CAPÍTULO 32
Desierto libio, camino al Akakus — Actualidad
El furgón de reparto los dejó al amparo de un cortavientos de piedra seca, a las afueras de un pueblo cuyo nombre Caty ni siquiera llegó a preguntar, y se alejó de vuelta hacia Trípoli sin que el sobrino de Idris pronunciara una sola palabra de despedida.
El sol, ya bajo, teñía el horizonte de un naranja quemado que a Caty le pareció, por primera vez en semanas, casi hermoso.
Marco caminó unos metros más allá de las rocas, hasta un pequeño promontorio que dominaba la llanura vacía, y se sentó sobre una piedra plana con las piernas cruzadas, en un silencio tan repentino que Caty, todavía cargando su mochila, se detuvo a media zancada.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Necesito hablar con alguien —respondió él, sin abrir los ojos—. Dame un momento.
Caty esperó, confundida, buscando con la vista algún teléfono, algún dispositivo, algo que justificara la palabra “hablar”.
No había nada. Marco permanecía completamente inmóvil, con la respiración reducida a un hilo apenas perceptible, exactamente en la misma postura que Caty ya le había visto adoptar, noche tras noche, cuando intentaba en vano sentir el pulso de Rouros.
—Marco —susurró ella, acercándose—, no hay nadie aquí. No hay ningún teléfono. ¿Con quién crees que estás hablando?
Él no respondió de inmediato. Un minuto entero pasó, quizá dos, en los que Caty solo pudo observar cómo una fina tensión recorría el rostro de Marco, como si estuviera sosteniendo una conversación completa en un idioma que no producía sonido alguno.
—Con Idris —dijo al fin, abriendo los ojos—.
Y con dos hombres más de la red, a ciento cincuenta kilómetros de aquí.
No necesito un teléfono para eso, Catherine.
Ya te lo expliqué en Trípoli, la noche de Rouros.
Cada uno de los nuestros deja una huella en el aire.
Hablar es solo cuestión de saber a quién buscar dentro de ella, y de tener algo urgente que decir.
Caty sintió que el suelo bajo sus pies, ya de por sí inestable desde hacía semanas, se volvía todavía más resbaladizo.
Una cosa era intuir, de forma abstracta, que existía una red invisible de comunicación entre los Shomrim.
Otra muy distinta era presenciarla en acción, ver a un hombre sentado en silencio absoluto, sosteniendo una negociación completa sin mover los labios, mientras ella permanecía a un metro de distancia sin percibir nada en absoluto.
—¿Qué te han dicho?
—Que nos ayudarán a llegar al Akakus —respondió Marco, poniéndose en pie—. Y que ya viene alguien de camino con lo que vamos a necesitar.
El hombre llegó menos de una hora después, montado en una motocicleta polvorienta que parecía sacada de un desguace, sin que Caty hubiera escuchado el motor hasta que estuvo a menos de cien metros.
Se presentó solo como Yusuf, con esa misma mirada profunda que Caty ya asociaba, de forma casi automática, con la palabra “familia”, y entregó a Marco dos objetos envueltos en un paño de cuero antes de marcharse tan discretamente como había llegado.
El primero era un anillo, de un metal oscuro y sin brillo que a Caty le costó identificar incluso forzando su percepción hiperestésica al límite del dolor de cabeza que ya conocía bien.
—¿Qué es esto? —preguntó, mientras Marco se lo deslizaba en el dedo anular con una familiaridad que sugería que no era la primera vez que lo llevaba.
—Una simiente portátil —respondió él, sin ánimo de ampliar la explicación de inmediato—.
Contiene una aleación que reacciona a un pulso concreto, el mío, y que puede reorganizar ciertos minerales a su alrededor si se le da suficiente tiempo y contacto directo.
No es instantáneo, Catherine. No hace aparecer cosas de la nada.
Simplemente acelera, muchísimo, un proceso que ya ocurre en la naturaleza de forma más lenta.
—¿Como qué proceso?
—Como la formación de una aleación bajo presión y calor, por ejemplo —dijo Marco—. Lo que a la tierra le lleva siglos, esto lo hace en horas, si el anillo tiene con qué trabajar. Por eso no sirve en cualquier parte. Sirve aquí, en el desierto, rodeado de minerales que ya conoce.
Caty se quedó mirando el anillo, sintiendo que su formación científica se resistía y se rendía al mismo tiempo, en una lucha que ya empezaba a resultarle familiar.
El segundo objeto era un juego de llaves, unido a un localizador metálico que Marco activó apretando dos veces contra la palma de su mano.
