CAPÍTULO 38 #2
Contuvieron a los primeros doce hombres en apenas tres minutos.
Una de las cámaras de dieciséis milímetros grababa desde el arnés del pecho de un operario, capturando cada movimiento en una película que nadie podía ver aún: Heleni, borrosa pero inconfundible, con los ojos ardiendo; Rouros, más allá, desarmando a dos hombres a la vez; Nazarí, desviando un disparo que habría matado a otro, un movimiento tan preciso que parecía casual, pero que no lo era.
Segunda fase. El combate se alargó más allá de lo que ninguno de los tres había calculado.
Heleni sintió, por primera vez en décadas, el límite físico de su propio don: cada imposición de voluntad le costaba un segundo de respiración entrecortada, una gota de sudor frío que no tenía nada que ver con el esfuerzo muscular, y los hombres seguían llegando, entrenados para no depender jamás de un solo punto de mando.
Abajo, los ancianos sintieron el cansancio de Heleni como si fuera el suyo propio.
—Vamos a tener que ralentizar el crecimiento de las raíces —dijo uno de ellos—. Ellos necesitan nuestra concentración.
Fue un sacrificio calculado: dejar la entrada un poco más accesible, un poco menos confusa, a cambio de enviar toda su energía hacia arriba, sosteniendo a Heleni sin que ella lo supiera del todo, recordándole sin palabras que no estaba sola.
Que debajo de sus pies, una comunidad entera estaba pagando el precio de su valentía.
Rouros recibió un culatazo que le abrió la ceja, y la sangre, cayéndole por el ojo, lo obligó a pelear medio ciego, guiándose por el oído y por un instinto afinado durante siglos.
Nazarí ya había salvado dos veces a Rouros —una desviándole el codo a un tirador con el hombro, otra sembrando en la mente de otro una duda tan real que el dedo se detuvo sobre el gatillo el tiempo justo— y sintió, por primera vez esa tarde, que el cansancio empezaba a hacerle más lenta la lectura.
Abajo, la mujer más veterana cayó de rodillas. Uno de los ancianos se acercó.
—¿Puedes seguir?
—Mientras ellos luchen arriba, yo lucho aquí —respondió, con los ojos brillando de una determinación pura—. No me dejes ir hasta que todo se haya perdido o todo se haya salvado.
Fue entonces, con los tres ya heridos, ya respirando con el pecho ardiendo, cuando el bosque cambió.
No hubo aviso. Simplemente, uno de los hombres de Halberg que avanzaba por el flanco izquierdo dejó de existir un instante antes de que su compañero se volviera a preguntarle algo: una sombra cruzó el claro a una velocidad que ningún ojo humano podía seguir, y el hombre estaba en el suelo, inconsciente, antes de que el sonido de su caída llegara a los oídos de los demás.
El-baz había llegado.
Y Heleni lo sintió antes de verlo. Sintió el pulso, ese pulso que había estado ahí durante siglos, siempre vigilante, siempre presente aunque ella fingiera no notarlo, atravesando el aire como una cuerda tensa que finalmente se suelta.
Se giró, y lo vio: polvo aún en su ropa de viaje, sangre ajena en sus manos, el halo cobalto ardiendo en sus iris con una furia que ningún hombre viviente podría soportar.
Y algo se quiebra dentro de su pecho.
No fue alivio táctico. Fue el reconocimiento visceral, brutal, de que él nunca se había ido.
Que toda esa distancia, toda esa disciplina, toda esa contención que ella había respetado durante siglos no era indiferencia.
Era amor. Era un hombre mirando a través de la oscuridad de medio mundo para asegurarse de que ella seguía viva.
Las lágrimas vinieron sin que ella pudiera evitarlas. Ardientes. Saladas. Borrándole la visión en mitad del combate, en mitad del caos, mientras los hombres de Halberg caían alrededor de él como si fuera un dios de la guerra bajado a la tierra.
Ella había sabido, siempre, que él estaba ahí. Pero verlo llegar en ese instante, cuando todo se desmoronaba, cuando la muerte ya estaba tocándole el hombro, cuando sus fuerzas se agotaban, verlo entonces fue como si alguien le arrancara una venda que llevaba mil años sin saber que tenía puesta.
Él la vio llorar. Cruzó el claro, desarmó a dos hombres sin siquiera mirarlos, y sus ojos no se apartaron de los de ella ni un instante. En ese cruce de miradas, todo lo que nunca se habían dicho pasó entre ambos como un relámpago: estoy aquí, he estado aquí, siempre estaré aquí.
Y ella comprendió, en ese segundo, que lo que la había mantenido viva durante toda esa tarde no era su propio poder. Era saber que en algún lugar, en algún rincón del mundo, él la estaba escuchando. Que estaba corriendo hacia ella. Que nunca la había abandonado.
Abajo, en Ilvëa, los ancianos sintieron el cambio: el alivio que atravesaba la tierra, el instante en que Heleni supo que no estaba sola.
—Adelante —dijo el más viejo—. Cierren todo. Que terminen arriba.
No luchaba como los otros tres. Los otros tres luchaban para sobrevivir a esa tarde.
El-baz luchaba con la memoria de mil batallas detrás de cada gesto, con una economía de movimiento que hacía que cada golpe pareciera decidido varios segundos antes de ejecutarse: rompía una muñeca aquí, torcía un tobillo allá, arrancaba un fusil de las manos con una torsión que ni siquiera parecía requerir esfuerzo.
La cámara lo siguió mientras se movía, incapaz de captar su velocidad pero registrando el caos que dejaba a su paso: hombres volando, armas cayendo, y él, simplemente, caminando entre ellos como alguien atraviesa una puerta.
—¡Detrás de ti! —gritó Rouros, y El-baz giró sin mirar, deteniendo con el antebrazo desnudo la hoja de un cuchillo que un hombre le clavó hasta el hueso. La cámara grabó ese momento: la sangre, el acero, el rostro de El-baz sin una mueca de dolor, solo concentración.
Fue en uno de esos giros cuando El-baz encontró, por un instante, los ojos de Nazarí a través del caos —Nazarí, que en ese mismo segundo desviaba otro disparo con el cuerpo entero—, y lo que cruzó entre ambos fue registrado por la película sin que ninguno de los dos lo supiera: dos hombres, sin decírselo jamás, amando a la misma mujer, en el instante en que habrían dado la vida el uno por el otro.
Tercera fase. Con El-baz en el combate, la balanza cambió, pero no la intención: ni él ni los otros tres mataron a un solo hombre esa tarde.
Fueron dejando, uno tras otro, a los hombres de Halberg fuera de combate real —huesos rotos, articulaciones dislocadas, golpes que los dejarían inconscientes durante horas— sin cruzar jamás la línea que separaba la victoria de la masacre.
La cámara grabó todo: la precisión quirúrgica de El-baz, la desesperación creciente de los atacantes al descubrir que no podían ganar, la coordinación casi telepática de los cuatro defensores.
Abajo, en las profundidades de Ilvëa, la misma mujer siguió tejiendo, sin permitirse un segundo de descanso. Sus manos ya no temblaban de cansancio, sino de certeza: sabía que arriba algo había cambiado. Sabía que El-baz estaba allí. Y eso le daba la fuerza de mil vidas.
—¡Ahora! —gritó Heleni, cuando los últimos ocho hombres, acorralados, abrieron fuego a la vez desde ángulos distintos, y los cuatro impusieron su voluntad al mismo tiempo sobre las trayectorias: cuatro disparos desviados en el mismo segundo, en una sincronía que la película capturó como una danza perfecta.
Cuatro voluntades convertidas en una sola.