CAPÍTULO 36
מַן דְּרָחֵם בְּנַחְתָּא, בְּקִיּוּמָא דִּי לֵית לֵהּ תְּבִיעָה, הוּא רְחִימוּתָא דְּבָסוֹפָא שָׁארָא.
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Hay hombres que aprenden a amar despacio, a fuerza de estar presentes cuando nadie más lo está. Ese amor, el que no exige, suele ser el que al final se queda.”
El zoco de antigüedades de Guiza, a media tarde, hervía de un calor espeso que hacía temblar el aire sobre los tenderetes de cobre y alfombras desteñidas.
Nazarí caminaba dos pasos por detrás de Heleni, con el porte discreto de un ayudante de comercio, mientras ella, envuelta en un manto ligero que le cubría el rostro, sostenía contra el pecho la caja de terciopelo púrpura que llevaría el resto de aquella mentira sobre sus hombros.
—El comprador se llama Farouk al-Rashid —le había dicho el contacto Shomrim la noche anterior, en la trastienda de su taller—.
Trabaja para un intermediario europeo con contactos en Viena.
No es de los nuestros, ni sabe lo que de verdad mueve.
Solo sabe que hay dinero fácil en fingir que ha encontrado algo grande.
El puesto de Al-Rashid, al fondo de una callejuela techada con lonas remendadas, olía a incienso rancio y a polvo de siglos.
El hombre, de bigote fino y manos inquietas, examinó la caja con una avaricia mal disimulada, girando el fragmento de aleación entre los dedos sin comprender absolutamente nada de lo que sostenía.
—¿Y usted garantiza que es auténtico? —preguntó, con la voz baja, mirando por encima del hombro hacia la calle.
—Yo no garantizo nada —respondió Heleni, con una frialdad comercial perfectamente entrenada—. Yo vendo. Lo que usted haga después con la pieza, y a quién se la revenda, ya no es asunto mío.
Fue en ese instante, mientras Al-Rashid contaba el dinero con dedos temblorosos, cuando un segundo hombre entró en el puesto sin avisar: un funcionario de aduanas local, atraído quizá por el rumor de una transacción sin papeles, con la mano ya apoyada en la funda de su arma reglamentaria.
—Documentación de la pieza —exigió, en un árabe cortante—. Ahora.
Nazarí se adelantó antes de que Heleni pudiera moverse, interponiéndose con una sonrisa desarmante y un fajo de billetes que deslizó, con una naturalidad que solo da la práctica, en el bolsillo del uniforme del funcionario.
—Una pieza sin importancia, agente. Un descuido administrativo que con gusto compensamos —dijo, con un tono tan cordial que el propio funcionario bajó la guardia sin darse cuenta—. No querría que un malentendido así le costara media hora de papeleo a un hombre tan ocupado como usted.
El funcionario, satisfecho, se marchó sin mirar atrás. Al-Rashid, pálido, terminó de pagar a toda prisa, ansioso por que ambos abandonaran su puesto antes de que ocurriera algo peor.
Ya en la calle, alejándose entre el bullicio del zoco, Heleni observó a Nazarí de reojo, con una atención nueva que no había sentido en semanas.
—No sabía que llevabas soborno preparado —dijo.
—Siempre llevo soborno preparado —respondió él, con una calma tranquila que no tenía nada del cálculo frío de El-baz ni de la urgencia constante de Braihm—.
He aprendido, con los años, que la mayoría de los problemas humanos se resuelven con paciencia y con dinero, en ese orden, y que la violencia solo hace falta cuando fallan las dos cosas anteriores.
Heleni no respondió, pero por primera vez desde Guiza, algo en su pecho, todavía dolorido, se aflojó levemente.
Los meses que siguieron a la entrega de la caja falsa transcurrieron con una lentitud deliberada que ninguno de los dos forzó.
Nazarí no le pidió nada. La acompañó de vuelta hacia el norte de Europa, se instaló cerca de Ilvëa sin insistir en entrar en su enclave, y se limitó a estar disponible, semana tras semana, para cualquier conversación que ella quisiera tener y para ninguna que no quisiera.
Se casaron dos años después, en una ceremonia sencilla bajo las raíces del árbol mayor de Ilvëa, con Ezra —que había viajado expresamente desde su enclave del Akakus, envejecido pero firme— oficiando con las mismas palabras que llevaba pronunciando desde antes de que existiera Roma.
Su hija, Ilana, nació décadas más tarde, ya bien entrada la segunda mitad del siglo, y Heleni, por primera vez en su larga vida, sintió que el tiempo dejaba de ser algo que sobrevivir para convertirse en algo que, simplemente, disfrutar.
Pero el matrimonio y la maternidad no apagaron a la guardiana. Heleni siguió activa como Shomrim durante las siguientes décadas, vigilando, junto a otros de los suyos repartidos por Europa, los accesos ocultos que la red mantenía bajo los Alpes y más allá.
Un atardecer de primavera, ya entrados los años sesenta, un joven geólogo aficionado, equipado con mapas topográficos y un entusiasmo peligroso, se acercó demasiado a una grieta rocosa que ningún senderista debía encontrar jamás, a apenas dos kilómetros de la entrada real de Ilvëa.
Heleni lo observó desde una distancia prudente, evaluando sus opciones con la misma frialdad táctica que había aprendido de El-baz sin proponérselo.
No lo asustó. No lo amenazó. Con una concentración mínima, apenas un cosquilleo de fuerza dirigida con precisión quirúrgica, desprendió un pequeño alud de piedras sueltas de la ladera superior, bloqueando el paso hacia la grieta con una naturalidad geológica perfecta, sin que ni una sola esquirla rozara al joven.
El geólogo, frustrado pero ileso, anotó el derrumbe en su cuaderno como un accidente natural más, y se marchó a buscar otro camino, sin saber jamás lo cerca que había estado de algo que habría cambiado el resto de su vida.
Heleni bajó de la ladera con el pulso apenas alterado, sintiendo, no por primera vez, la extraña satisfacción de un trabajo bien hecho que nadie en el mundo llegaría jamás a agradecerle.