El Libro Rojo CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

Marco tardó en responder, con la vista fija en la pista que se abría, roja y vacía, ante los faros.

—Hay historias, desde hace décadas, de un Shomrim que aparece cuando algo se tuerce de verdad, y desaparece antes de que nadie pueda darle las gracias como es debido —dijo—.

Nunca se une a ningún enclave. Nunca responde a ninguna llamada de la red, salvo las que él decide responder, y nadie sabe con qué criterio elige.

Algunos creen que perdió a alguien, hace mucho tiempo, y que desde entonces vive apartado incluso de los suyos, como si se hubiera impuesto a sí mismo un castigo que nadie más le pidió cumplir. Muchos creen que es El-baz.

—¿El-baz? —repitió Caty, con el nombre resonándole extrañamente familiar, aunque no supiera explicar por qué.

—Un guardián muy antiguo. Anterior a la Vigilia de mi propia generación, incluso a la de mis padres —dijo Marco—. Dicen que en 1927 amó a una mujer llamada Heleni, y que la dejó ir por miedo a fallarle, y que ella, con el corazón roto, terminó encontrando a un hombre bueno y fuerte llamado Naza…

Se detuvo a media palabra, con el nombre todavía en la boca, y Caty vio, incluso en la penumbra del salpicadero, cómo la sangre parecía abandonarle el rostro.

—Nazarí —completó ella, con una voz que ya no era del todo suya—. Ese es el nombre de mi abuelo, Marco. Tú mismo me lo dijiste, en París. ¿Me estás diciendo que la mujer de la que hablas, esa Heleni por la que El-baz lleva un siglo destrozado, es…?

—Tu abuela —dijo Marco, terminando la frase que ella no se atrevía a terminar, con una voz tan afectada como la de ella—.

No até los nombres hasta ahora mismo, Catherine.

Te lo juro. Siempre había escuchado esta historia como una leyenda sin rostro, sin fecha, sin ningún nombre que pudiera tocar a alguien vivo.

Nunca imaginé, ni por un segundo, que el hombre que acaba de salvarnos la vida pudiera tener un vínculo tan directo con tu propia sangre.

Y entonces, mientras lo decía, algo encajó en su memoria con la fuerza de un golpe.

El instante, apenas un parpadeo, en que sus ojos se habían cruzado con los del desconocido sobre la arena.

Aquel reconocimiento mudo que Marco no había sabido nombrar en su momento, aquel peso que había sentido sin comprenderlo del todo, tenía ahora una explicación completa.

—Me miró de una manera concreta, Catherine —dijo, con la voz baja—.

No como quien mira a un extraño al que acaba de salvar.

Como quien reconoce algo en la persona que tiene detrás de ti.

Creo que él ya sabía quién eras antes de que yo se lo dijera.

Creo que por eso apareció exactamente esta noche, y no otra.

Caty se quedó en silencio, un largo rato, con la vista perdida en la oscuridad que se extendía más allá de los faros, sintiendo que el desierto entero se había vuelto, de golpe, un lugar mucho más pequeño e íntimo de lo que había sido un minuto antes.

—Entonces el hombre que nos ha salvado esta noche… —dijo, casi sin voz— podría ser mi… ¿qué sería, Marco? ¿Qué es El-baz de mí?

—No estoy seguro del todo —admitió Marco—.

Pero si la leyenda es cierta, y si Heleni de verdad es tu abuela, entonces El-baz es el hombre que la amó antes de que ella conociera a tu abuelo.

Es una herida antigua en tu propia familia, Catherine, mucho antes de que tú nacieras siquiera para heredarla.

Caty sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del desierto nocturno, aunque no logró entender del todo por qué aquella historia, contada por un desconocido sobre otro desconocido, le pesaba tanto en el pecho.

Acamparon esa noche al abrigo de una duna, sin fuego, demasiado cerca todavía del punto de la emboscada para arriesgarse a que el resplandor los delatara.

Caty, envuelta en la manta térmica, con la cabeza apoyada contra el costado de Marco, cerró los ojos intentando dormir, pero el corazón seguía latiéndole demasiado rápido, y la mente, en vez de aquietarse, empezó a girar hacia dentro, buscando algo que ni ella misma sabía nombrar.

Fue entonces cuando lo sintió.

No fue un pensamiento propio. Fue una presencia ajena, tenue pero inconfundible, como si alguien hubiera apoyado la palma de la mano sobre el borde más externo de su mente, con el mismo cuidado con que se toca a un animal herido para no asustarlo más de lo que ya está.

Catherine.

No fue una palabra pronunciada. Fue algo más profundo, más lento, cargado de un cansancio inmenso y, al mismo tiempo, de una ternura que no encajaba con ningún cansancio que ella conociera.

—¿Rouros? —susurró Caty, en voz alta, sin abrir los ojos, con el corazón desbocándose por una razón completamente distinta a la de horas antes.

Sigo aquí, sintió más que escuchó, una voz que le llegaba filtrada, débil, como si atravesara capas y capas de algo denso antes de alcanzarla, pero inconfundiblemente cálida.

No llores por mí esta noche, pequeña. Hoy no.

Hoy has sobrevivido a algo terrible, y mereces sentir solo eso: que sigues aquí.

Caty no supo en qué momento las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, silenciosas, imparables.

Recordó, de golpe, el abrazo de Rouros años atrás, cuando ella era apenas una adolescente confundida y él había aparecido en la vida de su padre como una sombra amable, protectora, que nunca exigió explicaciones ni entregó las suyas propias del todo.

Recordó cómo la había abrazado aquella vez, con la misma calma inquebrantable que ahora, a través de la distancia, del cautiverio, de todo lo que Rheingold le estuviera haciendo en ese mismo instante, seguía encontrando la forma de ofrecerle.

—Están haciéndote daño —dijo ella, con la voz rota—. Puedo sentirlo, Rouros. Detrás de la calma. Puedo sentir cuánto te está costando esto.

Y aun así, es a ti a quien encuentro primero cuando busco algo de qué sostenerme, respondió él, con la calidez cansada de una sonrisa metida en el tono mismo de la sensación.

Eso, Catherine, no es debilidad mía. Es la prueba de que, hagan lo que hagan conmigo, no han encontrado la forma de arrebatarme lo único que de verdad importa.

Junto a ella, Marco se había incorporado en silencio, con los ojos muy abiertos, la respiración contenida, sintiendo la misma frecuencia que Caty, los dos enganchados a la misma llamada silenciosa, sin necesidad de decírselo.

—Rouros —dijo Marco, con la voz quebrada por una esperanza que llevaba meses sin permitirse—. Hermano. Aguanta. Vamos a encontrarte.

Lo sé, Marco, llegó la respuesta, más débil ya, como una vela a punto de consumirse pero decidida a no apagarse todavía. Siempre lo he sabido. Ahora dejadme descansar en esto un momento más, antes de que ellos vuelvan a necesitarme despierto para lo que sea que planeen hacerme mañana.

La presencia se disolvió, lentamente, como una mano que se retira con cuidado tras haber terminado de sostener algo frágil.

Caty se quedó mirando la oscuridad del desierto, con el rostro empapado de lágrimas que ya no intentaba contener, y Marco, a su lado, le rodeó los hombros con un brazo, dejando que ambos, por una vez, no fingieran fortaleza ninguna.

—Está vivo —dijo Caty, en un susurro—. Está vivo, y todavía tiene fuerzas para consolarme a mí.

—Así es Rouros —respondió Marco, con la voz igual de rota—. Incluso encadenado, sigue siendo el más fuerte de todos nosotros.