CAPÍTULO 38
I lvëa, bajo los Alpes cercanos a Basilea — veinte años de diferencia
לָא קְיָם דְּדַם יִכְפֵּף לְנָמוּסָא זְעוֹרָא. מַן דִּמְרַחֵק לְמֶחֱסַן פַּגְרָא, קוֹבֵר קְיָמָא רַבָּא.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Ningún pacto de sangre cede ante una ley menor. Quien elige la distancia para salvar el cuerpo, entierra la promesa más grande.”
I
Ilana tenía ocho años y no sabía todavía que el bosque que pisaba descalza tenía nombre en dos idiomas: para ella era, simplemente, casa.
Jugaba con otros tres niños de la ciudad a saltar entre las raíces expuestas de un haya centenaria cuando el zumbido lejano de un motor diésel les hizo detenerse a todos a la vez, como si el propio bosque hubiera contenido la respiración.
—Otra vez ellos —dijo uno de los niños, con el tono aburrido de quien ha visto ya la misma escena demasiadas veces.
No era la primera visita de la Halberg Mineralien GmbH, ni sería la última.
La compañía, con sede nominal en Viena y permisos de prospección renovados año tras año, llevaba casi tres décadas rondando aquella ladera del Jura con la misma tenacidad silenciosa con que un mismo apellido llevaba, desde mucho antes de que existiera la propia compañía, buscando algo que ningún geólogo titulado sabría nombrar.
Aquella tarde montaban un ensayo de penetración estándar: un tubo de acero que un trípode hincaba en el suelo a golpes regulares, mientras un tercer técnico desplegaba los electrodos de una tomografía de resistividad eléctrica a lo largo de la ladera, buscando bajo la superficie una anomalía que la roca caliza no debería tener.
Heleni llegó antes de que Ilana pudiera esconderse. Caminó hacia los técnicos con las manos vacías.
—Esta ladera es zona protegida —dijo—. Llevan un permiso caducado desde marzo.
El capataz, sin girarse del todo, respondió que tenían autorización renovada.
Heleni apoyó, de forma casi distraída, la mano sobre la varilla del trípode, y sintió cómo el hierro respondía a su pulso de la misma manera en que respondía a la humedad o al frío: contrayéndose por dentro, reorganizando sus propias cadenas moleculares en torno a la palanca hasta soldar, en cuestión de segundos, el dedo del técnico al metal como si ambos hubieran nacido de la misma colada.
—¡No puedo soltarlo! —gritó el hombre, con el pánico genuino de quien no entiende lo que le ocurre a su propio cuerpo.
Bastó eso. El capataz ordenó recoger el equipo con una premura que no dejaba lugar a la negociación.
Lo que Ilana no podía ver todavía, a sus ocho años, era el halo.
Cada Shomrim lo llevaba consigo desde que su don despertaba: un anillo de luz alrededor del iris, visible solo en el instante de máxima concentración, cuyo color no era decorativo, sino la firma misma de aquello en lo que su cuerpo se había convertido.
Los ancianos explicaban que un cuerpo, en su forma más pura, no era carne organizada por casualidad, sino energía condensada hasta volverse densa, hasta volverse tacto y hueso y aliento; y que el don de cada Shomrim era, sencillamente, la capacidad de recordar esa verdad y actuar desde ella, en vez de olvidarla como hacía el resto del mundo.
El halo era esa memoria haciéndose visible: carmesí en Heleni, porque su don nacía del sacrificio y de la sangre que estaba dispuesta a dar por los suyos; cobalto en El-baz, forjado en siglos de una calma que ya no ardía, sino que cortaba; ámbar en Nazarí, que leía a los hombres con la misma calidez con la que el sol lee la savia de un árbol antes de hacerla subir.
Aquella noche, en el salón excavado en roca viva que los ancianos de Ilvëa usaban para las reuniones menores, Heleni y Nazarí se sentaron junto al fuego de resina con dos de los más viejos de la ciudad.
—Llevan casi treinta años —dijo uno de ellos—. Desde que aquel barón vienés perdió el rastro de El-baz en el desierto de Libia. Su familia nunca dejó de buscar lo que se les escapó entonces.
—¿Halberg? —preguntó Nazarí, aunque ya conocía la respuesta.
—El mismo apellido, generación tras generación —confirmó el anciano.
A cientos de kilómetros de allí, esa misma noche, El-baz se detuvo en mitad de un camino con una tensión conocida instalándosele en el pecho: el pulso de Heleni, tenso otra vez. Cerró los ojos y, por un instante, no vio la ladera del Jura, sino un zoco polvoriento en Guiza, medio siglo atrás.
No estaba tan lejos como ella creía. Nunca lo había estado.
II
Veinte años después, Ilana ya no jugaba entre las raíces del haya centenaria.
Vivía en las estancias profundas de Ilvëa, casada, con una hija de ocho meses, Caty, dormida contra el pecho, cuando sintió el mismo silencio contenido que recordaba de niña, solo que esta vez no se disolvió con las horas.
