El Libro Rojo CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

A la mañana siguiente del lago, mientras recogían el campamento, Heleni se llevó la mano a la garganta por costumbre, comprobando que un colgante que El-baz no le había visto quitarse jamás seguía en su sitio: un pequeño corazón tallado en resina endurecida, del color de la miel oscura, atravesado por una veta dorada que parecía moverse levemente con la luz de los líquenes.

—Nunca te he preguntado qué es eso —dijo El-baz, señalándolo con un gesto.

—Guarda savia sellada del árbol mayor de Ilvëa, la misma que corre por sus raíces desde antes de que yo naciera —respondió Heleni, dejando que él lo tomara entre los dedos un instante—.

Si alguna vez me pierdo, cualquiera de los míos que lo toque sabrá de qué enclave vengo con solo sentir su pulso.

Es lo mismo que tu ancla de hidrógeno, El-baz.

Un material distinto, la misma necesidad de no perderse del todo.

Él sonrió, con una calidez que ya no necesitaba disimularse, y le devolvió el colgante rozándole los dedos más tiempo del estrictamente necesario.

Los días que siguieron transformaron el resto del viaje.

Ya no navegaban en silencio contenido, sino en una cercanía física constante: la mano de Heleni sobre la suya en los tramos de superficie, las noches durmiendo con las mantas juntas en vez de separadas por un metro de piedra fría, las bromas bajas que solo ellos entendían.

Pero fue precisamente esa cercanía, y no el peligro del lago, lo que empezó a corroer a El-baz por dentro, noche tras noche, sin que ella lo notara todavía.

Se lo confesó a sí mismo una madrugada, mientras Heleni dormía junto al fuego apagándose: el miedo real no era una criatura del lago.

Era haber dejado que la misión, la disciplina, el cálculo frío que lo había mantenido con vida durante milenios, se relajara lo suficiente como para que una distracción pudiera costarle a ella la vida en el instante exacto en que más falta le hiciera tenerlo entero.

El miedo, entrenado durante siglos, volvió a hablarle con la voz vieja y persuasiva de la sabiduría.

Y él, esa madrugada, decidió escucharlo otra vez.

El derrumbe los sorprendió al filo de la cuarta semana, en un tramo que la ruta de Ezra marcaba como despejado.

El vehículo bala entró en la grieta a velocidad de crucero, y solo el reflejo de El-baz —el frenado brusco, el giro de emergencia— evitó que el impacto los matara a ambos contra el muro de rocas caídas.

Aun así, el morro quedó encajado entre dos bloques con un chirrido de metal que a Heleni le sonó como un grito.

—No sale —dijo El-baz, forzando la palanca de propulsión sin resultado, con el agua ya filtrándose por la junta delantera—. Tenemos que abandonarlo antes de que la presión termine de aplastarlo con nosotros dentro.

No hubo tiempo para lamentarlo. El-baz introdujo una secuencia en el panel de control, tocándolo con el pulso concreto que solo él podía emitir, y las luces internas del vehículo parpadearon en un patrón regular antes de apagarse.

—Lo he programado para que intente liberarse solo, con la marea de esta noche, y regrese al último punto de amarre conocido —explicó, ya desabrochándose el arnés—.

Si lo consigue, alguien de la red lo recuperará.

Si no, nadie más lo encontrará jamás en este laberinto.

De cualquier modo, no podemos esperar a verlo.

Sacaron las provisiones a toda prisa, metiendo cada objeto en bolsas de cuero encerado que sellaron con nudos rápidos y expertos, atándolas después a una mochila de arnés doble que se ajustaron al pecho y a la espalda para que nada tirara de ellos en la corriente.

Heleni sintió los dedos entumecidos por la premura, el corazón latiéndole con una mezcla de miedo real y una energía que no se permitió nombrar como excitación.

—Respira hondo tres veces, no dos —le dijo El-baz, comprobando el último nudo de su arnés con manos firmes, aunque su voz sonaba más tensa de lo habitual—. El tramo que viene es más largo que el del lago. Si te falta el aire a medio camino, no voy a poder pararme a esperar a que lo recuperes.

Nadaron contra una corriente que parecía empeñada en devolverlos al vehículo abandonado, atravesando un conducto tan estrecho en algunos puntos que Heleni sintió la roca rozarle los hombros por ambos lados a la vez.

Cuando el agua por fin cedió y pudieron alzar la cabeza, no fue a una cámara amplia, sino a un pasadizo semiinundado por el que tuvieron que caminar, doblados, con el agua a la cintura, durante lo que a Heleni le pareció una hora entera, cargando el peso mojado de las mochilas sobre hombros ya agotados.

Salieron, por fin, a una gruta seca de techo bajo, iluminada apenas por una única veta de cuarzo que corría por el centro de la bóveda como una cicatriz luminosa. El silencio, después del rugido constante del agua, resultó casi doloroso.

El-baz se sentó sobre una roca plana, cerró los ojos, y buscó el pulso de la red con una concentración que a Heleni, esta vez, no le pareció mística en absoluto: le pareció exactamente lo que era, un esfuerzo físico agotador, visible en la tensión de su mandíbula y en el sudor que le perlaba la sien pese al frío de la gruta.

—Idris —dijo, en voz alta, sin que hiciera falta ya ningún aparato—. Hemos perdido el vehículo en el derrumbe del tramo nueve. Necesitamos un punto de encuentro cerca de Guiza, y transporte de superficie para el último tramo.

