El Libro Rojo CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Desierto libio, cerca de la frontera con Argelia — Actualidad

🜃 Cronistas Imrad — «El purasangre desbocado»

Hay promesas que un hombre hace en voz alta, para que otros las oigan y las juzguen.

Y hay promesas que un hombre hace en silencio, para que nadie pueda liberarlo de ellas jamás.

Cuarenta y ocho años de freno, y basta una sola noche para que la bestia recuerde que también sabe correr.

Detesto a los tibios de vocación, y sin embargo hoy envidio su tibieza: el que nunca se desboca, nunca tiene que aprender lo que cuesta detenerse.

Tres noches sentado contra la misma roca. El-baz no dormía —hacía siglos que no lo necesitaba—, pero tampoco vigilaba nada. Solo dejaba que el frío del Sahara le mordiera la piel sin reaccionar, sometiéndose a un castigo que ya ni recordaba haberse impuesto.

Fue en la tercera noche cuando volvió a sentirlo.

No fue una palabra. Fue una vibración que le llegó de muy lejos, filtrada a través de hormigón y acero y algo más denso todavía: la resistencia de una voluntad ajena tratando de esconderse.

Y sin embargo, en el fondo, conservaba una calidez que reconoció antes de pensarla.

Sigo aquí. La misma frase que ya había sentido pasar de refilón dos noches atrás, cuando dos jóvenes casi mueren en una emboscada y él intervino sin que nadie se lo pidiera.

Rouros. Hablándole a otros, no a él. Y aun así lo había oído igual de claro.

Se puso en pie tan bruscamente que una bandada de aves nocturnas alzó el vuelo desde la duna vecina, asustadas por algo que ni siquiera habían visto.

—Cuarenta y ocho años —dijo en voz alta, a la nada—. Cuarenta y ocho años respondiendo antes de que nadie me llame. Y ahora finjo no haberlo oído.

Porque eso era exactamente lo que llevaba haciendo tres noches: fingir.

Rheingold no era una emboscada que se resolviera con las manos desnudas.

Era hormigón, cámaras, guardias con placas legítimas —un enemigo que no cedía a la fuerza, sino a la paciencia, y la paciencia era precisamente lo que el miedo le estaba robando.

Cuanto más tiempo pasaba calculando la entrada perfecta, más se parecía, a sus propios ojos, a la disciplina que lo había dejado un segundo tarde en Ilvëa.

Ningún Shomrim volverá a morir mientras yo pueda sentir su pulso.

No se lo había prometido a Heleni. Se lo había prometido a sí mismo, con el cuerpo de ella todavía caliente entre los brazos, y desde entonces no había vuelto a tener un hogar ni una sola noche de descanso completo.

Convirtió su propio cuerpo en una antena.

Siempre alerta. Siempre a un paso de cruzar medio mundo por el más mínimo temblor de peligro.

Y sin embargo, tres noches fingiendo sordera.

No iba a repetirlo.

El todoterreno que encontró dos horas después, en un cobertizo de Ghat que la red mantenía sembrado de repuestos desde hacía décadas, no era gran cosa: viejo, sin las mejoras de aleación del Toyota de Marco, con el depósito a menos de un cuarto.

No necesitó más. Condujo toda la noche y todo el día siguiente sin detenerse, cruzando fronteras que ningún control oficial le vio cruzar.

Fue en un puesto fronterizo mal iluminado, ya de noche, cuando estuvo a punto de matar a un hombre por primera vez en más de sesenta años.

El guardia era un muchacho de veinticinco años, uniforme mal ajustado, aliento a tabaco barato. Tardó demasiado en levantar la barrera. Pidió documentación que El-baz no llevaba. Insistió, elevando la voz, con la mano en la culata de un arma que nunca había tenido que usar de verdad.

Cualquier otra noche, El-baz habría resuelto aquello con una mirada. Esta vez sintió que algo se le tensaba en el fondo del cráneo, una presión roja y sorda, y un único pensamiento lo empujó con una claridad que no reconoció como propia: aparta a este niño de mi camino, cueste lo que cueste.

Su mano ya se había movido. Los dedos, curvados en el ángulo exacto para romper una tráquea, estaban a quince centímetros del cuello del muchacho cuando se detuvo.

Se detuvo porque oyó, en algún rincón todavía intacto de sí mismo, sus propias palabras dichas a otro hombre, en otro siglo, sobre otro desierto: un hombre que sabe exactamente cuánta fuerza tiene es el único capaz de medir con precisión cuánta le falta.

