El Libro Rojo CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Moliere llevaba dos días notando el error.

Era mínimo, casi imperceptible: una duna que no debería haber cambiado de perfil tan rápido, un ave carroñera que sobrevolaba el mismo punto del horizonte durante demasiadas horas seguidas.

Nadie entrenado por debajo de cierto nivel habría reparado en ello.

Pero a Moliere la habían entrenado por encima de cualquier nivel razonable, y llevaba media vida aprendiendo a desconfiar precisamente de lo que parecía demasiado natural.

Aquella noche, en vez de acampar donde Volkov y Dimitri asumían que lo haría, se desvió trescientos metros hacia una hondonada de roca negra, apagó su lámpara, y esperó con el estilete desenvainado sobre el regazo.

Kaspar Brandt tardó menos de una hora en cometer el único error que Moliere necesitaba: acercarse a comprobar por qué el campamento previsto estaba vacío.

—Deberías haber aprendido, después de veinte años, a no confiar en un campamento que no has visto montarse con tus propios ojos —dijo ella, desde la oscuridad, antes de que él lograra ver de dónde venía la voz.

Kaspar no se sobresaltó. Se limitó a girarse despacio, con las manos abiertas y visibles, aunque ambos sabían que aquel gesto de rendición no significaba absolutamente nada entre los dos.

—Selenna —dijo, con una calma que no lograba enfriar del todo el filo bajo la superficie—. Debería haber imaginado que serías tú, y no un rastreador cualquiera, quien notara mi torpeza.

—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome?

—El suficiente para ver cómo enterrabas a un ruso al amanecer —respondió él, sin ánimo de ocultarlo—. El barón querrá saber por qué su lugarteniente resuelve sus problemas con un estilete antes que con una consulta.

—El barón no necesita saber cómo resuelvo mis problemas, Kaspar. Necesita saber que se resuelven.

—Eso decídelo tú cuando ya no tengas ningún testigo delante —dijo él, y el gesto de rendición se rompió tan rápido que Moliere apenas tuvo tiempo de leerlo antes de que la primera embestida la alcanzara.

Kaspar era más rápido de lo que veinte años de servicio de despacho deberían haberle permitido conservar.

Su antebrazo golpeó el de Moliere desviando el estilete un segundo antes de que encontrara el cuello, y el impulso los llevó a ambos rodando por la pendiente de la hondonada, un enredo de codos y rodillas que levantaba polvo negro en la oscuridad casi total.

Ella respondió con un rodillazo seco a las costillas que le arrancó a él un gruñido ahogado, pero el puño de Kaspar ya había encontrado el costado de Moliere, un golpe sordo que le robó el aire de los pulmones y la dejó, por un instante eterno, sin poder devolver el ataque.

Rodaron de nuevo, esta vez hacia una roca que detuvo la caída con un impacto que ninguno de los dos fingió no sentir.

Moliere clavó el estilete en el hombro de Kaspar, no lo bastante hondo para matar, sí lo bastante para que él aullara y aflojara la presa el tiempo justo para que ella se soltara, jadeando, con la sangre de él caliente entre los dedos.

—¡Basta! —gritó él, apretándose la herida con la mano libre, sin fuerzas ya para levantarse—. Basta, Selenna. No he venido a matarte. He venido a proponerte algo que ninguno de los dos puede permitirse rechazar.

Moliere se detuvo, con el estilete todavía en alto, la respiración desgarrada silbándole entre los dientes.

—Habla rápido. Mi paciencia se ha quedado enterrada con el ruso.

—El barón está gastando una fortuna en un objetivo que ni siquiera sabe lo que es de verdad —dijo Kaspar, arrastrando las palabras entre el dolor—.

Tú lo sabes. Yo lo sospecho desde hace más tiempo del que él imagina.

Si los dos seguimos jugando cada uno por su lado, uno de los dos va a terminar muerto antes de que el barón vea un solo franco de beneficio.

Trabajemos juntos, y repartámonos lo que de verdad importa antes de que él decida quién de los dos le sobra.

—¿Y por qué habría de confiar en un hombre al que acabo de clavar un estilete?

—Por la misma razón por la que yo voy a confiar en la mujer que acaba de hacerlo —respondió Kaspar, con una sonrisa torcida por el dolor—. Porque ninguno de los dos ha fingido esta noche ser mejor persona de lo que es. Eso, en este negocio, vale más que cualquier juramento.

Kaspar soltó una risa breve, seca, que le costó un latigazo de dolor en las costillas magulladas.

—Trato hecho.

Pero ninguno de los dos estaba en condiciones de seguir aquella misma noche.

Kaspar apenas podía cerrar el puño derecho sin que el corte del hombro se le abriera de nuevo, y Moliere sentía cada respiración como una puñalada en las costillas donde él la había golpeado.

Improvisaron vendajes con jirones de tela, compartieron el agua de sus cantimploras sin decir palabra, y durmieron, por primera vez en veinte años, en el mismo campamento.