CAPÍTULO 25
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: La trampa mejor tendida no es la que se evita. Es la que se atraviesa fingiendo no haberla visto, para que quien la tendió crea, hasta el último segundo, que ha ganado.
El tercer día tras enterrar a Pietro, El-baz detuvo su camello en la cresta de una duna sin previo aviso, con la misma quietud absoluta que precedía siempre a sus revelaciones más incómodas. Braihm y Heleni tiraron de las riendas junto a él, aguardando.
—Nos siguen —dijo El-baz, con la vista perdida en el horizonte ondulante del sur, donde no había nada visible salvo arena y calor—. Desde Sabha. Tres jinetes, quizá cuatro, manteniendo una distancia que un rastreador aficionado jamás lograría sostener durante tantas jornadas.
—¿Los mismos de siempre? —preguntó Braihm, con la mano ya cerca del cuchillo que llevaba a la cintura.
—No lo sé con certeza —admitió El-baz, y aquella incertidumbre, viniendo de él, pesó más que cualquier confirmación—. Pero no son italianos. No cabalgan como soldados. Cabalgan como hombres que ya han hecho esto antes, en otros desiertos, para otra gente.
Heleni ajustó el manto sobre sus hombros, con la mandíbula tensa.
—¿Qué proponéis?
—Hay una caravana de contrabandistas cruzando el Erg dos jornadas al este, según me confirmó Uba antes de despedirse en Sabha —dijo El-baz—.
Se dirige exactamente hacia los Akakus, hacia el mismo arco de piedra que buscamos.
Si nos dejamos interceptar por ellos, quien nos sigue perderá nuestro rastro entre el suyo.
Viajaríamos escoltados, sin saberlo ellos, hasta la puerta misma que necesitamos cruzar.
—¿Interceptar? —repitió Heleni, con una frialdad que no lograba disimular el temblor de fondo—.
El-baz, esas caravanas no son solo contrabando de tabaco y armas.
Sabes tan bien como yo lo que también se mueve por estas rutas desde que el mundo es mundo.
Soy una mujer forastera, sin familia visible que reclame por mí.
Para ellos, seré mercancía antes que persona.
El-baz la miró largamente, y por primera vez desde Djerba, la duda le cruzó el rostro, habitualmente inmutable.
—Lo sé —dijo, sin suavizar la verdad—. Y por eso mismo no te pediré que finjas ser sumisa ni que ocultes lo que eres si el peligro se vuelve real.
Te pediré solo que finjas el miedo justo para que la mentira funcione, y confíes en que Braihm y yo no dejaremos que ese peligro llegue más lejos de la representación.
Pero necesito ser honesto contigo: si algo sale mal, el riesgo no lo corremos nosotros. Lo corres tú.
Heleni sostuvo su mirada un instante, y algo en la dureza aprendida durante semanas de cautiverio en Djerba pareció endurecerse todavía más, en lugar de quebrarse.
—Entonces que salga bien —dijo, simplemente.
—Tenemos que parecer vulnerables, no débiles —añadió El-baz, dirigiéndose ahora a Braihm—. Si nos ven demasiado fuertes, nos matarán antes de intentar venderlos. Ofrece resistencia, la suficiente para que la mentira tenga peso. Pero pierde, Braihm. Pierde de forma convincente.
Braihm no respondió de inmediato, incómodo con la idea de fingir una derrota que su cuerpo entero se negaba a aceptar como plausible.
—Nunca he perdido una pelea de verdad —murmuró al fin, casi como una confesión avergonzada.
—Lo sé —respondió El-baz, con algo que casi podría llamarse humor—. Por eso te lo pido a ti. Un hombre que sabe exactamente cuánta fuerza tiene es el único capaz de medir con precisión cuánta debe fingir que le falta.
Avanzaron el resto del día sin desviarse de la ruta, dejando que el polvo de sus propias monturas los delatara con toda naturalidad.
Al caer la tarde, cuando el sol ya se hundía en un incendio anaranjado sobre las dunas del oeste, el rumor sordo de motores y el balido nervioso de camellos de carga anunció a la caravana antes de que apareciera.
Eran doce vehículos y bestias mezclados, avanzando en una formación relajada pero armada hasta los dientes: hombres embozados con turbantes indigo, fusiles cruzados a la espalda, y en el centro de la columna, custodiada con un cuidado distinto al del resto de la mercancía, una recua de camellos que cargaba, entre fardos de tela y cajas de munición de contrabando, algo que ninguno de los tres necesitó preguntar qué era.
Heleni palideció al distinguir, entre los fardos, las siluetas encadenadas de un pequeño grupo de personas que caminaban con la cabeza baja, atadas entre sí por los tobillos.
Un jinete se adelantó al galope, cortándoles el paso con una maniobra brusca que levantó una cortina de arena. Era un hombre de mediana edad, cicatriz cruzándole media mejilla, con la autoridad tranquila de quien ha hecho aquello mil veces.
—Viajeros solos en el Erg —dijo, en un árabe cerrado, examinándolos de arriba abajo con un cálculo comercial descarnado—. Sin escolta, sin bandera de ninguna tribu. Eso os convierte, esta noche, en propiedad de quien primero os encuentre.
Braihm desenvainó su cuchillo con un gruñido calculado, interponiéndose entre el jinete y Heleni con un aspaviento fingido de resistencia inútil, tal y como El-baz le había pedido.