CAPÍTULO 40
Camino a los Akakus (Libia) — Actualidad
אִית יְדִין דִּמְדַבְּרָן דְּלָא קְרָב. מַן דְּרָגֵשׁ קָרֵא לֵהּ גַּדָּא, אֶלָּא נֻחְרָכָא דְּעָלְמָא אִית.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Manos invisibles guían el paso sin tocar nunca la piel de quien conducen. El que las siente las llama suerte. El que las conoce sabe que no hay suerte: solo paciencia, ejercida durante más años de los que él lleva vivo.”
El segundo bidón de gasóleo los esperaba exactamente donde no debía haber nada.
Marco lo encontró siguiendo unas coordenadas que ni siquiera recordaba haber memorizado del todo —un número de más, susurrado por Idris en Trípoli entre tantos otros, que su cerebro había archivado sin darle importancia hasta que el indicador de combustible del todoterreno requisado, un motor corriente y sediento que no tenía nada de la eficiencia silenciosa del Toyota perdido en la emboscada, cayó peligrosamente cerca de la reserva.
Bajo una losa de piedra plana, indistinguible de las mil losas idénticas que salpicaban aquel tramo del Erg, dos bidones sellados aguardaban con la misma paciencia con que aguardan las cosas que alguien ha dejado a propósito, años atrás, confiando en que algún día harían falta.
—Esto no estaba en la ruta que me dieron —dijo Caty, observando cómo Marco levantaba la losa con un esfuerzo mínimo, casi como si supiera exactamente cuánto pesaba antes de tocarla—. ¿Cómo sabías que estaba aquí? Y menos con este coche, que ni siquiera es el que teníamos planeado llevar.
—No lo sabía —admitió Marco, y algo en su voz sonó genuinamente desconcertado, como si la pregunta de Caty acabara de iluminar algo que él mismo no había examinado del todo—.
Y tienes razón, esto no estaba pensado para un motor de gasóleo corriente.
Quien sea que dejó esto aquí sabía, antes que yo, que perderíamos el Toyota en la emboscada.
No fue la única vez. Dos horas después, cuando el todoterreno estuvo a punto de encallar en una franja de arena blanda que ningún mapa de la zona señalaba como peligrosa, Marco giró el volante un segundo antes de que las ruedas delanteras mordieran la trampa, con la misma seguridad ciega de quien ha cruzado ese mismo punto cien veces, aunque juraría no haber estado allí jamás.
Y al caer la tarde, cuando el hambre empezaba a convertirse en un problema real —las provisiones calculadas para la ruta oficial no daban ya ni para un día más—, encontraron, envuelto en un paño de cuero bajo un peñasco con forma de cabeza de camello, dátiles secos, agua limpia y una tira de cecina que ninguno de los dos había pedido a nadie.
—Alguien nos está allanando el camino —dijo Caty esa noche, sentada junto al fuego mínimo que Marco había encendido con el ancla de hidrógeno de su muñeca, masticando la cecina con una desconfianza que no lograba apagar el hambre—. Y no eres tú. Tú mismo no sabes por qué sabes lo que sabes.
—No —admitió Marco, con la vista perdida en las brasas—.
Pero conozco esta sensación. La tuve una vez, hace años, cruzando un tramo del Sáhara occidental que debería haberme costado la vida.
Entonces tampoco pregunté quién lo hacía.
Solo agradecí, en silencio, hacia donde fuera que hubiera que agradecerlo.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo un nombre al que agradecérselo —dijo Marco, y por primera vez en días una sonrisa cansada le cruzó el rostro—.
Lúy nunca deja rastro que se pueda seguir hacia atrás.
Solo deja lo que hace falta, exactamente donde hace falta, exactamente cuando hace falta.
Llevo media vida creyendo que era buena suerte.
Ahora empiezo a sospechar que llevo media vida siendo guiado por alguien que nunca ha querido que me diera cuenta.
Caty se quedó mirando las brasas, pensando en su propio abuelo, en Rouros, en la certeza cada vez más incómoda de que su vida entera había estado tejida por manos que jamás había visto trabajar.
—¿Por qué no se deja ver, entonces? Si tanto le importa que lleguemos, ¿por qué no viene y nos lo dice a la cara?
Marco tardó en responder, escogiendo las palabras con el mismo cuidado con que un hombre camina sobre hielo fino.
