CAPÍTULO 41
Madrid — Actualidad
לאַ יַעַבְדִוּן אֶשָּׁא דְלָא חָכְמָא
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “La sombra aguarda; el fuego sin guía devora al enemigo y a la mano que lo enciende.”
El edificio no parecía gran cosa desde la calle.
Ocho plantas de cristal ahumado y hormigón gris en un polígono empresarial al norte de Madrid, con un logotipo discreto sobre la entrada —un hexágono azul pálido, tres letras entrelazadas— que cualquier peatón habría confundido con una consultora más.
El-baz llevaba cuatro horas observándolo desde la azotea de un edificio de oficinas a trescientos metros, tumbado boca abajo sobre la grava caliente, contando guardias, turnos, ángulos de cámara.
Contó dieciséis cámaras exteriores. Tres accesos con control biométrico.
Un perímetro de seguridad privada que rotaba cada seis horas con una disciplina que no era la de vigilantes contratados a precio de saldo, sino la de exmilitares bien pagados que sabían exactamente lo que custodiaban, aunque no supieran del todo por qué.
No había un solo punto débil que la fuerza pudiera resolver sin dejar un rastro de sangre que ninguna disciplina posterior podría borrar.
Paciencia , se dijo, y la palabra le supo a mentira incluso pensada.
Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir, alimentándose de dátiles y del agua justa para no colapsar, y cada hora que pasaba tumbado en aquella azotea sintiendo el pulso de Rouros cada vez más débil le raspaba algo por dentro que ya no sabía si era paciencia o el último resto de ella.
Fue entonces, en la quietud de la cuarta hora, cuando el pulso llegó.
No fue como el de Lúy, aquella presión inmensa y antigua que había rechazado sin comprender del todo por qué.
Este era distinto: cansado, cálido, obstinadamente tierno incluso ahora.
Y esta vez, cuando El-baz sintió que algo pedía entrar, no levantó ningún muro.
Lo dejó pasar, con un alivio que le dolió en el pecho más que cualquier golpe recibido en su existencia entera.
Estás cerca , sintió, más que escuchó. Puedo notarlo. Detente.
—No —respondió El-baz, en voz apenas audible, con los labios pegados a la grava—. Llevo tres semanas fingiendo que otros más jóvenes bastaban. No voy a fingir ni una hora más.
No te pido que finjas. Te pido que pienses.
La voz de Rouros, incluso reducida a un hilo por el cautiverio, conservaba esa cadencia paciente que El-baz recordaba de siglos enteros de vigilias compartidas.
Si entras esta noche, sin plan, con el cuerpo que llevas encima ahora mismo, no vas a sacarme de aquí.
Vas a conseguir que esto se sepa. Y sabes mejor que nadie lo que cuesta que esto se sepa.
El-baz cerró los ojos, y por un instante la fatiga acumulada de días enteros le pesó de golpe, como si el propio cuerpo aprovechara la tregua para reclamar lo que llevaba negándole.
—No puedo quedarme aquí tumbado contando cámaras mientras a ti te hacen lo que sea que te estén haciendo —dijo, y la voz se le quebró en la última palabra, algo que no le había ocurrido en décadas—.
Cuarenta y ocho años, Rouros. Cuarenta y ocho años y la primera vez que de verdad te necesito cerca, me quedo tumbado en un tejado calculando ángulos de cámara.
Y eso es exactamente lo que tienes que seguir haciendo.
Algo parecido a una sonrisa cansada llegó con la frase, aunque no hubiera forma física de sonreír a través de aquella distancia.
Llevo tres semanas aquí abajo, hermano. He tenido tiempo de sobra para pensar en lo único que de verdad me sacaría con vida: no un asalto.
Una grieta. Alguien dentro que ya está empezando a hacer las preguntas correctas.
—¿Alguien dentro?
Un joven. Erudito, asustado, y cada día un poco menos dispuesto a mirar hacia otro lado. Dale tiempo. Dale el tiempo que tú no tienes.
Tres pisos por debajo de donde El-baz seguía tumbado sobre la grava, Julian Herzog llevaba una hora sentado en su despacho vacío, con la puerta cerrada y el ordenador apagado, mirando fijamente el cajón donde guardaba el cuaderno negro.
La pregunta de Rouros — de qué lado de esa puerta de cristal quiere estar cuando llegue — llevaba dos días sin dejarle dormir.
No era una pregunta abstracta. Esa misma tarde, Wenger le había pedido, con la naturalidad de quien pide un informe cualquiera, que preparara el protocolo para triplicar la dosis sedante del sujeto de cara al fin de semana.
Necesitamos datos de resistencia a largo plazo antes de que el consejo revise la financiación el mes que viene , había dicho, sin levantar la vista de su propia pantalla, con los mismos dieciocho meses corriendo, invisibles, detrás de cada palabra.
Julian sabía exactamente lo que significaba triplicar aquella dosis en un cuerpo que ya llevaba tres semanas de metabolismo sobrecargado.
Rouros se lo había explicado él mismo, con una claridad clínica que no dejaba lugar a la esperanza, semanas atrás: el hígado empezará a fallar antes de que este mes termine, joven Herzog, si insisten en subir la dosis al mismo ritmo.
Abrió el cajón. Sacó el cuaderno negro. Lo miró un largo minuto, como si las tapas gastadas pudieran darle una respuesta que él mismo no se atrevía a formular.
Y entonces, por primera vez desde que había empezado a trabajar en Rheingold, hizo algo que ningún protocolo le pedía y ningún superior le había ordenado: sacó su teléfono personal, uno que Rheingold no monitorizaba, y escribió un mensaje a un número que había memorizado semanas atrás de una tarjeta de contacto que jamás debería haber conservado.
Un contacto que Rouros, en un momento de lucidez entre sedantes, le había susurrado como quien entrega la única llave que le queda: Idris.
Trípoli. Si alguna vez decide usted que ya no puede mirar hacia otro lado.
Escribió solo cuatro palabras, sin firma, sin explicación:
Necesito hablar con alguien.
Pulsó enviar antes de que el miedo tuviera tiempo de arrepentirse por él.