El Libro Rojo CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

Fue cruzando uno de los puentes menores, apartado de las galerías principales, cuando Heleni reparó en una anciana sentada a la sombra de un saliente de roca, tejiendo con una lentitud que no tenía nada de Kenotim: los dedos torpes, la espalda encorvada por un peso que ningún guardián cargaría jamás, los ojos de un color humano, sin rastro alguno de halo.

Nadie a su alrededor la trataba con extrañeza; una niña le dejó un cuenco de fruta junto a los pies sin decir palabra, con la misma naturalidad con que se atiende a cualquier vecina.

Heleni buscó la mirada de El-baz, una pregunta muda que él captó al instante.

Él le sostuvo la mirada un segundo, sin negar nada y sin confirmar nada tampoco, y siguió caminando. Heleni no insistió, pero no lo olvidó.

En el centro del enclave, bajo una cúpula de roca especialmente pulida, una superficie de cuarzo veteado ocupaba toda una pared, tan alta como tres hombres.

Un joven se acercó, apoyó la palma abierta contra la piedra durante un instante, y la superficie entera se iluminó desde su interior, proyectando en el aire, sobre la propia roca, una imagen tridimensional del mapa de corrientes subterráneas que recorría toda la región, con puntos de luz parpadeante señalando qué tramos estaban actualmente crecidos por las lluvias de la superficie.

—Se parece a lo vuestro, más de lo que crees —dijo El-baz, al ver la atención con que Heleni seguía las luces—.

En Ilvëa, el hongo que se enreda entre las raíces de los árboles mayores conduce señales de un tronco a otro, química y eléctrica a la vez, para avisar de una plaga o repartir savia hacia donde hace falta.

Aquí hacemos lo mismo con el cuarzo en vez de con el micelio: una red conductora, solo que mineral en lugar de viva, tallada para leer el pulso de quien la toca y devolverle solo la información que le corresponde. Distinto material. Misma idea.

—¿Y quién decide qué información me corresponde ver a mí? —preguntó Heleni, sin apartar la vista de las luces suspendidas en el aire.

—Nadie decide. La piedra reconoce tu naturaleza, no tu rango —respondió El-baz—. Aquí no existe un secreto que un guardián pueda esconder de otro guardián, solo información que a cada uno le urge distinto según la tarea que tiene entre manos.

La comida, cada atardecer, se servía en largas mesas comunales bajo un cenador de vides, y Heleni descubrió que nadie cobraba nada por ella, ni tampoco por las herramientas, las telas o las medicinas que se intercambiaban en un pequeño mercado cubierto cerca del muelle.

Los puestos, atendidos por voluntarios que rotaban semana a semana, no llevaban ni precios ni cuentas.

—En Ilvëa lo organizamos casi igual, pero con la madera y la savia en vez de con el agua —dijo Heleni, observando a un hombre entregar dos cestas enteras de higos sin recibir nada a cambio, ni siquiera un gesto que pareciera una transacción—.

Lo que no termino de acostumbrarme es a veros medir la abundancia en corrientes y presión, en vez de en anillos de crecimiento.

—Es la misma raíz, distinta corteza —respondió la mujer de las trenzas plateadas, que se llamaba Tamar y que había insistido en acompañarlas aquella tarde—.

Aquí medimos por el río porque el río es lo que tenemos más cerca, igual que vosotros medís por los anillos del árbol.

Pero el fondo es idéntico: el que cultiva, cultiva porque sabe cultivar mejor que nadie, y porque alimentar a los demás le devuelve un sentido que ningún pago podría igualar.

Nadie de aquí trabaja para sobrevivir, Heleni, igual que nadie en Ilvëa lo hace.

Trabajamos porque hemos elegido en qué convertirnos.

—Eso suena a un sueño imposible en la superficie —dijo Heleni.

—Lo es, arriba —respondió Tamar, sin ninguna condescendencia en la voz—.

Porque arriba la escasez es real, y el miedo a la escasez vuelve mezquino incluso al hombre más generoso.

Aquí abajo resolvimos la escasez hace mucho tiempo.

Lo que queda, una vez resuelta el hambre, es simplemente amabilidad sin cálculo.

Aquella misma noche, en la mesa larga bajo el cenador de vides, la conversación derivó hacia Heleni con la misma naturalidad hospitalaria con que se había servido el pan.

Un hombre mayor, de barba entrecana y manos deformadas por décadas de trabajo con la piedra, le preguntó de dónde venía, no con la curiosidad suspicaz de un interrogatorio, sino con el interés genuino de quien lleva mucho tiempo sin escuchar una historia nueva.

—El Remanso vive del agua —explicó Tamar, viendo la duda en el rostro de Heleni—.

Cada enclave se asienta sobre lo que la tierra le ofrece con más generosidad en ese punto exacto, y con el tiempo, termina pareciéndose a ello.

