CAPÍTULO 30
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Hay un descanso que no se parece a la ausencia de guerra, sino a la presencia plena de la vida. Pocos llegan a conocerlo. Menos aún vuelven a buscarlo una segunda vez.
Más allá de la grieta que El-baz había reconocido entre mil recovecos idénticos, el pasadizo no descendía en línea recta, sino en una espiral perfectamente regular, cuyo radio de curvatura se mantenía tan constante que Braihm, con la mano apoyada en la pared para guiarse en la penumbra, comprendió de inmediato que no estaba tocando roca erosionada por el agua, sino una superficie deliberadamente labrada, con una precisión que ningún cantero humano de su época habría podido igualar sin instrumentos que aún no existían.
La conocía de otros enclaves menores, aunque nunca a esta escala.
Contó los pasos, por pura disciplina de guardián, y calculó que habían descendido más de trescientos metros de desnivel cuando una hendidura lateral, tan ancha como la fachada de una catedral, se abrió en la roca y descendió, a su vez, hacia una negrura que su vista no lograba sondear ni con el mejor de sus sentidos aguzados.
No era un simple túnel de paso. Era una arteria de una red mucho mayor, de una escala que incluso a Braihm, acostumbrado a los refugios modestos donde había pasado su juventud, le impuso un respeto silencioso.
Heleni, más adelante, se había detenido ante una serie de nichos tallados a intervalos regulares en la pared, cada uno con un símbolo geométrico distinto —círculos concéntricos, espirales dobles, una figura que parecía repetirse en proporciones decrecientes hasta desaparecer en un punto imposible de precisar a simple vista.
Pasó los dedos sobre los relieves con la misma atención con que, de niña, había aprendido a leer los anillos de crecimiento en la corteza de los árboles mayores de Ilvëa: una gramática distinta tallada en un material distinto, pero la misma certeza subyacente de que nada, en un lugar construido por los suyos, estaba dispuesto al azar.
—En mi tierra esto se hace con savia y raíz —murmuró, más para sí misma que para los demás—. Aquí lo hacéis con piedra y profundidad. Pero es el mismo idioma.
El pasadizo terminó, poco después, en una decepción cuidadosamente diseñada: una cavidad de tamaño modesto, apenas mayor que la sala de un hostal, en cuyo centro descansaba un pequeño lago de aguas quietas y perfectamente negras, sin salida visible, encerrado por completo entre paredes lisas que no ofrecían ni una sola grieta más por la que continuar.
Cualquier viajero que, por audacia o desesperación, hubiera llegado hasta allí arriesgando la vida en la travesía, se habría encontrado exactamente con eso y nada más: un charco subterráneo sin utilidad ni misterio aparente, motivo suficiente para dar media vuelta y no volver jamás.
—Aquí es donde el mundo de arriba se detiene, y donde empieza el nuestro —dijo El-baz, deteniéndose al borde del agua, y en su voz había algo que no era explicación, sino la misma clase de reverencia con que un hombre nombra una tumba familiar.
Se despojaron de cuanto pudiera lastrarlos en el agua sin necesidad de palabras.
El-baz fue el primero en cerrar los ojos un instante, ralentizando el pulso con la disciplina de siempre, hasta que su respiración se redujo a una necesidad tan mínima que apenas movía el pecho.
Heleni y Braihm hicieron lo mismo, cada uno a su manera, antes de sumergirse sin una sola salpicadura innecesaria.
El agua estaba fría, densa, absolutamente negra en cuanto se cerraron sobre sus cabezas los últimos reflejos de los líquenes lejanos.
Braihm sintió que sus pupilas se dilataban hasta un extremo que jamás había experimentado en tierra firme, forzando a su cerebro a extraer forma y contorno de una oscuridad que a cualquier ojo humano habría resultado absoluta e indistinguible.
Poco a poco, lo que había sido negrura pura empezó a insinuar matices: una corriente que no arrastraba hacia los lados, como cabría esperar de cualquier cauce natural, sino que empujaba hacia arriba, con una fuerza constante y creciente cuanto más se adentraban en el conducto, la misma presión ciega y paciente que sostenía cada sistema de agua sellado desde los días en que el diluvio rompió los manantiales del abismo.
