El Libro Rojo CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Desierto libio, camino al Akakus — Actualidad

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Hay hombres que se convierten en leyenda precisamente porque dejan de necesitar que alguien recuerde su nombre. Yo dejé de necesitarlo el mismo día en que dejé de tener a quién volver a contárselo.

Llevaban tres días de desierto cuando Marco redujo la velocidad sin previo aviso.

Habían dormido por turnos desde Trípoli, uno al volante mientras el otro cabeceaba contra la ventanilla, deteniéndose solo para repostar el hidrógeno en depósitos ocultos que la red había ido sembrando a lo largo de la ruta décadas atrás, con la paciencia de quien planta árboles cuya sombra no llegará a disfrutar.

Caty había perdido la cuenta de cuántas veces había comido dátiles secos y pan ácimo comprado en algún pueblo sin nombre, de cuántas noches había dormido con la cabeza apoyada en el hombro de Marco, envuelta en la manta térmica, mientras él vigilaba el horizonte con los ojos entrecerrados, en calma, ahorrando fuerzas para cuando de verdad hicieran falta.

El paisaje había cambiado, lentamente, de la roca negra afilada de los primeros días a un mar de dunas rojizas que el sol del atardecer incendiaba en tonos de cobre y sangre seca.

El viento, constante, arrastraba una arena finísima que se colaba por cada rendija del vehículo, crujiendo entre los dientes, adhiriéndose al sudor de la piel hasta formar una segunda piel de polvo.

Caty había aprendido a distinguir, por el olfato, cuándo se acercaba una duna de arena blanda —un olor mineral, casi dulce— de cuándo pisaban roca desnuda —un olor seco, quemado, que le raspaba la garganta.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose de golpe al notar el cambio de velocidad.

—Nos siguen —dijo Marco, con la vista fija en el retrovisor, donde una nube de polvo lejana mantenía una distancia demasiado constante para ser casualidad—.

Dos vehículos. Sin luces. Llevan así al menos diez minutos, ajustando su velocidad a la nuestra con una precisión que ningún conductor civil sostendría por instinto.

—¿Rheingold?

—O el R.A.T.G. a su servicio. Da igual el nombre que lleven pintado en la puerta —respondió él, acelerando lo justo para no delatar que los había detectado—.

Se mueven como profesionales contratados, Catherine, no como fanáticos.

Eso es peor. Los fanáticos cometen errores por exceso de fe.

Los mercenarios no cometen ninguno, porque no creen en nada más que en el cheque que van a cobrar al terminar.

Caty sintió que el miedo, ya viejo conocido después de semanas de huida, volvía a instalarse en su pecho con la familiaridad amarga de una enfermedad crónica.

A ochocientos metros por detrás, en el segundo de los dos vehículos que seguían la nube de polvo, un hombre de acento centroeuropeo pulsó el botón de su radio táctica.

—Control, aquí Bravo Dos. Contacto visual confirmado con los activos. Objetivo Alfa y Objetivo Beta en el vehículo requisado esta mañana en el puesto de control. Mantenemos distancia de seguridad, esperando ventana favorable de terreno para intercepción.

—Recibido, Bravo Dos —respondió una voz metálica, distorsionada por la distancia—. Recuerden: Objetivo Beta con vida y sin daños significativos. Es la prioridad absoluta del cliente. Objetivo Alfa, uso de fuerza autorizado si opone resistencia.

—Entendido, Control. Buscando estrechamiento del terreno para forzar la parada.

El hombre soltó el botón de la radio y se giró hacia el conductor, un excombatiente sudafricano con más años de desierto encima que cualquiera de los otros cuatro del equipo.

—A quince kilómetros hay un paso natural entre dos formaciones rocosas —dijo el conductor, sin apartar la vista de la pista—. Anchura suficiente para que no puedan desviarse. Si mantenemos esta distancia, llegaremos a la vez que ellos.

La emboscada llegó exactamente donde el sudafricano la había previsto: un estrechamiento natural entre dos paredes de roca donde la pista se ceñía a apenas el ancho justo para un vehículo.

Dos todoterrenos blindados surgieron de las sombras a ambos lados en el mismo instante, cortando el paso con una coordinación que no dejaba lugar a la improvisación.

—¡Salgan del vehículo con las manos donde podamos verlas! —gritó el hombre al mando, en un inglés neutro, con el fusil ya nivelado hacia el parabrisas.

Marco no obedeció. En la fracción de segundo que su cerebro necesitaba para procesar seis siluetas armadas, dos vehículos, y un único hueco de escape entre el segundo todoterreno y la pared de roca, tomó la decisión y pisó el acelerador a fondo, lanzando el coche directamente hacia el estrecho margen.

Los primeros disparos impactaron contra el blindaje lateral con un traqueteo metálico ensordecedor que hizo que Caty se encogiera instintivamente, tapándose los oídos con las manos temblorosas.