Nosotros nos parecemos al río: siempre en movimiento, siempre conectados a otros lugares por la misma corriente. ¿A qué se parece tu gente, Heleni?

—A los árboles —respondió ella, y notó, mientras lo decía, que la nostalgia le pesaba en la voz más de lo que había anticipado—.

Mi enclave se llama Ilvëa. Queda muy lejos de aquí, bajo las raíces de los Alpes, cerca de Basilea.

Nunca había puesto un pie en esta parte del mundo antes de esta huida, ni conocía este río hasta hace unos días.

Está tallado entre las raíces de un bosque tan antiguo que sus troncos, en la superficie, tienen el grosor de una casa entera.

Vivimos en galerías que suben con las propias raíces hacia la luz, en vez de excavar hacia abajo como aquí.

Hay puentes de madera viva, no de piedra, que crecen un poco cada año sin que nadie los tenga que reparar.

—He oído hablar de Ilvëa —dijo el hombre de la barba entrecana, inclinándose hacia adelante con un interés renovado—. Conocí, hace mucho, a uno de los guardianes de vuestras raíces mayores. Un hombre de risa fácil, que hablaba con los pájaros como si fueran mensajeros y no simples aves.

—Orén —dijo Heleni, con una sonrisa que le brotó antes de que pudiera contenerla—. Sigue vivo. Sigue riendo igual.

El descubrimiento del conocido común desató, durante el resto de la cena, un intercambio de anécdotas que Heleni no había compartido con nadie desde su cautiverio: la primera vez que había trepado sola hasta la copa del árbol mayor de Ilvëa, la ceremonia con que su gente recibía a los recién nacidos bajo la primera luz del amanecer filtrada entre las hojas, el modo en que los suyos cantaban, no bailaban, para expresar la alegría, algo que a los del Remanso les pareció tan extraño como a Heleni le había parecido, días atrás, su propia danza circular junto al fuego.

El-baz la observaba desde el otro extremo de la mesa, en un silencio que Heleni interpretó, sin necesidad de preguntarle, como la misma ternura contenida que llevaba semanas viéndole reprimir en cada gesto.

Por primera vez desde Djerba, hablando de su hogar entre extraños que resultaron no serlo tanto, Heleni sintió que la distancia entre lo que había perdido y lo que estaba, poco a poco, empezando a encontrar de nuevo, se hacía un poco más pequeña.

Por las galerías de transporte, pequeñas plataformas de piedra se deslizaban sobre canales de agua a presión controlada —el mismo principio de vasos comunicantes que ya había expulsado a El-baz, Braihm y Heleni hacia la superficie del primer enclave—, llevando cargas de mineral, cosechas o simples viajeros de una terraza a otra sin más esfuerzo que subirse y esperar.

Los suelos de las galerías principales, pulidos hasta un brillo casi líquido, se mantenían limpios sin que Heleni viera jamás a nadie barrer: una fina película de agua mineralizada corría, apenas perceptible, por canalillos tallados en los bordes de cada sendero, arrastrando el polvo hacia sumideros que lo devolvían, filtrado, al ciclo de riego de las terrazas.

—Nada se desperdicia, porque nada se tira —dijo El-baz, una noche, mientras paseaban junto al lago interior, con la piel de ambos todavía tibia por la cena compartida—. El polvo de los suelos alimenta las plantas. El agua de las plantas vuelve a los canales. Los canales alimentan el transporte.

—En Ilvëa la savia hace lo mismo, solo que en madera —respondió Heleni—. Lo que cae del árbol vuelve a su raíz. Nunca lo había visto hecho con piedra y agua, pero el principio es tan viejo como el que me enseñaron de niña.

Heleni caminaba a su lado, sintiendo, por primera vez desde Djerba, que empezaba a pertenecer a algo, aunque aquel río, aquellas terrazas y aquellos rostros le siguieran siendo, en todo lo demás, tan ajenos como lo habría sido cualquier ciudad humana.

No era el lugar lo que la desarmaba —eso seguía siendo nuevo, extraño, distinto en cada detalle a las raíces de Ilvëa—; era la certeza de ser reconocida, sin necesidad de explicarse, por gente que jamás había visto antes, solo porque compartían la misma sangre de la Vigilia.

Eso, y la certeza cada vez más difícil de negar de que aquel hombre que caminaba a su lado, con las manos cuidadosamente quietas para no rozar las suyas, formaba parte de esa misma arquitectura de generosidad sin cálculo, y que ella, sin saber muy bien cuándo había ocurrido, ya no quería estar en ningún otro lugar del mundo que no fuera ese, junto a él.

—Tendríamos que seguir mañana —dijo El-baz, sin mirarla, con la voz más baja de lo habitual.

—Lo sé —respondió Heleni—. Pero esta noche, todavía no.