—Porque hay cosas que a los suyos no se les permite hacer sin más, aunque quieran —dijo al fin—. No sé explicártelo mejor que así, Catherine. Hay permisos que no dependen de las ganas.
A trescientos kilómetros de allí, en un cobertizo de chapa oxidada a las afueras de una ciudad argelina cuyo nombre no le importaba retener, El-baz dormitaba por primera vez en cuatro días, vencido no por el sueño sino por el puro agotamiento biológico de sostener durante tanto tiempo un estado de alerta que ningún cuerpo, ni siquiera el suyo, podía mantener indefinidamente sin cobrar su precio.
Fue en ese sueño ligero, apenas un pestañeo prolongado más que un descanso real, cuando algo volvió a rozarlo.
No era Rouros. El pulso de Rouros, cuando lograba atravesar los muros de Rheingold, llegaba siempre con esa textura reconocible: cansado, cálido, obstinadamente tierno incluso en el peor de sus días.
Esto era distinto. Era una presión más antigua, más vasta, con un peso que a El-baz le apretó el pecho como una losa incluso a través del sueño, y que llevaba consigo algo que su mente, todavía medio dormida, tardó un instante en reconocer como una palabra.
Hermano.
El-baz se incorporó de golpe, con el corazón desbocado, empapado en un sudor frío que no tenía nada que ver con el calor del cobertizo.
Miró a su alrededor, buscando con los cinco sentidos alerta un peligro físico que justificara aquella descarga de adrenalina, y no encontró nada.
Solo el silencio de la chapa oxidada crujiendo con el cambio de temperatura, y el eco de una palabra que se negaba a dejar de resonar en el hueco de su pecho.
Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
—No —dijo en voz alta, con una vehemencia que no dejaba espacio a la negociación—. Ahora no. De esta forma no.
No supo explicarse, ni siquiera a sí mismo, por qué la sola idea de abrirse a aquella presencia le resultaba insoportable.
Quizás porque hacerlo habría significado admitir cuánto tiempo llevaba huyendo de algo más antiguo que la propia culpa por Heleni: la vergüenza pura y simple de que el único ser en el universo capaz de mirarlo sin necesidad de explicaciones fuera, precisamente, aquel de quien más se había escondido durante casi un siglo.
Levantó, con la misma disciplina brutal que había estado a punto de fallarle en la frontera, un muro interior tan sólido que la presión cesó de golpe, cortada en seco, como una llamada colgada a media frase.
Al otro lado de esa negativa, a una distancia que ningún kilómetro terrestre podría haber medido, algo que no era del todo tristeza y no era del todo paciencia se replegó sobre sí mismo, sin insistir, sin forzar lo que no podía forzarse.
No era la primera vez que aquella puerta se cerraba en su cara.
No sería la última. Pero cada intento fallido dejaba, en el fondo de aquella espera milenaria, una certeza cada vez más nítida: la grieta que necesitaba para entrar no se abriría por su propia voluntad.
Tendría que abrirla, sin saberlo, el propio El-baz, y solo lo haría el día en que el miedo a fallarle a alguien pesara, por fin, más que el miedo a ser visto.
El-baz volvió a tumbarse sobre el jergón improvisado, con la respiración todavía entrecortada, sin comprender del todo lo que acababa de rechazar, solo sabiendo, con una certeza física que le sabía a hierro en el fondo de la garganta, que algo inmenso había estado allí, pidiendo entrar, y que él mismo le había cerrado la puerta.
El amanecer encontró a Marco y Caty ya en marcha, con las primeras siluetas negras del Akakus recortándose contra un cielo todavía morado en el horizonte, mucho más cerca de lo que la ruta oficial debería haber permitido en tan poco tiempo.
—Vamos a llegar un día antes de lo previsto —observó Caty, consultando el GPS con una desconfianza que ya empezaba a parecerse a la gratitud—. Otra vez.
—Sí —dijo Marco, sin apartar la vista de las formaciones rocosas que crecían, minuto a minuto, en el parabrisas—. Alguien tiene mucha prisa por que lleguemos.
Caty se abrazó las rodillas contra el pecho, sintiendo el frío del amanecer del desierto colarse por la rendija mal sellada de la ventanilla, y por primera vez en semanas no sintió miedo de lo que las esperaba en aquel laberinto de piedra negra, sino algo mucho más extraño: la certeza incómoda y reconfortante a la vez de que, desde algún lugar que no podía ver, alguien llevaba toda su vida cuidando de que llegara viva hasta este preciso momento.