No luchó contra ella. Se dejó llevar, confiando en un cuerpo cerrado que ninguno de los tres necesitaba entender del todo para confiar en él.
Nadaron, más bien se dejaron llevar, durante lo que a un hombre común le habría costado la vida, atravesando un conducto natural que serpenteaba bajo la roca en curvas cerradas, ascendiendo con cada tramo a una velocidad que ninguno de los tres necesitaba ya impulsar con sus propios brazos, hasta que la negrura empezó a ceder, primero en un tono azulado tenue, después en un resplandor dorado que crecía con cada metro ganado, hasta que los tres emergieron, casi al mismo tiempo y casi sin esfuerzo propio, expulsados con suavidad por la propia presión del sistema hacia la orilla de un canal iluminado por la misma luz cálida que anunciaba, sin lugar a dudas, que habían cruzado por fin al otro lado.
El aire, según descendían por el último tramo ya en pie, fue perdiendo la sequedad abrasiva del desierto exterior en fases tan graduales que ninguno de los tres habría sabido señalar el instante exacto del cambio, solo el resultado acumulado: primero una fresca ausencia de polvo, después una humedad apenas perceptible, y finalmente, al doblar un último recodo que se abría en un umbral de proporciones deliberadamente monumentales, una humedad templada, casi vegetal, con una nota dulce que Heleni reconoció antes incluso de verla: el olor de la tierra fértil, el mismo que había respirado cada mañana de su infancia entre las raíces de Ilvëa, devuelto ahora en un idioma de roca en lugar de madera.
La caverna se abría, más allá de aquel umbral, en una bóveda tan alta que su techo se perdía en una bruma luminosa propia, incapaz de discernir a simple vista dónde terminaba la roca y empezaba el cielo artificial que la sostenía.
Del techo colgaban formaciones de líquenes bioluminiscentes a una escala que ni siquiera Braihm, que había crecido entre refugios menores, había visto jamás: un dosel dorado y palpitante, respirando con la misma cadencia lenta con que la copa de un bosque respira al amanecer, capaz de sostener sin sol un ciclo de luz completo, del mismo modo en que las raíces de Ilvëa sostenían la vida sin necesitar jamás tocar directamente el cielo.
Heleni, que llevaba semanas caminando con los hombros encogidos y la vista baja, se detuvo en seco al pie de la última rampa, contemplando lo que se extendía más abajo.
Terrazas de cultivo escalonadas descendían hacia un lecho de agua clara, alimentado por un manantial que brotaba de la propia roca, canalizado en acequias tan antiguas que la piedra se había alisado bajo el paso constante del agua hasta adquirir el brillo del mármol pulido.
Entre las terrazas, hileras de trigo enano, huertos de hortalizas de un verde intensísimo, y árboles frutales de tronco retorcido que ningún catálogo botánico habría sabido clasificar.
El suelo, en cada sendero, en cada plaza, estaba limpio de un modo que a Braihm le resultó casi doloroso de mirar, no por esterilidad, sino por el cuidado evidente de generaciones que habían decidido, sencillamente, que la suciedad no era una condición inevitable de la vida en comunidad.
Y entre los cultivos y las terrazas, sin cercas, sin jaulas, sin la más mínima barrera visible, se movían los animales.
Un rebaño de gacelas de cuernos espiralados pastaba a pocos metros de un grupo de niños que jugaban descalzos sobre la hierba, sin que ni las gacelas ni los niños mostraran el más leve indicio de alerta mutua.
Un felino grande, de pelaje moteado y envergadura que en la superficie habría sembrado el pánico en cualquier caravana, dormitaba enroscado junto al umbral de una vivienda tallada en la roca, y una anciana que tendía ropa a su lado le pasó la mano por el lomo, de paso, con la misma naturalidad con que se acaricia a un perro doméstico.
Heleni reconoció el patrón antes de que nadie tuviera que señalárselo: era la misma tregua que gobernaba los claros de Ilvëa, donde los lobos viejos dormían a la sombra de los mismos árboles que los niños trepaban sin miedo.
El material cambiaba de un enclave a otro. La lógica que sostenía la paz, no.