El Libro Rojo CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: No todo lo que las aguas guardan ha aceptado ser guardado. Algunas cosas, simplemente, se dejaron olvidar ahí abajo, y no perdonan a quien las obliga a recordar que siguen vivas.

No todos los tramos del sistema hídrico estaban domesticados.

El-baz se lo advirtió a Heleni la tarde en que, dos días después de abandonar el Remanso, el vehículo bala emergió en un lago de proporciones colosales, tan extenso que la luz de los líquenes más lejanos apenas alcanzaba a insinuar la otra orilla.

—Esto no es un enclave —dijo, deteniendo la marcha sobre la superficie del agua, con el motor en reposo—.

Es solo un cauce que enlazamos hace mucho, para que la red respirara mejor.

Nadie vive aquí. Nadie lo ha domesticado.

Lo que crece o nada en estas aguas lleva haciéndolo desde mucho antes de que existiéramos nosotros mismos para darle nombre.

Heleni contempló la extensión oscura, sintiendo un respeto distinto al que le inspiraban los enclaves habitados: no el asombro cálido de una comunidad viva, sino el vértigo antiguo de un lugar que no reconocía autoridad alguna sobre sí mismo.

El agua, aquí, no tenía el brillo manso de los canales trabajados; era negra, densa, quieta con la quietud engañosa de algo que sabe esperar.

—¿Es peligroso? —preguntó.

—Solo si olvidamos que no nos pertenece —respondió El-baz—. Pararemos en la orilla sur a descansar. No hay motivo para inquietarse si no despertamos nada que prefiera seguir dormido.

El campamento, aquella noche, se instaló sobre una lengua de roca plana que se adentraba varios metros en el agua, resguardada por un saliente natural que rompía el viento subterráneo.

El-baz encendió el fuego con el ancla de hidrógeno de su muñeca, y compartieron, sentados sobre las mantas extendidas, los últimos higos secos que quedaban de las provisiones del Remanso junto con pescado seco que Tamar les había insistido en llevar.

El aire olía a piedra húmeda y a la resina tenue del fuego, y por primera vez en días, la conversación se demoró en cosas pequeñas: el sabor distinto del agua de aquel tramo, más mineral que la del Remanso; una anécdota de Heleni sobre un invierno especialmente crudo en Ilvëa, cuando la savia de los árboles mayores tardó semanas en volver a fluir.

Terminada la cena, Heleni se acercó al borde del agua para lavarse el rostro, arrodillada sobre la piedra húmeda, con las mangas remangadas hasta el codo.

El-baz, a unos pasos, guardaba las provisiones sobrantes en la mochila, de espaldas al lago, sin ninguna alarma en el cuerpo.

No había motivo para tenerla. La superficie llevaba horas perfectamente quieta.

Fue esa misma quietud, rota sin previo aviso, lo que lo hizo girarse una fracción de segundo demasiado tarde.

No fue un chapoteo. Fue un desplazamiento de agua tan brusco que la onda golpeó a Heleni en el pecho antes de que su mente terminara de procesar lo que estaba viendo: una criatura de proporciones imposibles, de piel oscura y coriácea, cubierta de placas óseas superpuestas como una armadura viva, con una mandíbula desproporcionada erizada de dientes curvos hacia dentro, emergiendo del agua con una velocidad que ningún depredador de la superficie podría haber igualado jamás.

Tenía el tamaño de tres hombres tendidos, y sus ojos, hundidos bajo crestas de hueso, carecían por completo de pupila visible, adaptados a una oscuridad que llevaba viviendo desde mucho antes de que existiera una sola palabra humana para nombrarla.

—¡Atrás! —gritó El-baz, ya en movimiento, interponiéndose entre Heleni y la bestia con una fluidez que no dejaba espacio para el pánico.

La criatura cerró las fauces sobre el punto exacto donde Heleni había estado un instante antes, arrancando una esquirla entera de la roca con la fuerza del mordisco, el chasquido resonando contra las paredes de la caverna como un disparo.

Heleni cayó hacia atrás, resbalando sobre la piedra mojada, con el corazón golpeándole las costillas y el instinto de huida peleando contra la incredulidad absoluta de lo que tenía delante.

El-baz, sin retroceder, clavó los dedos en una de las hendiduras branquiales del animal, desviando su siguiente embestida con una torsión que hizo crujir el agua entera a su alrededor.

Sus pupilas se habían contraído en el azul cobalto de su cálculo más frío, midiendo ángulos, midiendo fuerza, midiendo el tiempo exacto que le quedaba antes de que aquella mandíbula encontrara carne.

—¡El cuchillo, en mi cinto! —gritó, sosteniendo a duras penas la cabeza de la criatura fuera del agua, con los tendones del brazo marcados bajo la piel por el esfuerzo—. ¡Detrás de la aleta dorsal, donde la piel se ablanda!

Heleni no dudó. Se lanzó hacia el cinto de El-baz, arrancó la hoja curva, y trepó por el costado resbaladizo de la bestia con una torpeza que el miedo no le permitió disimular.

Localizó el punto exacto que él le había señalado, una franja de piel más pálida y fina detrás de la aleta, y con una precisión que su propio terror no le permitía del todo entender, hundió la hoja hasta la empuñadura.

La criatura se sacudió con un rugido gutural que hizo temblar el propio lecho de roca, y en un último y desesperado latigazo de su cola, golpeó a El-baz de lleno en el costado, lanzándolo contra la pared de la caverna con un crujido húmedo que a Heleni le detuvo el corazón entero.

—¡El-baz!

El animal, herido de muerte, se hundió en un remolino de sangre oscura que tiñó el agua negra en círculos concéntricos, desapareciendo hacia las profundidades de las que había emergido.

Heleni no esperó a comprobar si volvería.

Corrió hacia El-baz, que yacía medio sumergido contra la roca, con una mano presionándose las costillas y una mueca de dolor que era la primera expresión de vulnerabilidad física que ella le había visto jamás.

—Estoy bien —dijo él, con la voz cortada por el esfuerzo de respirar—. Un par de costillas. Se soldarán en un día, quizá dos.

—No pareces bien —respondió Heleni, arrodillándose junto a él, con las manos todavía temblando por la descarga de adrenalina—. Me has apartado del camino de esa cosa sin pensarlo ni un segundo.

—No tuve que pensarlo —dijo El-baz, dejando que ella lo ayudara a incorporarse, con una franqueza que le costaba más que el propio dolor de las costillas—. Eso, Heleni, debería preocuparte más que tranquilizarte.