CAPÍTULO 30 #2
Bajo un cenador de vides cargadas de racimos morados, una veintena de personas compartía una mesa larga, tallada en un único bloque de piedra pulida por el uso, cubierta de panes planos, cuencos de legumbres humeantes, quesos de cabra envueltos en hojas de higuera y jarras de un vino claro que se servía sin la menor prisa.
Vestían con la sencillez precisa que solo permite la abundancia real: telas de una caída y un tacto que Heleni no había tocado jamás en la superficie, tejidas con fibras que ni siquiera Ilvëa cultivaba, teñidas en tonos que no se repetían de una persona a otra —el ocre quemado de una túnica, el verde profundo de musgo de una capa corta, un azul casi negro que parecía beber la luz de los líquenes en vez de devolverla—.
Nadie llevaba el mismo corte que su vecino, y sin embargo nada desentonaba del conjunto, como si generaciones enteras hubieran perfeccionado no una moda que imponer, sino un lenguaje compartido de comodidad y belleza que cada cual hablaba a su manera.
Reían con una facilidad que a Heleni, acostumbrada durante semanas a medir cada gesto por su utilidad táctica, le resultó casi desconcertante de presenciar.
En un rincón, tres músicos —un hombre con un instrumento de cuerda pulsada semejante al que Braihm había visto tocar de niño, antes de que la Vigilia se lo llevara de su enclave natal, una mujer con una flauta tallada en hueso, y un tercero marcando un ritmo grave y constante con las palmas sobre un tambor de piel curtida— tejían una melodía que a Braihm le llegó como algo recordado más que descubierto, un eco de una vida que llevaba años sin poder permitirse, y varias parejas, jóvenes y ancianas por igual, se dejaban llevar por ella en una danza lenta, circular, sin coreografía visible más allá del placer evidente de moverse juntos.
De entre aquel grupo se levantó un hombre de barba completamente blanca, más anciano en apariencia que el propio El-baz, y sin embargo con una ligereza en el paso que desmentía cualquier fragilidad.
Cruzó el sendero hacia ellos y, al llegar frente a Heleni, no dijo una sola palabra.
Simplemente abrió los brazos, y ella, después de un instante de duda que pareció durar toda la vida que llevaba huyendo, se dejó caer contra su pecho y rompió a llorar como no se había permitido llorar desde Djerba.
—Este es Ezra —dijo El-baz, con una calidez que Braihm rara vez le había escuchado—. Lleva seis años siguiendo tu rastro por la red tan de cerca como yo, aunque nunca hayáis llegado a veros hasta hoy.
Heleni se apartó un paso, secándose el rostro con el dorso de la mano, y miró a su alrededor con un asombro que no tenía nada de nostalgia.
—Nunca había estado en un enclave —admitió, con una voz todavía rota por el llanto—.
Seis años en Montecastello, y antes de eso, formación en la superficie, siempre entre los tuyos de paso, nunca entre los tuyos de casa.
No sabía que un lugar así pudiera existir de verdad, más allá de lo que Nora y yo nos contábamos por las noches para no perder la cabeza.
—¿Nora? —preguntó Ezra, con un interés que no era protocolario.
—Mi enlace en Europa. Ella y yo llevamos seis años tirando del mismo hilo, desde Basilea hasta Argel, siguiendo cada pieza robada que aparecía en los mercados negros del continente —explicó Heleni, y algo en su tono se endureció, como quien recuerda un nombre que preferiría no volver a pronunciar—.
Fue así como llegamos por primera vez a Selenna Moliere, hace ya tres años.
Entonces era solo un nombre en los libros de un anticuario de Ginebra, una intermediaria que compraba reliquias sin preguntar su procedencia.
No teníamos ni idea de que, con el tiempo, se convertiría en la mujer que ahora nos caza a través de medio Fezzán.
—¿La conocisteis en persona? —preguntó Braihm, con un interés repentino.
—Nora sí, una vez, haciéndose pasar por compradora —respondió Heleni—.
Yo nunca. Pero sé reconocer su forma de trabajar en cada pista que hemos seguido desde entonces: paciente, metódica, sin un solo cabo suelto.
No es una simple intermediaria de Halberg.
Lleva su propio juego desde mucho antes de que él apareciera en el nuestro.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Braihm, en voz baja, consciente de la caravana que aún los esperaba fuera, de Halberg y Moliere reiniciando su cacería desde Ghat, del reloj que corría sobre sus cabezas incluso mientras la música seguía sonando bajo el cenador.
—El que haga falta —respondió El-baz—. Aquí abajo, Braihm, el tiempo transcurre exactamente igual que en la superficie.
No hay ningún truco que nos ahorre las horas.
Pero hemos aprendido, durante milenios, una lección que a los de arriba les cuesta mucho más aprender: que el descanso verdadero no es una pausa en la guerra, sino el recordatorio de aquello por lo que merece la pena seguir librándola.
Esa noche, después de que Heleni se retirara del brazo de Ezra hacia una de las viviendas talladas en la roca viva, Braihm se sentó junto a El-baz en el borde de una de las terrazas, con los pies colgando sobre el agua clara del canal, escuchando el eco lejano de la música que aún no se apagaba del todo.
—Nunca me has explicado por qué el manuscrito está escrito como está —dijo Braihm, rompiendo un silencio largo—. Por qué hace falta una llave, un ritual, una sangre concreta para leerlo. Nadie me lo ha explicado nunca, en realidad. Solo lo he protegido sin preguntarlo.
—Porque el pigmento con el que está trazado responde a nuestra propia naturaleza, Braihm, igual que un imán responde al hierro —explicó El-baz, con la precisión tranquila de quien enseña algo aprendido hace siglos, no algo que aún le desconcierta—.
El rojo del manuscrito no es tinta corriente.
Es un mineral molido que reordena su propia estructura ante determinados campos, exactamente igual que la aguja de una brújula responde al magnetismo de la tierra, o que las aves migratorias leen ese mismo campo para no perderse jamás en su camino.
Nuestra vigilia, cuando se activa en un estado concreto, genera un campo semejante.
Ante él, y solo ante él, el pigmento se reordena y revela lo que oculta.
No es un misterio para nosotros. Es una herramienta cuyo funcionamiento conocemos bien, aunque no sepamos explicarlo con el lenguaje exacto que la ciencia de la superficie inventará dentro de un siglo.
Sabemos lo que hace y cómo activarlo. Eso basta.
—¿Y por qué terminó enterrado con un rey egipcio, si es nuestro y no de ellos?
—Porque un hombre lo robó, hace mucho tiempo, de un lugar donde debía haber permanecido oculto para siempre —respondió El-baz—.
Y ese robo es la razón por la que ahora dormía escondido entre el ajuar funerario de un rey, esperando a que otro hombre, curioso y ambicioso a partes iguales, lo desenterrara sin saber lo que tenía entre las manos.
Braihm contempló el reflejo dorado de los líquenes en la superficie quieta del agua, pensando en Halberg, en Moliere, en la cacería que aguardaba fuera, más allá de la grieta, más allá del desierto, en un mundo que medía el tiempo con una urgencia que aquel lugar parecía haber olvidado hacía siglos.
—Entonces nuestra misión no termina cuando lo devolvamos a salvo —dijo.
—Nuestra misión, Braihm, no termina nunca —respondió El-baz, levantando la vista hacia la bóveda dorada que hacía las veces de cielo—. Solo cambia de forma. Duerme. Mañana empezaremos a hablar de cómo sacar de aquí, con vida, lo que hemos venido a proteger.