CAPÍTULO 43
Madrid — Actualidad
מָה יוֹעִיל אָדָם אִם יִקְנֶה אֶת כָּל הָעוֹלָם וְיַפְסִיד אֶת נַפְשׁוֹ
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si en el proceso pierde su propia alma?”
El primer guardia cayó sin que El-baz llegara siquiera a decidir el golpe.
El cuerpo lo decidió por él, una torsión de muñeca y un desplazamiento de peso ejecutado con el brazo libre, mientras el otro seguía sosteniendo contra su pecho el cuerpo inerte de Rouros.
El hombre se desplomó contra la pared, inconsciente antes de tocar el suelo.
El-baz se detuvo un instante, con las sirenas aullando en cada planta del edificio, y depositó a Rouros en el suelo con una solemnidad que no encajaba en absoluto con la urgencia del momento: le acomodó la cabeza contra la pared, le apartó el pelo húmedo de la frente con dos dedos, y solo entonces, con las manos por fin libres, se incorporó despacio para encarar lo que se le venía encima.
Fue entonces cuando los guardias que doblaban la esquina del pasillo lo vieron de verdad por primera vez, y algo en sus rostros se quebró antes incluso de que él se moviera.
No era solo su tamaño, ni la sangre que ya le manchaba la túnica de una herida que ni siquiera recordaba haber recibido.
Era la quietud. Un hombre no permanece así, erguido en el centro de un pasillo lleno de fusiles apuntándolo, sin que un solo músculo de su cuerpo delate miedo.
Aquella quietud no pertenecía a la anatomía humana, y los ocho hombres que se desplegaban ahora en abanico frente a él lo supieron con la misma certeza instintiva con que un animal sabe, antes de que ningún sentido se lo confirme, que ha dejado de ser el cazador.
Aquel hombre no debería existir. No debería estar allí, desafiando cada ley que sus cuerpos entendían del mundo. Y fue exactamente esa imposibilidad, ese terror sin nombre humano al que aferrarse, lo que algo mucho más viejo que aquellos ocho hombres decidió aprovechar aquella noche.
Los Irin no necesitaban cuerpo para actuar.
Les bastaba una grieta, y el miedo puro de ocho hombres armados frente a algo que su razón no podía procesar era exactamente la grieta que llevaban generaciones esperando.
No poseyeron a nadie. No hizo falta. Bastó con inclinar, un grado, la balanza que ya se tambaleaba: convertir el instinto de huir en instinto de disparar, afilar el pánico hasta volverlo indistinguible de la furia.
El primer disparo llegó sin previo aviso, ni orden, ni grito.
Aparta a estos hombres de tu camino.
La voz vieja atravesó el muro que El-baz llevaba meses sosteniendo, mezclada ahora con el eco de ocho fusiles y el olor a pólvora quemada.
—¡Ahora no! —rugió, sin que nadie en aquel pasillo entendiera a quién le gritaba.
Se movió.
El segundo hombre cayó con el cuello doblado en un ángulo que a El-baz, incluso en mitad del caos, le arrancó un sollozo ahogado.
No lo había matado —el pulso seguía ahí, bajo sus dedos, débil pero constante—, pero por un instante, mientras sostenía la cabeza inerte del hombre entre las manos, las lágrimas ya le corrían por el rostro, mezclándose con la sangre de su propia ceja abierta.
—No —murmuró, dejando al hombre en el suelo con el mismo cuidado con que había dejado a Rouros minutos antes—. No, no, no.
No tuvo tiempo de terminar el pensamiento.
Un tercer guardia le disparó a bocajarro, y la bala le abrió el costado con un ardor blanco que le dobló el cuerpo un instante antes de que su brazo, casi por voluntad propia, desviara el siguiente cañón hacia el techo y desarmara al hombre con una torsión que le fracturó dos dedos.
—Perdón —dijo, sin que el hombre pudiera oírlo entre sus propios gritos de dolor—. Perdón, perdón.
Y sin embargo seguía moviéndose, porque detenerse significaba dejar espacio para que llegaran hasta Rouros, y esa posibilidad pesaba más que cualquier otra cosa en el mundo.
Aparta a estos hombres. La voz volvía, insistente, no una orden sino un pulso latiendo al mismo ritmo que su propia sangre. Aparta a estos hombres, cueste lo que cueste.
Sus dedos encontraron la garganta de un cuarto guardia, y por un segundo entero —un segundo que le pareció un siglo, que le pareció Ilvëa, que le pareció el musgo húmedo bajo las rodillas cincuenta años atrás— apretó.
El hombre se puso morado. Los ojos se le llenaron de un terror que ya no era del todo suyo, y algo en la mirada vidriosa del guardia, algo que no pertenecía a ningún miedo humano corriente, hizo que El-baz vacilara el tiempo suficiente para que el rostro se le fuera oscureciendo hacia un azul enfermizo.
—No —sollozó El-baz, soltándolo de golpe cuando ya era casi tarde, cayendo de rodillas junto al cuerpo caído—. No, esta vez no.
