El Libro Rojo CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

—En Ilvëa dicen que quien ha visto caer más lunas manda menos y escucha más —dijo Heleni, al cabo de un rato, ya de vuelta en el río, con el Remanso perdiéndose tras la última curva de la corriente—.

Aquí parece regir la misma norma, aunque vestida de río en vez de savia.

Lo que no termino de situar es el peso de cada don.

En mi enclave, los que curan mandan más que los que vigilan, porque la savia enferma antes de que la corteza se rompa.

¿Aquí también es así, o el agua reparte el respeto de otra manera?

—Aquí manda más quien lee la corriente antes de que se convierta en inundación —respondió El-baz—.

Los que curan son escuchados, pero los primeros en hablar cuando algo va mal son los que llevan más siglos sintiendo el pulso del cauce entero.

Cada enclave termina obedeciendo a lo que más falta le hace temer.

—¿Y las habilidades? Nunca he visto a dos de los vuestros con el mismo color en los ojos.

—Porque no hay dos iguales —dijo El-baz—.

Cada uno recibe un don, no todos el mismo, y dentro de ese don, cada uno alcanza un nivel distinto de maestría, igual que dos músicos humanos nunca tocan exactamente igual el mismo instrumento.

No hay jerarquía impuesta por eso. Hay, simplemente, quien ha vivido más tiempo perfeccionando lo que le tocó, y quien todavía está aprendiendo a sostenerlo sin que le cueste la vida.

—Suena ordenado —dijo Heleni, con una media sonrisa—. Casi demasiado ordenado para no ser aburrido.

—No es aburrido —respondió El-baz, y por primera vez esa noche, un brillo genuino de humor le cruzó el rostro—.

Es, simplemente, lo que ocurre cuando nadie compite por el sitio del otro.

El orden no nace de la obediencia, Heleni.

Nace de que a nadie le sobra tiempo para la envidia cuando tiene siglos enteros por delante para hacer bien lo suyo.

En la segunda semana, el río se abrió en un lago templado, alimentado por una fuente termal que brotaba directamente del lecho, y El-baz decidió que necesitaban descansar allí un día entero antes de continuar.

Heleni, con la piel todavía cubierta del polvo y la sal acumulados durante semanas de huida, se despojó del manto sin pudor y se sumergió hasta los hombros en el agua humeante, dejando escapar un suspiro que sonó más a alivio que a placer.

—Ven —dijo, al ver que El-baz se mantenía apartado, ocupado en una tarea que no requería tanta atención como él le dedicaba—. El agua es lo bastante grande para los dos, y llevas semanas sin descansar el cuerpo tanto como descansas la vigilancia.

Él dudó, un instante que a Heleni le pareció más largo de lo que debería haber sido para una pregunta tan sencilla, y finalmente se despojó de la túnica exterior y entró en el agua, manteniendo una distancia que ninguno de los dos mencionó en voz alta.

El vapor difuminaba los contornos de la caverna, y en esa luz suavizada, Heleni se permitió mirarlo sin la urgencia táctica con que había medido cada gesto de cada hombre desde su cautiverio en Djerba.

Vio, por primera vez, no al guardián inquebrantable que había roto un cerco militar con dos frases y una decisión, sino a un hombre —o lo que en él quedaba de la forma de un hombre— cansado de una manera que no tenía nada que ver con el cuerpo.

—¿Por qué te apartas siempre, El-baz? —preguntó, sin rodeos—. No de la batalla. De esto. De mí.

Él tardó en responder, con la vista fija en el reflejo tembloroso del agua.

—Porque he visto a hombres más sabios que yo confundir la gratitud con otra cosa, después de una huida como la tuya —dijo—.

Y porque si me acerco más, Heleni, no sé si voy a poder recordarte después que esto que sientes ahora, entre el miedo que se disipa y el calor de un agua que no has tenido en semanas, no siempre significa lo que el cuerpo insiste en que significa.

—¿Y si no fuera solo eso? —preguntó ella, acercándose un paso, sin que el agua entre ambos terminara de cerrar la distancia.

—Entonces sería aún más importante que uno de los dos conserve la cabeza fría —respondió El-baz, y aunque su voz no tembló, Heleni vio, con la misma claridad con que leía las vetas de cuarzo en la roca, que la firmeza le costaba mucho más de lo que él estaba dispuesto a admitir.

Ninguno de los dos avanzó aquel paso final. El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, cargado de todo lo que ambos habían decidido, sin decírselo en voz alta, dejar sin resolver.

Más tarde, ya vestidos, secándose junto al fuego, Heleni señaló un pequeño objeto que El-baz llevaba siempre sujeto a la muñeca con una tira de cuero: un disco metálico oscuro, del tamaño de una moneda grande, sin marca ni grabado visible.

—¿Qué es eso?

—Un ancla —respondió El-baz, desatándolo un momento para mostrárselo—. Contiene, en su interior, una aleación capaz de retener y liberar hidrógeno bajo demanda. Alimenta un pequeño fuelle que llevo en la mochila, para encender fuego incluso con la leña húmeda de estas cavernas.

Heleni sostuvo el disco entre los dedos, sintiendo su peso extraño, desproporcionado para su tamaño, y por un instante la vida entera que llevaba por delante —los siglos, las Ciudades Madre, aquel hombre que se contenía con cada fibra de su ser— le pareció, en lugar de abrumadora, extrañamente habitable.