El Libro Rojo CAPÍTULO 38 #3
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CAPÍTULO 38 #3

Ganaron. Los cuarenta y tres hombres cayeron neutralizados, desarmados.

Fue entonces cuando uno de los operadores de cámara, el que había logrado mantenerse más atrás, vio su oportunidad.

Sacó un último cargador de película de su mochila, insertó la cinta con dedos temblorosos, y enfocó hacia donde Heleni, respirando pesadamente, bajaba la guardia.

Grabó el instante exacto en que ella se giraba para comprobar que Nazarí seguía en pie.

Grabó el último gesto de tranquilidad antes de que todo terminara.

La bala que mató a Heleni no vino de un disparo certero.

Vino de un hombre ya caído, ya vencido, con la mano temblando por el dolor de un brazo roto, que apretó el gatillo una última vez sin apuntar a nada.

Y la cámara lo grabó todo: el impacto, el rostro de Heleni con la sorpresa —no el dolor, la sorpresa—, la caída al musgo húmedo del linde.

El operador bajó la cámara. Sus manos temblaban. Lo que acababa de grabar era el registro más extraordinario que Halberg jamás había solicitado: no un descubrimiento, sino una muerte. No una conquista, sino una derrota absoluta y brutal.

El-baz llegó a su lado antes que nadie, la sostuvo contra su pecho igual que no había podido sostenerla en Guiza medio siglo atrás, y sintió, con una claridad que no lo abandonaría en los años siguientes, que había vuelto a fallar de la misma forma exacta: llegando a tiempo para todo, menos para lo único que de verdad importaba.

Rouros se arrodilló junto a él en silencio, la sangre todavía cayéndole del ojo, sin decir nada, porque no había nada que decir que no sonara vacío frente a lo que tenían delante.

Nazarí, dos pasos más allá, no se acercó al cuerpo.

Se quedó de pie, mirando el rostro de Heleni por encima del hombro de El-baz, y en ese último instante compartido —el dolor de ambos hombres cruzándose en el aire sin una sola palabra— quedó sellado algo que ninguno de los dos rompería jamás: ni un reproche, ni una explicación, solo el peso idéntico de haber amado a la misma mujer y de haberla perdido, los dos, a la vez.

Cuando los equipos de Halberg llegaron, horas después, a recoger a los supervivientes y recuperar lo que pudieran del campamento destrozado, encontraron dos de las tres cámaras, sus películas aún intactas en los arneses.

La tercera, la que había capturado a El-baz cruzando el claro a velocidad imposible, nunca fue recuperada.

Su operario yacía inconsciente a media ladera, la cámara enterrada bajo un montón de raíces rotas, su película preservada en la oscuridad, esperando ser descubierta.

Esas dos películas fueron llevadas a Viena, donde técnicos de la familia Halberg las proyectaron en una sala sin ventanas, revisando fotograma a fotograma lo que sus hombres habían grabado.

El barón, ya entrado en años, se sentó en la oscuridad con las manos temblando mientras veía pasar la imagen borrosa de Heleni, sus dedos retorciéndose en el aire como si tocara algo invisible.

Vio a Rouros peleando medio ciego. Vio a Nazarí desviando disparos con un movimiento que ningún entrenamiento militar podía explicar.

Ninguno de los técnicos supo cómo explicarlo. Ninguno se atrevió a sugerir qué era. Solo sabían que lo que estaban viendo en esa pantalla no era una prospección fallida. Era un encuentro con algo que estaba más allá de sus categorías conocidas. Y que habían perdido.

El barón guardó las películas en una bóveda.

Las vio una sola vez más en su vida. Y cuando murió, pasó la responsabilidad de ese archivo a su hijo, quien la pasó al suyo: una línea de descendientes que sabía que poseía algo extraordinario pero no sabía qué hacer con ello, hasta que, décadas después, esas mismas películas se convirtieron en parte del archivo que alimentaría los algoritmos de Rheingold Genomics.

Pero la película más importante, la que habría respondido todas las preguntas, seguía bajo tierra, esperando en el bosque, junto a los restos de un hombre inconsciente que nunca llegó a recuperarse del golpe que El-baz le había propinado.

Fue esa noche, con el cuerpo de Heleni todavía caliente entre sus brazos, cuando El-baz tomó la decisión que definiría cada uno de sus actos futuros: nunca más elegiría la distancia por disciplina.

Nunca más se permitiría relajar la escucha, ni un instante, mientras un solo Shomrim respirara en algún rincón del mundo confiando en que él estuviera atento.

Fue esa misma promesa, sostenida durante décadas sin una sola grieta, la que lo llevaría, muchos años después, a cruzar un desierto entero por el pulso débil y desconocido de un hombre al que apenas conocía.

Ilana bajó del túnel con Caty llorando contra su hombro, y en el pecho, junto al dolor, sintió crecer una certeza que no compartiría con nadie hasta mucho después: aquellos hombres solo habían podido matar el cuerpo de su madre.

Pero esa noche, mirando a su hija dormida, decidió que no volvería a confiar en que eso bastara para mantenerla a salvo.