Rouros llevaba ya cuatro días acercándose, sin que nadie se lo hubiera pedido, guiado por esa forma concreta en que el miedo de alguien a quien uno ama deja una marca distinta en la resonancia.
El-baz, más lejos, había sentido la misma llamada un día después, y avanzaba desde el sur con la paciencia de quien sabe que la distancia, esta vez, no le va a permitir llegar primero.
La tarde en que los hombres de Halberg llegaron, no era ya una prospección.
Cuarenta y tres hombres repartidos entre furgonetas de utilidad y camiones de perforación, la mayoría con fusiles ocultos bajo el mono de trabajo, avanzaban hacia el linde del bosque con la determinación fría de quien lleva veinte años de fracasos acumulados.
Tres de ellos llevaban algo más: cámaras de dieciséis milímetros montadas en arneses de pecho, alimentadas por baterías portátiles que pesaban casi tanto como un fusil.
Film analógico, silencioso, testigo mudo de lo que estaba a punto de ocurrir.
Halberg quería registro. Quería pruebas que pudiera analizar después, en la seguridad de su laboratorio, sin que nadie supiera jamás que habían estado allí.
Nazarí lo sintió dos horas antes de que el primer vehículo alcanzara el límite del bosque.
—Diles a los ancianos que cierren los pasos internos —le dijo a Heleni—. Voy a avisar a la guardia del linde.
En las cavernas profundas de Ilvëa, los ancianos ya estaban en movimiento. El más viejo de ellos, con las manos ahora casi traslúcidas de tanto usar su don durante siglos, se dirigió a los tejedores de raíces.
—Reconfigurad la entrada principal —ordenó—. Que crezcan las paredes. Que se cierren los pasadizos que llevan hacia nosotros. Si Halberg entra, que encuentre un laberinto, no una ruta.
Los tejedores de raíces se posicionaron alrededor de la entrada natural, sus manos apoyadas en la tierra viva, sintiendo el pulso de cada raíz, cada filamento de micorriza que conectaba con los árboles mayores de la superficie.
Empezaron a tirar, suavemente, de esa red invisible.
Las raíces crecieron en direcciones nuevas, cerrando pasillos, abriendo callejones sin salida, transformando la geometría de la cueva de forma que solo alguien que la conociera desde hacía milenios pudiera navegar por ella.
Arriba, la defensa se levantó en el propio linde del bosque: los Shomrim de Ilvëa guiaron el crecimiento de raíces y ramas hasta cerrar el sotobosque sobre sí mismo, convirtiendo el sendero en una maraña de madera viva capaz de detener un vehículo blindado.
Los hombres de Halberg descendieron y avanzaron a pie.
Rouros llegó sin aliento, con la ropa aún cubierta del polvo de cuatro días de camino. Nazarí estaba ya posicionado, estudiando los ángulos de aproximación, cuando vio al otro aparecer entre los árboles.
—Tardaste —dijo Nazarí, sin girar.
—Me detuve a recoger flores para ti —respondió Rouros, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Pensé que te gustaría algo bonito antes de que todo se vuelva horrible.
Nazarí permitió que una sonrisa asomara a sus labios.
—¿Flores silvestres o sangre? Porque si es sangre, al menos que sea la de ellos, no la nuestra.
—Eso depende de cuántos hombres traigan.
—Cuarenta y tres. Acabo de contarlos.
Rouros silbó bajito.
—En ese caso, flores definitivamente. Y quizá una oración.
—Las oraciones son un arma poderosa —dijo Nazarí—. Nosotros nos mantenemos atentos.
—¿Atentos? —preguntó Rouros con una calma que solo dieciocho siglos de conocerse podían permitir—. Yo diría que hartos.
—Eso también —admitió Nazarí.
Y en ese instante, cuando sabían ambos exactamente lo que estaba a punto de suceder y habían hecho la paz con ello, la tensión del momento se rompió en algo que no era del todo risa, pero que estaba cerca: la camaradería de dos hombres que habían pasado juntos el tiempo suficiente como para saber que el humor era la única arma que ningún enemigo podía quitarles.
Primera fase. Heleni, Nazarí y Rouros contuvieron la primera oleada sin necesidad de derramar sangre: Heleni imponiendo su voluntad sobre las manos que sujetaban un arma, doblando muñecas antes de que el dedo llegara al gatillo; Rouros desarmando con una economía de movimiento casi quirúrgica, cada golpe calculado para incapacitar, nunca para matar; Nazarí desviando ángulos de disparo un segundo antes de que se convirtieran en tragedia.
Abajo, en Ilvëa, los tejedores de raíces sentían cada impacto en la superficie como un temblor leve que viajaba hasta ellos a través de la red subterránea. Una de las mujeres, la más veterana del grupo, apretó los dientes.
—Más rápido —murmuró a sus compañeros—. Tienen que aguantar más tiempo.
Las raíces crecieron más aceleradamente, tejiendo patrones que una mente humana tardaría siglos en mapear. Era agotador. Era necesario. Era el precio que los que se quedaban atrás pagaban para que los que luchaban arriba tuvieran sentido luchando.