensión le resultaba, de algún modo retorcido, más aterradora que el peligro mismo: el miedo a lo que se conoce se puede medir.
El miedo a lo que no se entiende en absoluto no tiene fondo.
Los minutos que siguieron no se parecieron a nada de lo que Caty había vivido hasta entonces.
No hubo persecución, ni gritos, ni la urgencia limpia de correr hacia algún sitio.
Hubo, en cambio, el silencio particular de dos personas conteniendo la respiración mientras un motor se acercaba, se alejaba, volvía a acercarse, describiendo círculos cada vez más cerrados, como un animal que hubiera perdido el rastro pero no la certeza de que la presa seguía cerca.
Caty sintió el pulso en la garganta, en las muñecas, en un punto extraño detrás de los ojos que nunca antes había notado latir, y cuando miró de reojo a Marco, lo encontró con la misma quietud tensa, la misma atención repartida entre el sonido del motor y algo más, algo que ella todavía no tenía palabras para nombrar.
Y entonces, sin ninguna transición que se lo anunciara, todo se desató a la vez.
El primer disparo llegó sin previo aviso, astillando la roca a menos de un palmo de la cabeza de Caty. No hubo grito de advertencia. Los habían encontrado.