CAPÍTULO 33
La noche antes de separarse, Ezra reunió a los tres junto al fuego de la galería principal.
No desplegó ningún mapa: apoyó la palma abierta sobre una losa de piedra pulida, y bajo su contacto, una red de finísimas líneas doradas —la misma resonancia mineral que activaba el manuscrito— ascendió a la superficie de la roca, trazando un recorrido de ríos y cavernas que se mantuvo visible, nítido, durante el tiempo exacto que tardó Braihm en memorizarlo.
—El manuscrito no puede quedarse en un enclave menor como este —explicó Ezra, sin apartar la mano de la piedra—.
El pigmento que lo hace legible responde al campo bioelectromagnético de la propia Tierra, no solo al nuestro.
Y ese campo se desplaza, Braihm. Se degrada, se reordena, migra kilómetros cada año sin que ningún hombre de la superficie lo perciba todavía.
Un enclave como este puede sostener su propia resonancia local durante siglos, pero no puede recalibrar el manuscrito contra la deriva del campo entero del planeta.
Solo una Ciudad Madre, con milenios de anclaje estable, puede hacer eso.
—¿Y si no lo recalibramos? —preguntó Braihm.
—Entonces, dentro de dos, tres siglos, el manuscrito se volverá ilegible incluso para nosotros —respondió El-baz, tomando la palabra—.
No perdido. Solo mudo. Como una carta escrita con una tinta que ya no reacciona a la luz que antes la revelaba.
Por eso va contigo, y no se queda aquí a esperar que el tiempo decida por nosotros.
Braihm partió al amanecer del tercer día, con el manuscrito envuelto en su funda de cuero encerado y sujeto contra el pecho con las mismas correas con que una vez había cargado el cuerpo de Pietro.
—Vas a salir por el Gobi —le dijo Ezra, la tarde anterior, en la galería de los telares, mientras Braihm revisaba por tercera vez las correas que sujetarían el manuscrito durante meses de camino—.
Desde allí, la Ciudad Madre que debe recibirte queda todavía a semanas de marcha por la superficie, más allá de las estepas, hacia el este.
Yo mismo crucé ese mismo desierto hace más de dos siglos, cuando llevaba un encargo mucho más liviano que el tuyo.
Conocí, en Karakórum, a un guardián que tomó un nombre humano por conveniencia, mucho antes de que ese mismo nombre se hiciera famoso por otras razones.
Si tienes suerte, sus descendientes espirituales seguirán allí, y te reconocerán por la forma en que caminas, no por ninguna palabra que puedas ofrecerles.
Braihm escuchó en silencio, absorbiendo cada nombre, cada lugar, con la misma disciplina con que memorizaba rutas de escape.
—¿Y si no los encuentro?
—Entonces seguirás solo, como llevas haciendo desde que partiste de Sabha —respondió Ezra, sin suavizar la respuesta—.
No te envío con la promesa de que el camino será fácil, Braihm.
Te envío porque ninguno de los que vivimos aquí duda, ni por un instante, de que eres capaz de completarlo.
Esa confianza no es un regalo. Es lo que has ganado en cada jornada de este último año.
Ezra le había trazado la ruta más directa que existía hacia el Gobi: un descenso continuo por el sistema de ríos, sin desvíos, que lo llevaría en poco más de una semana hasta el punto de salida a la superficie.
Desde ahí, sin embargo, empezaría lo más duro del viaje: semanas de estepa abierta hasta Karakórum, y después, más allá, meses de marcha hasta la Ciudad Madre que debía recibirlo.
—Cuida el manuscrito con tu vida, no con tu orgullo —le dijo El-baz, abrazándolo con una firmeza poco habitual en él—.
Y confía en los que te reciban allí abajo, aunque su aspecto te desconcierte.
Son más viejos que yo, y han merecido esa confianza durante más tiempo del que tú y yo llevamos respirando juntos.
Braihm asintió, con una mezcla de orgullo y desazón por separarse del único maestro que había conocido, y desapareció por un pasadizo lateral que descendía en un ángulo mucho más pronunciado que el que habían usado para entrar.
El camino que quedó para El-baz y Heleni era distinto: más largo, más sinuoso, trazado siglos atrás para conectar los enclaves menores entre sí sin necesidad de salir jamás a la superficie.
Ezra se lo describió como una cadena de ríos y mares subterráneos, alimentados por el mismo sistema de presiones que había expulsado a los tres guardianes hacia el enclave semanas atrás, navegable para quien conociera sus corrientes y sus horas —y para quien contara, como ellos, con un vehículo capaz de aprovecharla.
—Semanas, no días —advirtió Ezra, mirando a Heleni con una preocupación que no intentó disimular—. ¿Estás segura de que quieres hacer este tramo con él y no con Braihm?
