El Libro Rojo CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Trípoli (Libia) — Actualidad

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: El disfraz más eficaz no es el que oculta el rostro, sino el que oculta la urgencia detrás de él. Cuatro mil años sin prisa enseñan a un pueblo a parecer, siempre, que tiene todo el tiempo del mundo.

Tomás, el frutero de París, tenía un homólogo en Trípoli: un hombre llamado Idris, dueño de una tintorería industrial en el barrio de Suq al-Juma, cuya mirada profunda Caty ya sabía reconocer antes incluso de que él levantara la vista del mostrador.

Marco lo saludó con la familiaridad breve de quien conoce a alguien de toda la vida, aunque nunca le hubiera preguntado cuánta vida era exactamente esa.

Fue Idris quien les entregó, sin preguntas, un sobre con dos mudas de ropa completas —para Marco, un traje ligero de lino color arena, típico de cualquier ejecutivo europeo haciendo negocios en el Magreb; para Caty, un vestido discreto de manga larga y un pañuelo de seda que le devolvía el cabello a un tono castaño oscuro que no era el suyo— y las llaves de un Peugeot berlina, tan anodino que se perdía en cualquier calle de la capital sin que nadie le dedicara una segunda mirada.

—El coche está a nombre de una empresa de importación que lleva quince años sin dar problemas a nadie —dijo Idris, mientras doblaba una camisa con una precisión mecánica—.

Los pasaportes son suizos. Marco, tú eres ahora Andreas Roth, comercial de textiles.

Catherine, tú eres su esposa, Elena Roth.

No hables más de lo necesario. Los suizos, en el imaginario de cualquier funcionario de aduanas, son gente que no da problemas ni hace preguntas.

Caty se miró en el espejo cuarteado de la trastienda, ajustándose el pañuelo, sintiendo el peso de una identidad ajena instalarse sobre sus hombros con la misma facilidad inquietante con que ya se había acostumbrado, en apenas unas semanas, a mentir sobre quién era.

—¿Y si alguien reconoce mi cara real, aunque lleve esto puesto? —preguntó, con la voz más tensa de lo que pretendía.

—Entonces confiaremos en que el pañuelo, el tinte y la actitud hagan el trabajo que la biometría no puede deshacer —respondió Marco, ya vestido con el traje de lino, irreconocible bajo unas gafas de pasta que le suavizaban las facciones—.

Nadie busca a una fugitiva del brazo de su marido suizo en la terminal de negocios.

Buscan a una mujer sola, aterrorizada, huyendo.

Vamos a ser exactamente lo contrario de lo que esperan encontrar.

El aeropuerto internacional de Trípoli, a media tarde, hervía de un tráfico caótico de vuelos chárter, delegaciones comerciales y trabajadores petroleros regresando a casa.

Marco y Caty cruzaron el vestíbulo principal sin detenerse en los mostradores de facturación habituales, siguiendo en cambio un pasillo lateral reservado a la terminal de negocios, donde Idris había comprado, con antelación y en efectivo, acceso a una sala VIP que exigía menos escrutinio que la cola general.

Antes de embarcar, se sentaron a una mesa apartada del pequeño restaurante de la terminal, pidiendo café y un plato de dátiles que ninguno de los dos tenía intención de comer, cumpliendo el guion silencioso de una pareja de negocios aburrida esperando su vuelo.

Fue Caty quien lo vio primero.

En una de las pantallas colgadas sobre la barra, entre los resultados de fútbol y un boletín de noticias en árabe con subtítulos en inglés, apareció, durante apenas cuatro segundos, una fotografía que Caty reconoció de inmediato como suya —una imagen antigua, tomada de su carnet universitario, granulada por la compresión del vídeo—, acompañada de un rótulo rojo: INTERPOL RED NOTICE. WANTED: HOMICIDE INVESTIGATION, MADRID.

El café se le heló en la garganta. Bajo la mesa, sintió la mano de Marco cerrarse sobre la suya con una presión firme, casi dolorosa, que no era ternura sino una orden silenciosa: no te muevas, no mires, no reacciones.

—Sigue bebiendo el café —murmuró él, sin mover apenas los labios, con la vista fija en un punto neutro más allá de su hombro—. Sigue sonriendo como si acabara de contarte algo aburrido sobre una reunión en Ginebra.

Caty obligó a sus manos a no temblar, obligó a su rostro a componer una expresión de tedio que no sentía en absoluto, mientras por dentro el corazón le golpeaba las costillas con una violencia que amenazaba con delatarla mejor que cualquier fotografía en una pantalla.

—Lo saben —susurró—. Está en las pantallas de medio mundo, Marco. Cualquiera podría…

—Cualquiera que no esté mirando directamente esta pantalla en este preciso segundo, no —la cortó él, con una calma que a Caty le pareció casi inhumana—.

Las alertas rojas de Interpol se emiten a agencias, no a la población civil.

Que aparezca en un boletín de noticias significa que alguien, en algún lugar, ha filtrado tu caso a la prensa a propósito.

Eso no es mala suerte, Catherine. Eso es una jugada deliberada para que cientos de ojos civiles hagan el trabajo de búsqueda que ninguna policía podría pagar.

Marco dejó unos billetes sobre la mesa, con la parsimonia exacta de quien no tiene ninguna prisa, y se levantó, ofreciéndole el brazo con la cortesía ensayada de un marido cualquiera.

—Cambio de planes —dijo, en voz baja, mientras cruzaban de nuevo el vestíbulo hacia la salida—. Ya no volamos. Vamos a necesitar la carretera, y una identidad que dure más de un control de pasaportes.

Salieron por una puerta lateral reservada al personal de la terminal de negocios, donde Idris ya los esperaba apoyado contra un Peugeot polvoriento con el motor al ralentí, ajeno todavía a la fotografía que acababa de recorrer media terminal.

Le bastó una sola mirada al rostro de Marco para comprender que algo se había torcido.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Idris, abriendo ya el maletero.

—El que tarde el próximo funcionario aburrido en levantar la vista de su teléfono y reconocer una cara —respondió Marco, empujando a Caty hacia el asiento trasero con una premura que no admitía preguntas—.

Necesitamos pasaportes nuevos antes del amanecer, y una ruta que no pase por un solo control oficial hasta salir de Trípoli.

Idris no hizo más preguntas. Arrancó el motor, y el aeropuerto internacional, con su fotografía granulada parpadeando todavía en una pantalla que ya nadie miraba, quedó atrás entre el polvo levantado por las ruedas.