CAPÍTULO 42
Madrid — Actualidad
כְּמַיִם הַנִּגָּרִים אַרְצָה וְלֹא יֵאָסֵפוּ
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Como el agua derramada en la tierra, lo que se escapa entre los dedos ya no se puede recoger.”
La respuesta llegó once minutos después, a un número que Julian no reconoció, desde una aplicación de mensajería cifrada que no recordaba haber instalado en su propio teléfono hasta que la vio abrirse sola, como si algo hubiera estado esperando, agazapado en el sistema, a que él diera el primer paso.
Bien hecho. Solo eso, al principio. Después, treinta segundos más tarde, una segunda línea: No haga nada más esta noche.
Mañana, a las nueve, alguien le llamará desde una centralita de Trípoli.
Conteste como si fuera una empresa de suministros de laboratorio.
No cuelgue, aunque le parezca que se ha equivocado de número.
Julian releyó el mensaje tres veces, con el pulso todavía acelerado, y solo entonces cayó en la cuenta de lo obvio: no había firmado con ningún nombre, y sin embargo sabía exactamente para quién trabajaba Julian, qué idioma de tapadera usar, y que una llamada de una empresa de suministros de laboratorio no levantaría ni una ceja en un departamento que recibía veinte al día.
Borró la conversación entera, cerró la aplicación, y la vio desaparecer del teléfono con la misma limpieza silenciosa con que había aparecido.
La llamada llegó puntual, al segundo. Julian la cogió en el pasillo, junto a la máquina de café, con la tableta del protocolo bajo el brazo como si solo estuviera haciendo una pausa cualquiera.
—Suministros Delta, buenos días —dijo la voz al otro lado, en un español con un leve acento que Julian no logró situar—. Le llamo para confirmar el pedido de reactivos de la semana pasada.
—No he hecho ningún pedido esta semana —respondió Julian, siguiendo el guion sin comprenderlo del todo, con el corazón latiéndole en la garganta.
—Entonces habrá sido un error de nuestro sistema.
Discúlpeme —dijo la voz, y justo antes de que Julian esperara que colgara, añadió, en un tono idéntico, sin cambiar el ritmo—: El hombre que le dio este contacto confía en usted más de lo que usted mismo se atrevería a confiar.
No le va a pedir que abra ninguna puerta.
Solo que las deje sin cerrar del todo cuando llegue el momento.
¿Puede decirme si el sujeto sigue en el ala este, tercer sótano?
—Sí —susurró Julian, girándose de espaldas al pasillo, bajando la voz hasta el límite—. Cámara de observación. Cristal reforzado, quince centímetros. Dos guardias en el control, turno de doce horas.
—¿Y usted tiene acceso libre a esa planta?
—Sí. Soy el único que hace las pruebas cognitivas diarias.
—Entonces usted es la puerta, joven Herzog —dijo la voz, y por primera vez algo humano se coló en el tono: respeto, sin más adornos—.
No necesitamos que sea un héroe. Necesitamos que siga siendo exactamente lo que ya es: el hombre que entra y sale de esa sala sin que nadie se pregunte por qué.
Alguien se pondrá en contacto con usted cuando llegue el momento.
Hasta entonces, seguridad rutinaria hasta la médula.
La línea se cortó antes de que Julian pudiera preguntar nada más.
Fue esa misma tarde, apenas tres horas después, cuando estuvo a punto de perderlo todo.
Wenger entró en su despacho sin llamar, como hacía siempre, con una carpeta bajo el brazo y esa expresión neutra que Julian ya había aprendido a temer más que cualquier grito.
—El protocolo de dosificación del fin de semana —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa—. Quiero revisarlo contigo antes de mandarlo a farmacia.
Julian sintió que la sangre se le helaba. En la pantalla de su ordenador, todavía abierta, tenía el archivo de notas donde había estado registrando, en un lenguaje deliberadamente ambiguo que solo él sabría interpretar, la disposición exacta de los guardias en cada turno de las últimas dos semanas.
—Por supuesto —dijo, y con un movimiento que esperaba pareciera casual, minimizó la ventana con la mano izquierda mientras con la derecha abría el archivo del protocolo real—. Aquí lo tienes.
Wenger no se sentó. Se quedó de pie, revisando la pantalla por encima del hombro de Julian con una atención que a él le pareció, durante un segundo eterno, dirigida no al protocolo sino a la barra de tareas, donde el título de la ventana minimizada — turnos_seguridad_ala_este — seguía visible durante una fracción de segundo antes de que el sistema la ocultara del todo.
—Esta cifra —dijo Wenger, señalando una línea del protocolo con la uña, sin apartar los ojos de la pantalla—. La subiste tú la semana pasada. ¿Por qué la has vuelto a bajar hoy?
Julian tragó saliva, obligando a su cerebro a encontrar una respuesta antes de que el silencio se alargara lo suficiente como para parecer sospechoso.
—Los valores de creatinina del último análisis no aguantan la dosis que pedías —mintió, con una fluidez que le sorprendió a él mismo—.
Si lo subimos ahora, arriesgamos un fallo renal antes de conseguir los datos de resistencia que quieres.
Prefiero que llegue vivo al fin de semana que muerto el jueves.
Wenger lo miró un segundo de más, ese segundo que Julian ya había aprendido a temer semanas atrás, cuando ella corrigió personalmente un error de dosificación que él nunca cometió.
Pero esta vez, algo en el argumento —frío, clínico, orientado exactamente al mismo objetivo que ella perseguía— pareció satisfacerla.
—Bien pensado —dijo, cerrando la carpeta—. No quiero perder el activo por prisas. Ajusta la cifra y mándamelo antes de las seis.
Se marchó sin despedirse, como siempre. Julian esperó a que el sonido de sus tacones se perdiera por el pasillo antes de permitirse, por fin, soltar el aire que llevaba conteniendo desde que ella había entrado por la puerta.
Abrió de nuevo el archivo minimizado. Bajo la lista de turnos, añadió una sola línea, con las manos todavía temblando:
Ha estado a punto de verlo. No volveré a dejarlo abierto en pantalla. La próxima vez, en papel, y el papel se quema.
Cerró el archivo, y por primera vez desde que había llegado a Rheingold, sintió que la línea que separaba a un técnico obediente de un traidor a su propia empresa ya no era una línea que fuera a cruzar algún día. Era una línea que acababa de cruzar, esa misma tarde, sin ceremonia ni vuelta atrás.