El Libro Rojo CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: La paciencia de la piedra no es debilidad. Es el tiempo que necesita para recordar que también ella, algún día, puede caer. Yo he sido piedra durante siglos. Hoy empiezo a recordarlo.

Durante cuatro noches, la mentira sostuvo su propio peso.

El-baz caminaba encorvado junto a los camellos de carga, dejándose atar cada noche sin protesta, hablando lo justo y con la voz quebrada de un anciano rendido.

Braihm cojeaba deliberadamente de la pierna izquierda, cargando fardos con un esfuerzo fingido que le costaba más disciplina que cualquier combate real.

Heleni caminaba con la cabeza baja, envuelta en su manto, tragándose cada mirada de humillación con una entereza que a Braihm, en la distancia, le partía algo por dentro cada vez que la veía.

Fue al quinto atardecer, cuando la caravana acampó a los pies de las primeras estribaciones negras del Akakus, cuando la mentira dejó de bastar.

El hombre de la cicatriz, envalentonado por el vino de dátiles y por cinco noches sin resistencia alguna de sus cautivos, se acercó a la hoguera donde Heleni permanecía sentada, aparte, con las muñecas todavía atadas por delante.

La sujetó del brazo con una familiaridad repugnante, tirando de ella hacia la oscuridad de las tiendas con una risa que dos de sus hombres corearon de inmediato.

—El comerciante de Ghat pagará más si compruebo primero la mercancía —dijo, arrastrándola contra su resistencia.

Heleni luchó, mordió, clavó las uñas atadas contra el rostro del hombre, pero eran cinco contra una, y por primera vez en toda la farsa, el terror que cruzó sus ojos no tuvo nada de actuación.

—Suéltala.

La voz de El-baz no se alzó ni un solo decibelio, pero cortó el ruido del campamento entero como una hoja fría. El hombre de la cicatriz se giró, todavía sujetando a Heleni, con una sonrisa despectiva dibujándose en su rostro ante la idea de que un anciano atado pudiera representar amenaza alguna.

Fue lo último que su rostro expresó con claridad aquella noche.

Las cuerdas que ataban las muñecas de El-baz cayeron al suelo como si jamás hubieran existido, cortadas por un movimiento tan veloz que ni siquiera dejó rastro visible en el aire.

Sus pupilas se contrajeron en dos puntos de un azul cobalto tan intenso que parecieron devorar la luz de la hoguera, y en el interior de aquel cálculo instantáneo, doce hombres armados dejaron de ser un obstáculo para convertirse en una simple ecuación de distancias, ángulos y segundos.

—Braihm —dijo, sin necesidad de más palabras.

Braihm ya se había movido.

Lo que ocurrió a continuación no se pareció a ninguna pelea que los hombres de aquella caravana hubieran presenciado jamás, ni en los cuarteles coloniales ni en las trifulcas de los zocos fronterizos.

Braihm cruzó los ocho metros que lo separaban del primer fusilero antes de que este lograra siquiera levantar el cañón del arma, desarmándolo con una torsión de muñeca que hizo crujir el hueso sin llegar a partirlo, y usando el impulso del propio giro para lanzar al hombre contra otros dos que corrían hacia él, derribando a los tres en una sola maniobra fluida, casi coreografiada, que pareció durar un solo segundo y una eternidad a la vez.

El-baz se movía de un modo completamente distinto: económico, quirúrgico, sin un gramo de esfuerzo visible.

Esquivó la culata de un fusil inclinando el torso apenas los centímetros exactos y necesarios, respondió con dos dedos extendidos contra un punto preciso bajo la garganta del atacante, que cayó fulminado, consciente pero paralizado, sin poder mover un solo músculo del cuello para abajo durante los siguientes minutos.

A un segundo hombre le bastó un giro de muñeca sobre el brazo armado para que el fusil cambiara de dueño sin que su antiguo portador comprendiera del todo cómo había ocurrido, justo antes de recibir un golpe seco en el plexo que lo dejó sin aire, doblado sobre sí mismo en la arena.

Ninguno de los golpes que ambos guardianes repartieron aquella noche buscó matar.

Cada impacto estaba calculado con una precisión casi obscena: un tendón desgarrado aquí, una articulación dislocada allá, un golpe certero que apagaba la consciencia sin detener jamás un corazón.

El profundo respeto por la vida que ambos llevaban tallado en lo más hondo de su naturaleza no admitía otra opción, ni siquiera frente a hombres que un segundo antes habían estado dispuestos a vender a Heleni como ganado.

El hombre de la cicatriz, aún sujetando el brazo de Heleni con una mano temblorosa, retrocedió al ver a sus doce hombres reducidos en cuestión de segundos a una alfombra de cuerpos gimiendo, paralizados o inconscientes sobre la arena.

Soltó a Heleni de golpe, como si su piel quemara, y alzó las manos vacías con un pánico que ya no tenía nada de calculado.

—¡Basta! —gritó—. ¡Basta, por el amor de Dios!

El-baz se acercó a él con una lentitud deliberada, sin necesidad ya de fingir cansancio alguno.

—Nadie de tu caravana morirá esta noche —dijo, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—. Libera a los cautivos que llevas encadenados, y olvida que nos has visto alguna vez. Es la única oferta que vas a recibir.

El hombre de la cicatriz asintió con una rapidez que rozaba la súplica, y a una orden temblorosa suya, dos de los pocos hombres que aún se tenían en pie se apresuraron hacia la parte trasera de la caravana, donde una decena de cautivos —hombres, mujeres, un par de niños que no debían de tener más de diez años— aguardaban encadenados entre los fardos de mercancía, ajenos hasta ese momento a que su suerte acababa de cambiar en el espacio de un minuto.

Heleni se apartó del hombre que la había sujetado, frotándose las muñecas allí donde las cuerdas le habían dejado surcos rojos, y fue ella quien se acercó primero a los cautivos, hablándoles en un árabe suave que Braihm no la había oído usar hasta entonces, deshaciendo con dedos firmes los grilletes uno a uno mientras les explicaba, sin dar detalles que no necesitaban saber, que eran libres de tomar el camino que quisieran antes del amanecer.

Fue entonces cuando Braihm reparó en la sangre que le empapaba la manga izquierda, un corte profundo que uno de los fusileros había logrado abrirle en el antebrazo durante el primer choque, antes de que su propio cuerpo hubiera terminado de calcular la trayectoria completa del ataque.

No había sentido el dolor hasta ese momento, con la lucha ya terminada y la descarga de adrenalina retirándose de sus venas como la marea.

Se presionó la herida con la otra mano, apretando los dientes, y no dijo nada a nadie.

Aquella noche había aprendido, de la forma más simple posible, que ni siquiera la disciplina más perfecta libraba a un cuerpo de sangrar cuando el filo llegaba antes que el cálculo.

Al amanecer, cuando la caravana desmontó el campamento y se dispersó en direcciones distintas —el hombre de la cicatriz hacia el este, los antiguos cautivos hacia el oasis más cercano, cada uno cargando consigo el peso distinto de lo que había presenciado esa noche—, El-baz, Braihm y Heleni reanudaron la marcha hacia el oeste, hacia las primeras siluetas negras del Akakus que empezaban a recortarse contra un cielo todavía morado.