Menos de un kilómetro más adelante, semienterrado bajo una lona de camuflaje del color exacto de la arena circundante, esperaba un todoterreno que, a primera vista, no se distinguía de cualquier otro vehículo de alquiler para turistas del desierto: carrocería abollada, pintura descolorida por el sol, una matrícula libia perfectamente vigente.
—Sube —dijo Marco, retirando la lona—. Tenemos que estar en el punto de encuentro antes del amanecer.
Caty subió, y en cuanto Marco arrancó el motor, algo no encajó de inmediato en su mente entrenada para detectar anomalías. El sonido del motor era casi silencioso, un zumbido bajo y constante, sin el traqueteo característico del diésel que había esperado tras la apariencia exterior del vehículo.
—Esto no suena a gasóleo —dijo, apoyando la mano sobre el salpicadero, sintiendo una vibración mínima, casi imperceptible.
—Es una pila de hidrógeno —respondió Marco, sin apartar la vista de la pista que se abría ante los faros—. Como las que ya circulan por las ciudades europeas, solo que mejorada.
—¿Mejorada cómo? —insistió Caty, cruzando los brazos, negándose a dejarlo pasar como una simple curiosidad técnica—.
Las pilas de hidrógeno comerciales necesitan tanques a setecientos bares de presión para tener autonomía decente.
Este depósito no es tan grande. Y el catalizador de platino de cualquier modelo real se degradaría en semanas con el uso que tú le vas a dar en este desierto.
Marco sonrió, la primera sonrisa genuina que Caty le veía desde hacía días.
—El catalizador no es platino —dijo—. Y el hidrógeno no se almacena comprimido.
Se almacena en una aleación que lo retiene y lo libera bajo demanda, mucho más denso, mucho más estable.
No te voy a mentir diciéndote que lo entiendo a nivel atómico, Catherine.
Yo solo sé usarlo. El conocimiento de por qué funciona pertenece a otros, más antiguos, que llevan mucho más tiempo que yo perfeccionando cosas que a tu mundo le costará todavía décadas alcanzar.
El vehículo aceleró sobre la pista de tierra batida a una velocidad que ningún todoterreno de aspecto tan modesto debería haber sido capaz de sostener, devorando kilómetros de desierto oscuro con una suavidad que contradecía cada ley de la física que Caty creía conocer sobre motores, combustibles y fricción.
Las horas de carretera vacía, sin nada que mirar salvo la franja de asfalto agrietado devorada por los faros, terminaron por desarmar la resistencia analítica de Caty más eficazmente que cualquier discurso directo.
Fue ella quien retomó la conversación, varios kilómetros después de haber aceptado, en silencio, que el coche en el que viajaba desafiaba media docena de leyes de la termodinámica que ella misma habría jurado inquebrantables esa misma mañana.
—Antes has dicho “décadas” —dijo, sin apartar la vista del punto donde los faros se disolvían en la oscuridad—. Que a mi mundo le costará décadas alcanzar lo que tú llevas en ese anillo. ¿Solo décadas? Para una tecnología así, me parece optimista.
—No lo es, si sabes cuánto tiempo hace falta cuando nadie te lo roba, ni te sabotea, ni te obliga a repetir el mismo descubrimiento tres veces en tres países distintos porque ninguno confía en el otro —respondió Marco, con la vista fija en la pista—.
¿Sabes cuándo tuvo Ur, en Mesopotamia, agua corriente caliente y fría en las casas, alcantarillado con canalizaciones de ladrillo cocido y calles pavimentadas?
Caty frunció el ceño, buscando en su memoria un dato que solo conservaba de forma vaga.
—¿Hace unos… cuatro mil años?
—Hace unos cuatro mil años —confirmó Marco—.
La misma ciudad de la que salió Abraham, según tu Biblia.
Tenían un sistema numérico que dividía la hora en sesenta minutos y el círculo en trescientos sesenta grados, el mismo que usáis hoy sin pensarlo dos veces.
Y ahora hazme una cuenta, Catherine, ya que eres tú la científica.
—¿Qué cuenta?
—¿Cuándo tuvo París, la ciudad donde nos escondimos hace unas semanas, un sistema de alcantarillado completo, integrado, capaz de servir a toda la población en vez de a un puñado de palacios?
Caty hizo memoria del propio Marco explicándole, en la huida por los túneles, el nombre del ingeniero responsable.
—Belgrand. Mediados del siglo diecinueve.
—Mil ochocientos cincuenta y tantos —dijo Marco—. Haz la resta.
Caty calculó en silencio, sintiendo que el resultado le pesaba más de lo que un simple número debería pesar.
