CAPÍTULO 45
Madrid — Actualidad
“La lucha contra los enemigos no debe ser una cuestión personal.” — atribuido a Gengis Kan
Livia abrió los ojos. Leyó las cuatro palabras en la pantalla —brecha confirmada. Ala este— y el grito le salió antes de que su cuerpo terminara siquiera de incorporarse.
No fueron palabras. Fue un sonido gutural, sin forma, arrancado de algún sitio anterior al lenguaje, y con él llegó el puño cerrado contra la mesilla de noche, una vez, dos veces, con una fuerza que hizo saltar la lámpara al suelo y astillar la pantalla de cristal.
—¿Livia? —el hombre se incorporó de golpe a su lado, alarmado de verdad por primera vez esa noche.
—Vete —dijo ella, sin mirarlo, con la voz todavía temblando por el grito—. Ahora.
Él obedeció sin preguntar nada más. Recogió su ropa del suelo y salió de la habitación a medio vestir.
Livia no lo acompañó ni lo miró marcharse.
Cruzó hacia su propio vestidor, cerró la puerta, y allí, a solas, golpeó el mármol del tocador con la palma abierta una vez más, un dolor físico que por un instante le pareció preferible a lo que tenía delante.
Debajo de la rabia, algo más frío empezó a subir.
Livia se miró en el espejo del tocador y no reconoció del todo el rostro que le devolvía la mirada: pupilas dilatadas, la respiración corta, un temblor mínimo en la mandíbula que ningún accionista de Rheingold había visto jamás.
Diecinueve años de trabajo. El único hilo que la separaba de convertirse en lo mismo que su hermano, dieciocho meses después de que le aparecieran los primeros síntomas.
Cada día de retraso en el proyecto era, literalmente, un día menos de los que le quedaban.
El miedo no llegó como pensamiento. Llegó como frío en el estómago, como un vacío repentino bajo las costillas, como si alguien le hubiera retirado el suelo sin avisar. Se sujetó al borde del tocador con ambas manos.
—No —dijo en voz baja, a nadie, a sí misma—. No así. Todavía no.
Cerró los ojos. Contó cuatro segundos de inhalación, seis de retención, ocho de salida. No funcionó del todo. El pulso le seguía latiendo demasiado rápido en las sienes. Pero cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado en su reflejo: la mandíbula ya no temblaba.
Se vistió en menos de tres minutos, con la misma precisión con que se habría preparado para una presentación ante la junta. Se sentó frente a los tres monitores curvos de su despacho y abrió el registro de accesos de las últimas cuatro semanas.
Tardó menos de veinte minutos en llegar a Julian Herzog.
No fue un solo dato. Fue la acumulación: una dosificación revertida sin justificación técnica, un acceso falsificado al ala este a las once y catorce de la noche, un patrón de búsquedas que ningún protocolo cognitivo requería jamás. Biofotones. Emisión ultradébil. Mitocondria.
Livia se quedó mirando la pantalla, inmóvil, mientras la pieza final encajaba con un chasquido casi audible.
Un filólogo de treinta y dos años, sin ninguna ideología, sin ningún interés económico, había decidido que un desconocido le importaba más que su propia carrera.
Para una mente entrenada durante media vida a pensar solo en coste y beneficio, aquello era la variable más incomprensible de todo el proyecto.
—Herzog —dijo, en voz alta, sin nadie que la escuchara—. Un extraño.
No volvió a gritar. La voz le salió firme, medida, completamente bajo control. Y fue exactamente esa calma recién recuperada la que le abrió la puerta a lo siguiente.
Su mente ya iba a mil por hora, ordenando nombres, jerarquías, favores acumulados durante décadas. Cinco llamadas. Solo necesitaba cinco.
La primera fue a Zúrich, a la línea directa del hombre que su abuelo había dejado a cargo del protocolo Basilea el mismo año en que fundó la corporación.
—Doctora Wenger —respondió una voz que no sonaba en absoluto sorprendida—. Imagino que esto no es una llamada de cortesía.
—Activa el protocolo completo —dijo Livia—. Tres objetivos: el sujeto, un hombre que coincide con la ficha antigua del expediente de mi abuelo, y un empleado interno. Julian Herzog. Bioquímica.
—¿Vivos?
—Vivos si es posible. Pero si alguien tiene que elegir entre traerlos vivos o no traerlos, que elija traerlos.