Le echó la cabeza hacia atrás, le pellizcó la nariz, y sopló dentro de su boca con una desesperación que no tenía nada que ver con el cálculo frío de un guardián milenario, sino con el pánico puro de un hombre que no soportaría cargar con una muerte más.
Presionó el pecho del guardia con ambas manos, contando en voz alta entre lágrimas que no dejaban de caer, y cuando el hombre por fin tosió, escupiendo aire, El-baz apenas tuvo tiempo de sentir el alivio antes de que un quinto guardia le clavara una bayoneta en el hombro derecho.
El dolor fue blanco, absoluto, y por un instante la periferia de sus pupilas ardió en un rojo que ningún Kenotim debería haber conocido jamás, el mismo rojo vivo que él había visto arder en los ojos de Heleni cincuenta años atrás, prestado ahora sin permiso por un cuerpo que ya no sabía distinguir entre defenderse y vengarse.
Desarmó al hombre. Le rompió la muñeca sin proponérselo, y el crujido del hueso le resonó en el pecho como una acusación.
Fue entonces cuando los tres guardias que quedaban en pie, presos ya del mismo pánico afilado que no era del todo suyo, dispararon a la vez, no contra El-baz, sino contra el punto exacto de la pared donde Rouros yacía indefenso, como si algo les hubiera susurrado que ahí, y no en el hombre que los desarmaba sin esfuerzo, estaba la verdadera amenaza que había que eliminar.
Nadie en aquel pasillo llegó a ver a El-baz moverse.
Un instante estaba a cuatro metros, con la muñeca fracturada de su último adversario todavía entre los dedos; al siguiente ya estaba de pie junto a la pared, con el cuerpo de Rouros protegido bajo el suyo propio, y las tres balas que deberían haber llegado antes que él se enterraron, inofensivas, en el hormigón vacío que él acababa de dejar de ocupar.
No hubo gesto, ni orden pronunciada, ni voluntad extendida hacia el fuego.
Solo velocidad, una velocidad que ningún ojo humano podía procesar como movimiento, solo como ausencia y presencia alternándose sin el tramo intermedio que el cerebro necesita para llamarlo desplazamiento.
Los guardias, entrenados durante años para reaccionar a lo que sus sentidos les mostraban, no tenían ningún entrenamiento para reaccionar a lo que sus sentidos ya no lograban mostrarles.
Uno de ellos, el más rápido de reflejos, giró el fusil hacia el punto donde El-baz debería estar y disparó al aire vacío, un segundo entero después de que la amenaza real ya hubiera cambiado de posición dos veces.
Pero no todos fallaron.
Un quinto hombre, un excombatiente con más cicatrices en los nudillos que años de servicio en aquel edificio, no intentó disparar.
Se lanzó en cambio con una técnica de combate cuerpo a cuerpo depurada durante décadas, un barrido bajo seguido de un codazo ascendente que ningún soldado corriente habría ejecutado con esa precisión, y aunque El-baz lo esquivó en lo esencial, el filo del codo le abrió una brecha nueva en el pómulo, un dolor agudo que le hizo sisear entre dientes.
El hombre no se detuvo ahí: encadenó el golpe con una llave al brazo que, por una fracción de segundo, estuvo a punto de funcionar, hasta que El-baz giró la muñeca en la única dirección que la anatomía humana no permitía, y el propio hombre, no él, fue quien terminó gritando de dolor en el suelo.
—Lo siento —dijo El-baz, ya llorando sin ningún control sobre el propio llanto, mientras un sexto y un séptimo hombre se lanzaban contra él a la vez, uno de ellos consiguiendo, en el caos, clavarle los nudillos en la mandíbula con una fuerza que le hizo escupir sangre—.
Lo siento, lo siento, no quiero esto, no quiero ser esto.
Y sin embargo sus manos seguían moviéndose, cada vez más rápido, cada vez más lejos de cualquier cálculo consciente, hasta que el sexto hombre cayó con el pecho quieto bajo un golpe que El-baz ni siquiera recordaría haber dado, y el séptimo, el más desesperado de todos, con los ojos ya completamente vacíos de cualquier voluntad propia, se lanzó contra él con las manos desnudas.
El-baz lo levantó del suelo por el cuello.
—¡Detente!
No fue la voz vieja esta vez. Fue Rouros, incorporado a medias contra la pared, con la garganta demasiado seca y el cuerpo demasiado débil para gritar más alto que las sirenas, así que en vez de gritar empujó las palabras directamente al cráneo de El-baz, cada sílaba cargada con un peso que ningún sonido físico podría haber igualado.
Mírame, El-baz. Mírame a mí, no a él. Sé quién eres. Sé qué eres. Sé por qué eres. Y sé quién te creó… yo te veo. Veo tu peso en la balanza, tal como es esta noche, y esto no es quién eres.
El brazo de El-baz tembló, sin soltar todavía.
Recuerda para qué estás aquí esta noche. No viniste a matar. Viniste a salvarme a mí. Y no me vas a salvar convirtiéndote en lo único que juraste no ser jamás.