El vehículo rozó el segundo todoterreno con un chirrido de metal contra metal, pero el neumático delantero derecho reventó al golpear una roca afilada oculta bajo la arena del arcén, y el coche patinó, giró sobre su propio eje levantando una cortina de polvo rojizo, y quedó varado de costado contra el muro de piedra, con el motor humeando y un pitido de aviso resonando en el salpicadero.

—¡Fuera, ahora! —gritó Marco, ya desabrochando el cinturón de Caty con una mano mientras con la otra desenfundaba el arma que llevaba oculta bajo el asiento.

Salieron a rastras por la ventanilla del lado no aplastado contra la roca, el polvo aún suspendido en el aire, el corazón de Caty golpeándole las costillas con una violencia que le nublaba parcialmente la vista.

Los seis mercenarios avanzaban ya hacia ellos con la disciplina fría de quien ha hecho aquello muchas veces y no siente ninguna prisa por terminar mal un trabajo bien pagado.

Marco se interpuso entre ellos y Caty, con la mirada endurecida hasta el sílex, calculando ángulos que él mismo sabía insuficientes: eran seis, él estaba herido en el costado desde el choque, y Caty, detrás de él, apenas lograba mantenerse en pie.

Fue entonces cuando la arena, a unos metros de distancia, pareció simplemente vaciarse de un hombre.

No hubo aviso. No hubo sonido de pasos aproximándose sobre la grava. Un instante el desierto detrás de los mercenarios estaba vacío, y al siguiente había una figura entre ellos, y el baile —porque aquello, Caty lo comprendería después, era exactamente un baile— ya había empezado.

El primer mercenario, el más cercano, giró el fusil con un instinto entrenado, pero la mano del desconocido ya estaba sobre el cañón, desviándolo hacia el cielo un segundo antes de que el disparo se escapara, y el mismo movimiento continuó, sin pausa, en un codazo seco contra la sien que dejó al hombre desplomado antes de tocar el suelo.

El segundo, alertado por el fogonazo, se giró disparando a ciegas hacia donde había estado su compañero, pero el desconocido ya no estaba allí: una sombra baja, casi al ras de la arena, que reapareció a espaldas del tirador y le arrancó el arma de las manos con una torsión de muñeca que el propio Caty escuchó crujir desde la distancia, un chasquido húmedo que le revolvió el estómago.

El tercero y el cuarto avanzaron juntos, coordinados, intentando flanquearlo, pero el desconocido se movió entre ambos con una fluidez casi líquida, un antebrazo desviando un puñetazo mientras el otro codo se hundía en un plexo solar, y antes de que el cuarto hombre terminara de caer, el tercero ya volaba por los aires, lanzado con una fuerza que lo estrelló contra el capó abollado de su propio vehículo con un estruendo metálico.

El quinto logró disparar una ráfaga completa, y por un instante el corazón de Caty se detuvo por completo, convencida de que había alcanzado al desconocido de lleno.

Pero él ya no estaba en la trayectoria: se había desplazado, con una anticipación imposible, un paso a la izquierda exacto, y cerró la distancia en dos zancadas para desarmarlo con una llave que le dislocó el hombro con un grito ahogado.

El sexto, el que había dado las órdenes, retrocedió hacia su vehículo, buscando a tientas la radio, pero el desconocido llegó hasta él antes de que lograra pulsar el botón, y con un único golpe seco en la base del cuello lo dejó inconsciente sobre la arena.

Todo, de principio a fin, no duró más de quince segundos, aunque a Caty le pareció que el tiempo se había estirado hasta romperse.

Ninguno de los seis hombres estaba muerto: ella pudo verlo, al recorrerlos con la mirada, en el subir y bajar irregular de sus pechos, en los gemidos ahogados de dolor.

El desconocido se detuvo en el centro del círculo de cuerpos, respirando con una calma que desmentía por completo el esfuerzo físico que acababa de desplegar, y por un instante, brevísimo, sus ojos —de un azul cobalto tan intenso que parecía devorar la escasa luz del atardecer— se cruzaron con los de Marco.

Algo pasó entre ellos que Caty no supo nombrar del todo: un reconocimiento mudo, casi doloroso, como el de dos hombres que comparten un secreto que ninguno de los dos ha elegido llevar.

—Gracias —logró decir Marco, dando un paso adelante—. ¿Quién…?

Pero el hombre ya se había dado la vuelta, y para cuando Marco terminó la pregunta, la arena, de nuevo, estaba vacía.

Tardaron una hora larga en asegurar el segundo vehículo de los mercenarios —requisado sin miramientos, las llaves aún puestas en el contacto— y en atar con sus propios cinturones a los seis hombres inconscientes, dejándolos con agua suficiente a la sombra de la roca para que sobrevivieran hasta que alguien los encontrara.

Caty, todavía temblando, con las manos frías pese al calor residual del día, subió al asiento del copiloto del vehículo requisado y se abrazó las rodillas contra el pecho.

—¿Lo conoces? —preguntó, cuando por fin retomaron la marcha, con la voz aún quebrada.

—No —respondió Marco—. Nadie lo conoce, en realidad. Pero todos hemos oído hablar de él.

—Cuéntame.