—Estoy segura —respondió Heleni, sin mirar a El-baz, que fingía revisar las provisiones a pocos pasos de distancia con una concentración excesiva para la tarea.
El vehículo que Ezra les entregó era el mismo tipo de cápsula bala de metal oscuro y sin brillo que recorrería después, meses más tarde, la ruta hacia Guiza: silenciosa, sin hélices ni piezas visibles en movimiento, propulsada por un campo electromagnético que el propio casco generaba al entrar en contacto con el agua, aumentando su conductividad natural lo suficiente como para desplazarla sin necesidad de remo ni motor de combustión.
Podía deslizarse bajo la superficie del río durante horas sin gastar apenas su reserva de hidrógeno, o emerger y circular expuesta cuando el cauce se abría en salones demasiado amplios para la inmersión.
Navegaron la primera semana sumergidos bajo la corriente, iluminados por vetas de cuarzo fosforescente incrustadas en la roca que Heleni, con el tiempo, aprendió a leer casi como El-baz: más densas donde el techo se estrechaba, más dispersas donde la caverna se abría en salones que su vista no lograba abarcar del todo.
Compartían el silencio con una naturalidad que a Heleni le sorprendió desde la primera noche.
No era el silencio tenso de dos desconocidos obligados a convivir, sino algo más parecido al silencio de dos personas que llevaban toda la vida escuchándose sin necesidad de palabras, aunque solo llevaran semanas de conocerse en el mundo de arriba.
—Nunca me has contado cuántos años tienes —dijo ella, una noche, mientras el fuego pequeño que El-baz había encendido con el ancla de hidrógeno que llevaba en la muñeca proyectaba sombras alargadas sobre la bóveda de roca.
—Más de los que tú podrías contar sin cansarte —respondió él, con media sonrisa—. He dejado de contarlos yo mismo hace mucho.
—¿Y no te pesa? Tanto tiempo.
—Pesa menos cuando tienes algo por lo que seguir contando los días —dijo El-baz, y apartó la vista al fuego un segundo antes de lo que habría sido natural, un acto reflejo, la mano que se aparta sola de algo que quema.
Heleni no insistió, pero guardó esa frase en algún rincón, con el mismo cuidado con que se guarda una piedra pulida en el bolsillo, para volver a ella más tarde.
Al cuarto día de navegación, el río se remansó junto a un muelle de piedra pulida, y El-baz anunció que allí harían un alto de varios días: un enclave mayor que el de Ezra, llamado por sus habitantes simplemente “el Remanso”, donde vivían cerca de dos centenares de Kenotim repartidos entre galerías de cultivo, talleres y viviendas talladas en terrazas concéntricas alrededor de un lago interior tan extenso que su otra orilla se perdía en la bruma dorada de los líquenes.
—Necesitamos provisiones que no llevábamos previstas, y tú necesitas días sin nadar contra una corriente, Heleni —dijo El-baz, asegurando el vehículo contra el muelle con un anclaje magnético—. Aquí nadie preguntará por qué.
Los recibió una mujer de mediana estatura, cabello plateado recogido en trenzas apretadas, envuelta en una tela suelta de un gris azulado que caía en pliegues fluidos hasta los tobillos, como si la propia prenda hubiera aprendido su movimiento del agua que corría a pocos metros.
Se inclinó levemente ante El-baz —un gesto de la cabeza, nunca una reverencia completa, como si el respeto entre iguales no necesitara humillarse para expresarse— y le rozó el antebrazo con dos dedos, el saludo que Heleni ya había visto entre los Kenotim del enclave de Ezra: contacto breve, deliberado, una forma de leer el pulso del otro en el mismo instante de recibirlo.
—El-baz. Hace décadas que no cruzabas por aquí —dijo la mujer, y luego, volviéndose hacia Heleni con la misma calidez exacta, sin distinguir entre la antigüedad de uno y la novedad de la otra—: Y tú eres bienvenida, sea cual sea la razón que te trae.
Aquí no se pregunta el pasado de nadie antes de ofrecerle la mesa.
Los días siguientes le devolvieron a Heleni algo que llevaba meses sin sentir: la textura exacta de una vida Kenotim, la misma que había conocido en Ilvëa desde niña, aunque vestida aquí con una piel completamente distinta.
No era la quietud aséptica de un templo, sino movimiento constante, igual que en su propio enclave: gente cruzando los puentes de piedra tallada con cestas de fruta recién cortada, niños corriendo entre las terrazas de cultivo bajo la mirada distraída pero atenta de adultos que no eran necesariamente sus padres, ancianos enseñando a tallar herramientas a jóvenes que apenas parecían mayores que Braihm.
Lo reconocía todo, y precisamente por reconocerlo, lo que de verdad la fascinaba era cuánto cambiaba la forma sin que cambiara jamás el fondo.