Las lágrimas le caían a El-baz por el rostro sin que su brazo dejara de temblar, sostenido entre dos voluntades que tiraban de él en direcciones opuestas.
Suéltalo. No por él. Por ti. Porque yo te necesito entero cuando salgamos de aquí, no roto en pedazos que ya no sepas cómo volver a unir.
El-baz abrió los dedos.
El hombre cayó al suelo, tosiendo, vivo.
Y entonces, en mitad del pasillo, rodeado de cuerpos gimiendo, armas caídas y su propia sangre resbalándole por tres heridas distintas, El-baz echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito que no tenía nada de humano en su origen ni en su duración, un rugido desgarrado que rebotó contra el hormigón y las paredes de acero durante segundos enteros, ahogando incluso el aullido de las sirenas, antes de quebrarse en un sollozo que lo dejó de rodillas, sin ninguna batalla ya que sostener contra el llanto.
—¡Perdóname! —gritó, con la voz rota pero lo bastante alta como para que retumbara en cada esquina de aquel pasillo, alzando el rostro empapado hacia el techo fluorescente, buscando en él, sin encontrarlo del todo, un cielo mucho más antiguo—.
Perdóname, Heleni. Perdóname por haberte dejado ir en Guiza pensando que la distancia era protección.
Perdóname por cada año que he vivido desde entonces creyendo que la fuerza podía sustituir lo que perdí aquella noche.
Perdóname por la vida que no supe proteger.
Perdóname si esta noche he vuelto a fallar a lo que juré.
¡Perdóname si mi palabra ya no vale lo que valía cuando te la di!
La voz se le quebró del todo, y aun así siguió gritando, cada palabra arrancada desde algún lugar mucho más hondo que la garganta.
—No sé si todavía merezco que me escuches. Pero te lo pido de todos modos, a gritos si hace falta, ¡porque no tengo a nadie más a quien pedírselo!
Te escucho , respondió la voz vieja, y esta vez no había distancia en ella, solo una ternura tan vasta que a El-baz le dolió más que cualquiera de sus heridas. Te he escuchado siempre. El silencio nunca fue mío. Fue tuyo, y hoy, por fin, lo has soltado.
Algo cedió en el pecho de El-baz, una tensión de décadas aflojándose de golpe.
Se arrastró, con las manos todavía temblorosas, hasta el guardia con el pecho quieto, el que había caído bajo el golpe que ni siquiera recordaba haber dado, y repitió el mismo ritual desesperado —la cabeza hacia atrás, el aire soplado con toda la fuerza que le quedaba, las manos entrelazadas presionando el pecho, una y otra vez— hasta que el hombre tosió también, devuelto desde el mismo sitio del que el otro había regresado minutos antes.
Dos guardias, todavía conscientes al otro extremo del pasillo, observaban la escena sin comprender nada de lo que estaban presenciando: el mismo hombre que segundos antes se movía más rápido de lo que sus ojos podían seguir, que había estado a punto de matarlos a todos, lloraba ahora a mares mientras les devolvía la vida a los que había estado más cerca de arrebatársela.
Fue entonces, con El-baz todavía arrodillado entre los cuerpos, cuando las sombras silenciosas de la red llegaron por fin: tres hombres que habían pasado toda la noche despejando cámaras y ventilaciones sin que nadie los viera, y que ahora se movían entre los guardias caídos con una eficacia discreta, recogiendo armas, susurrando palabras que ninguno de los presentes recordaría del todo mañana.
El mayor de ellos, un hombre de barba entrecana que Julian jamás llegaría a conocer por su nombre real, se arrodilló junto a El-baz y le puso una mano firme sobre el hombro herido.
—Ya está, guardián —dijo, con una suavidad que no exigía nada—. Ya está hecho. Nosotros nos encargamos del resto. Vete con él.
El-baz asintió, incapaz todavía de hablar, y se puso en pie tambaleándose. Cargó a Rouros contra su pecho una última vez.
—El-baz. Es hora de partir. Tenemos un destino —susurró.
El guardia más joven, uno de los dos que había presenciado la escena entera desde el suelo, se dejó caer contra la pared minutos después, cuando ya no quedaba en el pasillo más que su propio equipo confundido y los últimos hombres de la red terminando de borrar cualquier rastro útil.
—Estaba muerto —dijo al fin, con la voz rota—. Los dos estábamos muertos. Lo sentí. Y él nos trajo de vuelta a los dos, llorando mientras lo hacía. ¿Por qué lloraba, si podría habernos matado a todos sin despeinarse?
Ninguno de los otros supo qué responder.
—Nos ha salvado la vida —murmuró otro, la voz temblándole entre el espanto y una reverencia que no sabía nombrar—. ¿Qué diablos hemos visto esta noche?
El más joven no encontró respuesta. Solo se cubrió el rostro con las manos manchadas de su propia sangre reciente, y lloró también, sin saber ya qué era exactamente lo que habían estado protegiendo, ni para quién.