CAPÍTULO 23
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: El dinero compra silencio, pero solo la fe compra obediencia. Yo no vendo ninguna de las dos cosas. Compro tiempo, que es la única moneda que ningún traidor sabe falsificar.
Pero el gabinete conservaba su esplendor de otra época.
Las paredes, forradas de roble oscuro, sostenían estanterías repletas de volúmenes encuadernados en piel: tratados de egiptología, traducciones descoloridas de textos coptos, monografías sobre mitología nórdica y un rincón entero dedicado a la reciente fiebre desatada por el hallazgo de Carter en el Valle de los Reyes.
El aire olía a cera de vela derretida, a tabaco de pipa turco y al polvo dulzón del papel viejo.
Sobre el escritorio de caoba, bajo la luz ambarina de una lámpara de banquero, descansaba un aparato de telégrafo privado, conectado a la red comercial vienesa mediante un cable que el barón había pagado de su propio bolsillo para no depender de las oficinas públicas.
Halberg, un hombre de cincuenta y tantos años, enjuto, con el bigote encerado a la vieja usanza y unos ojos de un azul acuoso que parecían siempre buscar algo más allá de lo que tenían delante, se inclinaba sobre el aparato con la misma devoción con que un creyente se inclina ante un altar.
El operador, un joven de manos nerviosas, aguardaba junto a él con el libro de cifrado abierto sobre las rodillas.
—Repita el mensaje de Trípoli, Herr Wagner —ordenó Halberg, sin apartar la vista del rollo de papel que el aparato escupía en pulsos irregulares—. Palabra por palabra.
El joven descifró el código con dedos temblorosos, cotejando cada grupo de cinco letras contra la clave del día.
—«Objetivo confirmado en Sabha. Guardián de rasgos descritos localizado. Compañía numerosa, disciplinada, huye hacia el sur. Requiero refuerzos y autorización de gasto» —leyó Wagner—. Firma: Moliere.
Halberg se recostó en su sillón de cuero, entrelazando los dedos bajo la barbilla. Una sonrisa lenta, casi dolorosa de tan contenida, le cruzó el rostro.
—Veinte años, Wagner —murmuró, más para sí mismo que para el operador—.
Veinte años financiando expediciones al Valle de los Reyes, comprando fragmentos de papiro a saqueadores que ni siquiera saben leer lo que venden, y ahora, en el rincón más olvidado de África, aparece precisamente lo que todos en Múnich llevan una década buscando sin encontrar ni el polvo de su rastro.
—¿Debo transmitir la autorización, señor barón?
—Transmita esto —dijo Halberg, incorporándose de golpe con una energía que desmentía su edad—: «Autorizados diez mil francos adicionales.
Contraten rastreadores locales de máxima discreción.
El objetivo no debe morir. Repito: no debe morir bajo ninguna circunstancia.
Prioridad absoluta sobre cualquier otro frente. »
Mientras Wagner transcribía el mensaje a golpes de manipulador telegráfico, Halberg se levantó y caminó hasta la ventana, contemplando las luces de gas de la calle Piaristengasse.
Sobre su escritorio, extendidos en un orden que solo él comprendía del todo, descansaban los informes de sus otros frentes abiertos: una carta reciente de un joven arqueólogo alemán en Luxor, quejándose de la vigilancia cada vez más estricta de las autoridades egipcias sobre la exportación de antigüedades; un telegrama de un contacto en Múnich, cifrado con un código distinto, más antiguo, reservado para correspondencia de naturaleza estrictamente privada; y un sobre lacrado con el sello de un funcionario colonial francés en Argel, cuya lealtad Halberg llevaba tres años comprando en cuotas mensuales disfrazadas de donaciones a obras de caridad.
Cuatro frentes. Cuatro apuestas simultáneas sobre el mismo tablero, porque un hombre que ha visto desmoronarse un imperio entero en cuatro años sabe que ninguna certeza merece jugarse en una sola carta.
Tomó el telegrama de Múnich y lo releyó por tercera vez aquella semana.
Su contacto allí, un antiguo oficial reconvertido en teórico de sociedades esotéricas, le hablaba con una convicción casi religiosa de un linaje anterior a la propia humanidad conocida, una estirpe original de la que todas las razas nobles del mundo, según sus teorías cada vez más elaboradas, no serían más que un pálido reflejo degenerado.
Halberg no estaba del todo seguro de creer en la mitología racial que su contacto envolvía alrededor de la idea, pero creía, con la fe absoluta de un hombre arruinado que necesita desesperadamente que el mundo vuelva a tener sentido, en la posibilidad de la sangre antigua.
Dobló el telegrama y lo guardó en el cajón cerrado con llave donde ya descansaban tres años de correspondencia con el mismo contacto, junto a un daguerrotipo descolorido de su propio padre vestido con el uniforme de una casa imperial que ya no existía.
Se permitió, por primera vez en semanas, la certeza tranquila de un hombre que ve por fin acercarse el final de una espera.
Wagner seguía transcribiendo en la mesa contigua, ajeno por completo al peso exacto de lo que acababa de autorizar.
Halberg apagó la lámpara de gas del escritorio con dos dedos, dejando que la única luz de la habitación fuera la de las farolas de Piaristengasse filtrándose por la ventana, y se quedó allí de pie un rato largo, mirando la calle vacía, calculando cuántas semanas más tendría que esperar para saber si veinte años de ruina merecían, por fin, la pena.