El Libro Rojo CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: La lealtad comprada tiene fecha de caducidad marcada en la propia moneda. La de un hombre sin patria no tiene ninguna, porque ya no le queda nada que perder por segunda vez.

El bar del Hotel Waddan, en el corazón colonial de Trípoli, olía a ginebra barata, a tabaco negro y al sudor rancio de los hombres que ya no tenían adónde volver.

Selenna Moliere eligió una mesa apartada, junto a un ventilador de aspas perezosas que apenas removía el calor pegajoso de la noche, y esperó con la misma paciencia gélida con que llevaba veinte años esperando que los hombres cometieran el error de subestimarla.

Los tres que entraron pasada la medianoche no parecían gran cosa a simple vista: uniformes civiles raídos, cortados de una tela demasiado gruesa para el clima, y esa forma de caminar, rígida y calculada, que solo queda grabada en el cuerpo tras años de instrucción militar.

El mayor de ellos, un hombre de barba entrecana y ojos de un azul desvaído, todavía llevaba, prendida bajo la solapa del abrigo, una pequeña cruz de San Jorge deslustrada que ningún oficial francés de la Legión le habría permitido lucir en público.

—Kapitán Volkov —se presentó el hombre, sentándose sin esperar invitación, con un francés marcado de acento eslavo—. Y mis hombres, Dimitri y Andrei. Nos dijeron que usted paga en francos, no en promesas.

—Pago en oro, si el trabajo se hace bien y en silencio —respondió Moliere, deslizando sobre la mesa un sobre lo bastante grueso como para que los tres pares de ojos se posaran en él con un hambre que ninguna disciplina militar lograba disimular del todo—.

Desertaron de la Legión en Sidi-bel-Abbès hace seis meses, según me han dicho.

Wrangel los abandonó en Crimea, y Francia los abandonó después en Argelia.

Imagino que ya no sienten una gran lealtad hacia ningún uniforme.

Volkov no negó nada. Se limitó a encender un cigarrillo con manos que, pese al calor, no temblaban en absoluto.

—Servimos al zar. Cuando el zar murió, servimos a Wrangel. Cuando Wrangel perdió, servimos a Francia por comida y un techo —dijo, exhalando el humo hacia el techo manchado de humedad—. Ahora servimos a quien pague. Es una progresión lógica, madame. ¿Qué necesita cazar?

Moliere no respondió de inmediato. Le dio un trago corto a su copa, sin apartar los ojos de Volkov, y por un instante pareció medir cuánto de su propio historial merecía la pena mencionar a un desertor comprado por una noche.

—No sería la primera vez que limpio un cabo suelto en un muelle africano —dijo, con una llaneza que no invitaba a preguntar más—. Djerba enseña rápido a un intermediario que no le pagan por dejar testigos. Pero esta vez no busco un cabo suelto. Busco algo que llevo tres años esperando encontrar.

—Un grupo pequeño. Un hombre de rasgos árabes de mediana edad, dos jóvenes, quizá una mujer con ellos.

Se mueven hacia el sur, hacia el Erg, con guías locales y camellos —explicó Moliere, con la precisión clínica de quien ha repetido esa descripción demasiadas veces—.

No son bandidos ni contrabandistas corrientes.

Necesito que los localicen y que me informen de su posición exacta antes de acercarse.

Nada más. Ninguna acción sin mi autorización directa.

—¿Y si se resisten a ser localizados? —preguntó Dimitri, el más joven de los tres, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Entonces cobrarán el doble por la molestia —respondió Moliere, sin alterar el tono—. Pero recuerden esto: el hombre debe llegar con vida a mis manos. Vivo, y sin que sepa que ha sido encontrado hasta que yo lo decida.

Volkov sostuvo su mirada un instante, calculando el peso de la amenaza velada, y finalmente asintió, guardándose el sobre bajo el abrigo con un movimiento tan rápido que pareció no haber ocurrido.

—Partimos al amanecer —dijo—. Conocemos hombres en Sabha que nos venderán camellos y silencio a partes iguales.

Lo que Moliere no mencionó, porque no era asunto de tres desertores rusos comprados por una noche, era que actuaba sin haber informado al barón Halberg de aquella iniciativa.

Si ella llegaba primero, con el objetivo ya localizado y asegurado, ningún barón arruinado tendría más remedio que reconocer quién había hecho el trabajo de verdad.

Andrei, el más joven de los tres rusos, tardó exactamente cuatro noches de marcha por la pista de Sabha en decidir que aquella mujer no merecía las órdenes que le daba con la frialdad de un oficial de academia.

Acampados junto a un pozo seco a media jornada del oasis, mientras Volkov dormía y Dimitri vigilaba las bestias, Andrei se acercó al fuego donde Moliere revisaba, a la luz de una lámpara de aceite, el mapa manuscrito que Halberg le había hecho llegar por valija diplomática.

—En Crimea, a las mujeres como usted las llamábamos de otra manera —dijo, sentándose demasiado cerca, con el aliento cargado de vodka de contrabando—.

Mandan desde un despacho con las manos limpias mientras hombres como nosotros nos jugamos el pellejo en la arena.

Quizá debería recordarle quién sostiene aquí el fusil, madame.

Moliere no levantó la vista del mapa de inmediato. Cuando lo hizo, su rostro no mostraba miedo ni siquiera sorpresa, solo el tedio ligero de quien ha tenido esta misma conversación, con distintos hombres y distintos acentos, más veces de las que le importaba recordar.

—Andrei —dijo, con una suavidad que debería haberle advertido—, ¿sabe usted por qué Wrangel perdió Crimea?

El ruso frunció el ceño, desconcertado por la pregunta.

—Porque subestimó…

—Porque subestimó exactamente lo que usted está subestimando ahora mismo —lo cortó Moliere, sin levantar todavía la voz—.

Wrangel creía que bastaba con tener más hombres.

Nunca entendió que la guerra la gana quien decide primero que el otro bando ya ha perdido, y actúa en consecuencia antes de que el enemigo se dé cuenta de que la decisión ya está tomada.

Andrei soltó una risa corta, insegura, sin saber todavía si aquello era una amenaza o el principio de una disculpa que él no pensaba ofrecerle a cambio.

—Habla usted mucho para ser una mujer que…

No terminó la frase. Moliere se movió con una economía que no dejaba espacio para la sorpresa: el mismo estilete que horas después clavaría en el hombro de Kaspar encontró la garganta de Andrei con una precisión quirúrgica, un solo movimiento seco que le cortó la voz a mitad de la insolencia.

El ruso se desplomó sin apenas ruido, con los ojos todavía abiertos por la incredulidad más que por el dolor, y Moliere permaneció inmóvil un instante, observando la sangre empapar la arena con la misma indiferencia clínica con que habría observado un experimento fallido.

Enterró el cuerpo ella sola, antes del amanecer, cavando con las manos hasta que las uñas se le llenaron de tierra negra, sin despertar a Volkov ni a Dimitri, que jamás llegarían a saber con certeza qué le había ocurrido a su compañero, solo que una mañana ya no estaba, y que ninguno de los dos tuvo el valor de preguntar demasiado alto por qué.