CAPÍTULO 22
La caravana avanzaba con un ritmo hipnótico, marcado por el crujido acompasado del cuero de las sillas de montar y el resoplido gutural de los camellos al hundir sus anchas patas en la arena blanda.
El sol de la tarde, ya inclinado hacia el oeste, había perdido su furia asesina del mediodía y ahora bañaba las dunas con una luz cobriza que suavizaba los contornos del mundo.
Uba marchaba en cabeza, leyendo el terreno con una atención que no necesitaba palabras.
Braihm cabalgaba junto a Nora, unos metros por detrás de El-baz, que abría la marcha en solitario, absorto en un silencio que parecía formar parte del propio paisaje.
El joven guardián llevaba un buen rato con la vista fija en la espalda del anciano guardián, con esa mezcla de admiración y frustración que solo puede sentir quien mide su propia fuerza contra la de un maestro.
—Lleva así desde que salimos de Sabha —murmuró Braihm, sin apartar la vista de El-baz—. Ni una gota de sudor. Ni un parpadeo de más. Yo, después de sostener el análisis apenas un minuto en la negociación de los camellos, sentí que me habían vaciado el cráneo con una cuchara.
Nora sonrió, sin humor, con la comprensión cansada de quien ha tenido esa misma conversación consigo misma muchas veces.
—No es que él sienta menos el coste, Braihm —respondió ella, ajustando las riendas para esquivar una duna traicionera—.
Es que ha aprendido, en no sé cuántos siglos, a gastar solo lo que necesita gastar.
Tú todavía calculas con todo el cerebro encendido, como si iluminaras la casa entera para buscar una sola llave.
Él enciende solo el pasillo que le hace falta.
Más adelante, Heleni cabalgaba en silencio, envuelta en su manto oscuro, con la mirada perdida en el horizonte ondulante.
Desde la confrontación con Pietro en Sabha, apenas había hablado, pero Braihm había notado, en más de una ocasión, cómo un fulgor rojizo asomaba a sus ojos ante el más mínimo roce del recuerdo, para apagarse casi al instante, como una brasa que ella misma sofocaba a la fuerza.
Al caer la noche, cuando montaron el campamento al abrigo de un cordón de rocas negras que Uba conocía de memoria, El-baz se sentó junto al fuego con una parsimonia que invitaba a la compañía. Braihm no dejó pasar la ocasión.
—El-baz —dijo, acuclillándose frente a las llamas—, ¿por qué tú puedes sostener el análisis durante horas y yo apenas aguanto minutos? Nora dice que es cuestión de economía, pero eso no explica por qué tú calculas más rápido, ves más lejos, entiendes antes que ninguno de nosotros.
El-baz no respondió de inmediato. Removió las brasas con una rama seca, observando cómo las chispas ascendían en espiral hacia un cielo cuajado de estrellas que ningún telescopio humano había fotografiado jamás con esa nitidez.
—¿Has visto tocar a un músico humano, Braihm? —preguntó al fin.
—He oído música en los cafés de Trípoli.
—Entonces sabes que dos hombres pueden tocar exactamente el mismo instrumento, la misma pieza, con las mismas manos que Dios les dio, y que uno de ellos hará llorar a la sala mientras el otro apenas logrará que dejen de hablar —dijo El-baz—.
Ninguno de los dos hace trampa. Ninguno de los dos tiene un instrumento mejor.
Simplemente, uno ha encontrado el hueco exacto entre las notas donde vive la música, y el otro todavía está aprendiendo a buscarlo.
—¿Y eso se aprende, o se nace con ello?
—Las dos cosas, a la vez, y en proporciones que ni siquiera nosotros hemos logrado medir —respondió El-baz—.
Yo tengo más años que la propia arena que pisamos, Braihm.
He tenido tiempo de encontrar mi hueco entre las notas.
Tú tienes un don que a mí me costó tres vidas enteras alcanzar, y lo tienes desde que naciste.
Lo que a ti te falta no es el don. Es el tiempo de haberlo escuchado tocar mil veces hasta saber exactamente dónde pesa menos.
Nora, que escuchaba desde el otro lado del fuego, intervino con suavidad.
—A mí me costó cuarenta años aprender a apagar el resto de la casa —dijo, sonriendo hacia Braihm—. Tú llevas ocho. No te compares con quien lleva encendiendo pasillos desde antes de que existiera esta lengua que hablamos.
Braihm asintió, sin del todo convencido, pero con algo aflojándose en el nudo de su pecho. Miró de reojo a Heleni, que seguía apartada, envuelta en su manto, con la vista fija en las brasas.
—¿Y ella? —preguntó en voz baja, casi como una confidencia—. Su rojo no se parece al de nadie que haya visto.
El-baz siguió la dirección de su mirada, y por primera vez desde que Braihm lo conocía, una sombra de preocupación cruzó el rostro imperturbable del anciano guardián.
—El rojo de Heleni no es un don que ella haya elegido cultivar —dijo, bajando la voz—.
Es una herida que ha aprendido a tocar como si fuera un instrumento.
Eso, Braihm, puede sonar hermoso durante mucho tiempo.
Pero un instrumento tocado solo con la herida, tarde o temprano, termina por romperse él solo.
Fue Nora quien rompió el silencio que siguió, levantándose del círculo de luz con una decisión que llevaba horas macerando en silencio.
—Mañana al alba os dejo —dijo, sin rodeos, mientras se ajustaba el manto sobre los hombros—. Sabha era mi límite, El-baz. Lo sabías desde Trípoli, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
El-baz asintió, sin sorpresa alguna en el gesto.
—El norte necesita ojos tanto como el desierto necesita guardianes —respondió—. ¿Volverás a Basilea?
—Volveré a donde el rastro de Moliere me lleve —dijo Nora—. Alguien tiene que seguir tirando de ese hilo mientras vosotros lo lleváis a él. Un enlace en Europa vale poco si se pasa media vida escondido en el Fezzán.
Braihm se puso en pie, con una premura que delataba más afecto del que su disciplina solía permitirle mostrar.
—¿Sola? —preguntó—. El camino de vuelta a la costa no es más seguro que este.
—Nunca he viajado sola, Braihm, aunque lo parezca —respondió ella, y por un instante algo parecido a la ternura le suavizó la voz habitualmente cortante—.
Los nuestros tenemos ojos en cada puerto desde Trípoli hasta Marsella.
Cuida tú de este par, que buena falta les va a hacer alguien que no calcule cada palabra antes de decirla.
Abrazó a Braihm con una firmeza breve, casi marcial, y a Heleni con una calidez inesperada que pareció sorprender a ambas por igual.
—Cuando esto termine, ven a buscarme a Europa —le dijo a Heleni, apretándole las manos—. Te enseñaré que hay guerras que también se ganan sin desierto de por medio.
Al amanecer, cuando la caravana reanudó la marcha hacia el norte, la figura de Nora ya se había perdido entre las dunas en dirección contraria, sola pero no indefensa, camino de una red que la esperaba en cada ciudad portuaria del Mediterráneo.