La segunda llamada fue a un comisario que le debía, desde hacía tres años, el silencio sobre un expediente que ninguno de los dos quería ver reabierto.
Le pidió control total de tráfico y accesos aeroportuarios en todo el territorio nacional, sin preguntas de ningún juez de guardia, durante cuarenta y ocho horas.
Obtuvo un sí antes de terminar la frase.
La tercera la hizo en hebreo, a un ingeniero de una firma de inteligencia artificial de Herzliya que llevaba años vendiéndole, bajo contratos que jamás mencionaban a Rheingold por su nombre, algoritmos que ningún gobierno europeo tenía autorización legal para desplegar.
Cuarenta segundos, sin una palabra de más.
La cuarta fue a Washington, a una voz de acento americano que la saludó con la familiaridad cautelosa de dos personas que se necesitan mutuamente y lo saben.
—Necesito que vuestros satélites me presten atención al Estrecho y a la costa libia —dijo Livia, sin rodeos—. Sabes exactamente cuánto lleva invertido tu departamento en que yo termine lo que empecé.
La quinta y última fue a Madrid, al jefe de seguridad de Rheingold. Fue la más breve de las cinco, y la más oscura.
—Quema el laboratorio del ala este —dijo—.
Todo. Borra cualquier huella biométrica, cualquier registro físico.
Saca primero las muestras de la cámara frigorífica.
Y borra a Julian Herzog. De la nómina, de los seguros, de cualquier base de datos con su nombre.
Que sea como si esa persona jamás hubiera existido para esta compañía.
—¿Y si lo encontramos, doctora?
Livia no respondió de inmediato.
—Entonces borradlo también a él —dijo al fin—. De todas las formas en que a un hombre se le puede borrar.
Colgó sin despedida. Diecinueve años de investigación, cinco llamadas, y en menos de una hora había puesto en marcha algo que ningún gobierno, ninguna ley y ninguna frontera podría ya detener sin su permiso expreso.
Lo que Livia Wenger no llegó a ver aquella madrugada fue el instante exacto en que su algoritmo de reconocimiento facial, desplegado ya sobre media España, empezó a fallar de un modo que ningún ingeniero sabría explicar jamás.
Fotogramas que se corrompían durante fracciones de segundo.
Matrículas leídas con un dígito erróneo.
Perfiles biométricos que se desviaban un grado insignificante, suficiente para que ningún sistema los marcara como coincidencia.
No fue un apagón. Fue algo más elegante: milenios de tecnología tejiendo un manto de invisibilidad sobre tres hombres que huían hacia el sur.
Pero incluso esa tecnología, tan antigua como paciente, tenía un límite.
Porque lo que Livia acababa de desatar no era una simple investigación corporativa.
Era el peso combinado de una farmacéutica global, una policía nacional, una firma de inteligencia israelí y el propio Departamento de Defensa de Estados Unidos, todos apuntando, por primera vez en casi un siglo, hacia el mismo punto exacto del mapa.
Los Kenotim habían cumplido su misión de cuidar los cimientos de la tierra mientras se ocultaban de cazadores solitarios, de barones arruinados, de corporaciones egoístas.
Habían visto nacer y morir imperios enteros sin que ninguno de ellos llegara siquiera a sospechar de su existencia, como exigía el pacto, y habían sobrevivido a cada uno guardando el mismo silencio con el que guardaban los ciclos de la tierra.
Pero nunca, en todos esos eones, habían tenido que ocultarse de todos sus cazadores a la vez, instigados ahora por un enemigo mayor: los Irin.
Y en algún enclave que ningún satélite del mundo lograría jamás fotografiar, el aire cambió de temperatura sin viento que lo explicara.
La roca, que llevaba memorizando pasos ligeros desde mucho antes de que se levantara el primer imperio, registró uno distinto: más lento, más pesado, como si cada pisada cargara el peso de todos los siglos que nunca había necesitado sostener de golpe.
En algún manantial cercano, el agua que corría desde el mismo origen se detuvo un instante —solo un instante— antes de retomar su cauce con una quietud nueva, como una vena que reconoce, de pronto, el pulso de la sangre que la hizo correr por primera vez.
Alguien mucho más viejo que Livia Wenger, más viejo que cualquier imperio que la tierra hubiera visto caer, se materializó en la penumbra, y por primera vez desde el principio de la vigilia, la tierra entera —roca, agua y aire— tuvo que empezar a aprender un idioma nuevo.