—Casi tres mil ochocientos años —murmuró—. Casi tres mil ochocientos años entre Ur y París para llegar al mismo punto de partida.
—Y eso solo contando alcantarillado —dijo Marco—.
No cuentes las guerras que arrasaron bibliotecas enteras, los imperios que quemaron el conocimiento del imperio anterior para borrar su memoria, los siglos que Europa entera pasó redescubriendo, con enorme esfuerzo, cosas que otros pueblos ya sabían y que se perdieron sin más porque a nadie le convenía compartirlas.
Multiplica eso por cada campo del saber, Catherine: medicina, agricultura, metalurgia, astronomía.
Ahora imagina una civilización que nunca tuvo que volver a empezar.
Que jamás quemó su propia biblioteca porque jamás hubo una facción rival dispuesta a hacerlo.
Que llevó cuatro mil años de Ur no divididos entre imperios enemigos, sino sumados, uno encima del otro, sin fisuras.
—¿Eso es lo que sois? —preguntó Caty, con una voz que ya no cuestionaba, solo constataba—. ¿Cuatro mil años de Ur, multiplicados sin interrupción?
—Mucho más que cuatro mil —respondió Marco, con una calma que a Caty ya no le pareció fría, sino simplemente antigua —. Pero sí. Esa es la aritmética exacta detrás del anillo que llevo puesto.
Guardaron silencio un rato, mientras el desierto seguía pasando idéntico a sí mismo al otro lado del cristal.
—Antes has hablado de comisiones —dijo Caty, retomando el hilo—. De encargos puntuales que los vuestros recibisteis, a lo largo de la historia. ¿Puedes contarme uno?
Marco tardó en responder, sopesando, como hacía siempre, cuánta verdad podía entregarle sin traicionar algo más grande que ella todavía no comprendía del todo.
—Yo no estuve en el desierto del Sinaí, Catherine —dijo al fin—.
Pero conocí, hace mucho, a alguien que sí lo estuvo.
Un pueblo entero, perdido durante décadas en un territorio que no producía suficiente alimento para sostenerlos.
Vuestros textos hablan de un pan que caía del cielo cada amanecer.
Lo que nadie os cuenta es que ese pan no cayó de ninguna parte.
Alguien lo sintetizó, noche tras noche, a partir de los minerales y las esporas que ya existían en aquel desierto, con la misma lógica con la que este anillo reorganiza materia ahora mismo, solo que a una escala mucho mayor, y bajo una comisión que ninguno de los que la ejecutaron tomó por decisión propia.
—¿Y quién dio esa comisión?
—Esa es la única pregunta, de todas las que me has hecho esta noche, que no me corresponde a mí responder —dijo Marco, y por primera vez en el trayecto, algo en su tono se cerró, no con dureza, sino con el peso de un límite real—.
Hay cosas de las que sí puedo hablarte, Catherine.
Y hay otras, relacionadas con quienes se opusieron a esa misma comisión desde el principio, de las que prefiero que aprendas lo mínimo posible, y solo si algún día resulta estrictamente necesario.
No por desconfianza. Por tu propia seguridad.
Caty no insistió. Reconocía ya, en el silencio deliberado de Marco, la forma exacta que adoptaba una puerta que él mismo había decidido no abrir, y por primera vez desde que había subido a aquel coche, decidió confiar en que esa puerta cerrada era, también, una forma de cuidarla.
Se detuvieron a descansar poco antes del amanecer, en un hueco protegido entre dos afloramientos de roca donde Marco consideró seguro apagar el motor durante unas horas.
Caty, agotada por la tensión acumulada de la noche, se recostó sobre el asiento reclinado con la manta térmica del vehículo sobre los hombros, y Marco se alejó unos metros para hacer guardia, dejándola, por primera vez en días, verdaderamente a solas con el silencio del desierto.
Fue en ese silencio, en el filo exacto entre la vigilia y el sueño, cuando lo sintió.
No fue un sonido. No fue una imagen. Fue una presión, honda y remota, como si algo inmenso hubiera rozado el borde más externo de su conciencia sin llegar a tocarla del todo, una vibración que no correspondía a la de Marco, ni a la de ningún otro pulso que ella hubiera aprendido a reconocer en las últimas semanas.
Era más vieja. Muchísimo más vieja, con una gravedad que le encogió el pecho de un modo que no tenía nada de físico.
Caty abrió los ojos de golpe, incorporándose a medias, con el corazón desbocado y una única certeza absurda, imposible de justificar ante sí misma, instalada en el centro exacto de su pecho: en algún lugar, alguien muy antiguo estaba clamando en el desierto, y por una fracción de segundo, sin saber cómo ni por qué, ella lo había escuchado.