Pasaron varios minutos de silencio absoluto, en los que Heleni observó cómo el rostro de El-baz se afilaba en un gesto de escucha profunda, hasta que él, por fin, asintió para sí mismo.

—Hay un pozo de riego abandonado a las afueras de Guiza, en tierras de un agricultor de confianza —dijo, abriendo los ojos—. Hierba seca, un cobertizo de adobe medio caído, y bajo la tercera piedra del brocal, una llave. Dos días de marcha desde aquí, si no volvemos a perder tiempo.

Fue en la segunda de esas dos noches, acampados sin fuego para no delatar su posición tan cerca ya de la ciudad, cuando la tensión que El-baz llevaba arrastrando desde el derrumbe estalló por fin en palabras.

—Llevas dos días hablándome como si yo fuera un mapa que consultar, no una persona —dijo Heleni, harta ya de su silencio calculado—. Dime qué he hecho.

—No has hecho nada —respondió él, sin mirarla, con la voz más dura de lo que pretendía—.

He sido yo quien ha estado a punto de matarnos a los dos por no ver el derrumbe un segundo antes.

Iba distraído, Heleni. Distraído contigo, con tu mano en la mía, con lo fácil que se ha vuelto todo estos días.

Y ese segundo de distracción ha estado a punto de costarte la vida.

—No fue tu culpa. Ni una grieta que Ezra no había marcado, ni…

—¡Da igual de quién fue la culpa! —la interrumpió él, con una vehemencia que Heleni no le había oído nunca, y que se apagó casi tan rápido como había estallado—.

Da igual, porque el resultado habría sido el mismo.

Llevo milenios entrenándome para no fallar, Heleni, y en menos de un mes contigo he estado a punto de fallar dos veces.

No puedo permitírmelo. No puedo permitirme que tú seas el motivo por el que algún día sí falle del todo.

—Entonces prefieres perderme despacio, apartándome poco a poco, a arriesgarte a perderme de una vez por un error —dijo Heleni, con la voz quebrada por primera vez desde Djerba—. Eso no es sabiduría, El-baz. Es cobardía con un nombre más bonito.

Él no respondió. Se quedó mirando la oscuridad más allá del campamento, con los puños cerrados sobre las rodillas, y Heleni comprendió, con una claridad que le dolió más que cualquier grito, que no iba a ganar aquella discusión con palabras, porque el miedo de El-baz no respondía a la razón.

Respondía a algo mucho más viejo que ella, algo que ni siquiera él mismo entendía del todo.

En Guiza, la treta se ejecutó con precisión quirúrgica, aunque Heleni la vivió con una distancia extraña, como si observara sus propias manos ejecutar cada paso desde muy lejos.

Un contacto Shomrim, comerciante de antigüedades desde hacía tres generaciones de tapadera, filtró de forma controlada el rumor de una pieza recién descubierta: una caja de terciopelo púrpura, similar en todo a la original, que contenía en su interior no el manuscrito, sino un fragmento de aleación imposible de datar con la tecnología de 1927, suficiente para mantener ocupados, durante semanas, a los agentes de un barón desesperado por creer que la fortuna aún podía sonreírle.

Fue durante los últimos preparativos cuando El-baz tomó la decisión que terminó de romper lo que el derrumbe ya había agrietado.

—Necesito que completes tú la última parte del engaño, con Nazarí —le dijo, la noche antes de la entrega final, sin mirarla a los ojos—. Yo cubriré la salida por si algo sale mal. Es más seguro así.

—¿Más seguro para quién? —preguntó Heleni, ya sin fuerzas para fingir frialdad.

—Para los dos —respondió él, y por primera vez desde el derrumbe, la miró de frente—. No soy capaz de mantenerme entero cerca de ti, Heleni. Lo he intentado. Prefiero fallarte a distancia que fallarte estando cerca.

—Entonces ya has decidido que vas a fallarme de todos modos —dijo ella, con una calma helada que asustaba más que cualquier grito—. Solo estás eligiendo cómo.

Se marchó hacia el punto de encuentro con Nazarí sin darle ocasión de responder, y El-baz no la siguió, aunque cada fibra entrenada de su cuerpo le exigía hacerlo.

Lo que El-baz nunca le confesó aquella noche, ni en ninguna de las que le siguieron durante el resto de aquel siglo, fue que renunciar a acompañarla de cerca no significó jamás dejar de vigilarla desde lejos.

La siguió, con la distancia exacta de un guardián que ha decidido protegerse a sí mismo protegiéndola, durante décadas que se contarían en generaciones humanas enteras.

Estuvo presente, sin que ella lo supiera, en momentos que no le correspondía presenciar.

Y estuvo presente, incapaz de mantenerse apartado por más tiempo, el día en que la vida de Heleni corrió verdadero peligro por última vez.

Ese día, décadas después de Guiza, El-baz rompería con violencia todo lo que había jurado sobre la contención, sobre la disciplina, sobre el cálculo frío que lo había mantenido con vida durante milenios.

Se dejaría muchas cosas por el camino en el intento de salvarla.

Y cuando, pese a todo, no lo consiguiera, ese fracaso —no el amor, no la distancia, sino el fracaso final de haber llegado tarde una sola vez, después de siglos enteros de no fallar nunca— sería lo que lo quebraría por completo.

Durante las décadas siguientes, quienes cruzaran su camino solo alcanzarían a verlo en fogonazos: un hombre que cargaba solo con un castigo que nadie más le había impuesto, convencido, contra toda razón, de que la distancia que había elegido en Guiza no había sido protección, sino el primer paso de una condena que él mismo se había dictado.