Retiró la mano. El guardia, ajeno a lo cerca que había estado de morir, seguía repitiendo la misma exigencia burocrática.

—Disculpe —dijo El-baz, con una voz demasiado tensa, demasiado cerca de quebrarse—. Aquí tiene mis papeles.

No tenía papeles. Lo que deslizó en la mano del muchacho fue un fajo de dinares que ningún funcionario del norte de África sabría resistir. Resolvió el problema sin dejar un cadáver que investigar.

Cuando la barrera se alzó, condujo un kilómetro entero con las manos aferradas al volante, obligándose a respirar, contando cada inhalación como le había enseñado a contar a Braihm noventa y nueve años atrás, bajo un cielo que no había cambiado ni una sola estrella desde entonces.

Cuarenta y ocho años respondiendo antes de que nadie me llame. Y ahora el miedo a llegar tarde me está enseñando a golpear antes de comprobar si hace falta golpear.

No había nadie en el coche para escucharlo. Y sin embargo, muy lejos, El-baz habría jurado que alguien lo había oído de todos modos.

En Madrid, Julian Herzog llevaba dos noches sin dormir, y esta vez no era por el cuaderno negro del cajón.

Había pasado la tarde revisando, por tercera vez, el informe de dosificación que Wenger le corrigió la semana anterior.

La transposición de cifras que él achacó al cansancio no era tan inocente como había querido creer.

Wenger no solo corrigió el error. Anotó al margen, con su letra pequeña y precisa, una fecha que no correspondía a ningún protocolo oficial: 18 meses.

La misma cifra que encontró esa noche, rebuscando en archivos a los que técnicamente no debería tener acceso, en un informe clínico privado de hacía tres años. Paciente: Livia Wenger.

Un marcador de metilación. Un pronóstico. Una cuenta atrás que la doctora llevaba contando en silencio desde mucho antes de que él llegara a Rheingold.

Julian cerró el portátil de golpe. Ya no era solo la doctora fría que dirigía el proyecto con precisión de cirujano.

Era una mujer corriendo, también ella, contra un reloj que no controlaba.

Aquello no disculpaba nada de lo que le hacían a Rouros tres pisos por debajo de su despacho.

Pero cambiaba el tipo de villana que tenía delante.

Ya no era solo codicia. Era miedo. Y el miedo, Julian lo sabía por experiencia propia, no negocia con la razón.

Bajó a la cámara esa misma noche, tableta bajo el brazo, fingiendo un turno tardío cualquiera.

—Tiene mala cara, joven Herzog —dijo Rouros, sin abrir los ojos—. ¿Ha encontrado algo que preferiría no haber encontrado?

—Sí. Y no sé qué hacer con ello.

—Entonces está exactamente donde debe estar —respondió Rouros, abriendo por fin los ojos—. La mayoría de los hombres que cambiaron algo importante empezaron así: sabiendo demasiado, sin saber todavía qué hacer con ese peso.

Julian se acercó al cristal, bajando la voz hasta el susurro.

—Anoche volvió a hablar bajo el sedante, después del último análisis.

No dijo nombres esta vez. Dijo otra cosa.

La grabé, pero me la sé de memoria: «Dos hermanos entraron juntos en la ciudad condenada.

Cegaron a los que golpeaban la puerta. Sacaron al justo antes de que cayera el fuego.

Uno se quedó a vivir entre los hombres. El otro volvió a subir».

Después repitió una sola palabra, muchas veces: «hermanos». Como si le doliera pronunciarla.

Algo cambió en el rostro de Rouros. Nada que un sensor pudiera catalogar como significativo. Pero a Julian, que llevaba semanas aprendiendo a leer ese rostro igual que se aprende un idioma nuevo, a fuerza de repetición y error, le pareció del tamaño de un terremoto.

—¿Sodoma? —preguntó, incapaz de contener al erudito que llevaba dentro incluso en ese momento—. Génesis diecinueve. Dos ángeles, no uno. Siempre me pareció raro que el texto insistiera tanto en que eran dos, cuando el relato solo necesitaba a uno.

—Insiste porque ocurrió exactamente así —dijo Rouros.

Cerró los ojos y no dijo nada durante casi un minuto.

—Se acerca algo que ninguno de los dos va a poder controlar del todo —añadió por fin, con una voz a partes iguales aterrorizada y aliviada—. Y usted, joven Herzog, va a tener que decidir muy pronto de qué lado de esa puerta de cristal quiere estar cuando llegue.