CAPÍTULO 21
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Hay hombres que confunden coleccionar con poseer, y poseer con comprender. Ninguno de los tres verbos les ha enseñado jamás a temer lo que guardan bajo llave.
La herida del hombro se le había ennegrecido durante la travesía en el avión de correo, y para cuando Braihm lo dejó caer sobre el jergón del reservado de la tetería, en la trastienda de adobe donde el dueño guardaba los sacos de té verde y las especias de contrabando, Pietro ya respiraba con el silbido húmedo de un fuelle roto.
La bala de rebote que le había alcanzado en el muelle de Djerba, disparada por la mano todavía sin rostro que había abatido a Carlo, había abierto una vía diminuta por la que la sepsis avanzó sin oposición.
El calor de Sabha, denso y sin piedad, aceleró lo que en Europa, con yodo, cauterio y algo de suerte, se habría podido contener durante quince días de fiebre.
Murió al amanecer del segundo día, sin recuperar del todo la conciencia, farfullando en un italiano deshilachado nombres de acreedores y de mujeres que nadie en aquella habitación conocía.
El-baz, sentado junto al jergón con la misma paciencia con que había esperado siglos enteros, le cerró los párpados con dos dedos y permaneció en silencio un instante más de lo que la situación exigía.
—No es un alivio —dijo, incorporándose—. Es una baliza que se apaga. Los que compraron su lealtad notarán el silencio antes que nosotros notemos la calma.
No se equivocaba. Antes de que el sol terminara de trepar sobre los tejados de adobe, el dueño de la tetería, un hombre menudo de manos temblorosas y ojos hundidos por el miedo, apartó la cortina de cuentas de la trastienda con el rostro pálido bajo el turbante.
—Soldados —susurró, en un árabe atropellado—. Están registrando el zoco, casa por casa. Buscan a un extranjero herido. Alguien ha hablado.
La guarnición italiana en Sabha, en aquel año de 1927, era todavía una presencia nominal más que una autoridad efectiva; la verdadera conquista del Fezzán, la que llevaría el nombre de Graziani a los libros de historia con el peso de una sentencia, tardaría aún tres años en cerrarse.
Pero nominal no significaba inofensiva. Un puñado de askaris coloniales y un sargento italiano bastaban para amedrentar un oasis, y un cadáver europeo escondido en la trastienda de una tetería era exactamente el tipo de incidente que un oficial ambicioso, deseoso de ascender antes de que la verdadera campaña militar llegara desde el norte, no dejaría pasar por alto.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó El-baz.
—Minutos —respondió el tetero, ya retrocediendo hacia la cortina—. Están a dos puertas.
Braihm se asomó apenas un segundo por la celosía de madera tallada, y lo que vio le bastó: tres siluetas uniformadas cruzando el callejón polvoriento, un sargento con el rostro enrojecido por el calor gritando órdenes en un italiano nasal, y dos askaris con los fusiles calados, culateando puertas al paso sin esperar respuesta.
No había tiempo para huir por el frente. El cuerpo de Pietro, ya rígido, pesaba sobre ellos como una condena.
Heleni se adelantó hacia la puerta de entrada de la trastienda.
La ira roja de Djerba y de la confrontación de Sabha había desaparecido por completo de su rostro, sustituida por una concentración intensa y quirúrgica que Braihm nunca la había visto sostener con tanta precisión.
Extendió la mano derecha hacia el pesado pestillo de hierro que descansaba, suelto, sobre una mesa cercana.
El metal se elevó sin que nadie lo tocara, con un siseo casi imperceptible bajo el estruendo creciente de las botas en el callejón, y se deslizó por el aire hasta encajarse él solo en las argollas oxidadas del marco de la puerta, sellándola desde dentro con un chasquido seco y definitivo.
—No aguantará mucho —advirtió ella, con la voz tensa por el esfuerzo, una fina línea de sudor perlándole ya la frente pese al frío quirúrgico de su mirada—. Es fuerza, no magia. Y la fuerza cansa igual que cualquier músculo.
El sargento llegó al fin frente a la puerta y golpeó la madera con la culata del fusil, gritando una orden de apertura que nadie dentro tenía intención de obedecer.
La madera crujió, pero el anclaje cinético de Heleni sostuvo el pestillo con una terquedad que desafiaba cualquier física conocida por el hombre que la golpeaba.
El-baz no se movió hacia la puerta. Se asomó, en cambio, por una rendija de la celosía trasera, hacia el zoco.
Su mirada se afiló hasta volverse geométrica, y se posó sobre un perro callejero, esquelético, cubierto de costras y curtido por años de hambre bajo el sol del Fezzán, que husmeaba entre los desperdicios de un puesto de especias a pocos metros del sargento.
No era una orden verbal ni un silbido. Era una imposición directa, una presión invisible que se filtró en el cerebro primitivo del animal y encontró, en su instinto de supervivencia ya deformado por el hambre, la grieta perfecta por la que verter una furia que no le pertenecía.
Las pupilas del perro se dilataron de golpe, un gruñido gutural le subió desde el fondo del pecho, y el animal se lanzó como una centella directamente contra el brazo del sargento.
El grito del oficial, mezcla de dolor y de un pánico absolutamente humano ante la irracionalidad del ataque, desató el caos.
Los askaris se giraron disparando al aire para espantar al animal, los mercaderes del zoco gritaron y corrieron a proteger sus puestos, y en cuestión de segundos el callejón entero se convirtió en un hervidero de cuerpos, gritos y polvo que ninguna orden militar podía ya contener.
—Ahora —dijo El-baz, con una calma que contrastaba brutalmente con el caos que él mismo acababa de desatar.
Rompió el control sobre el animal con la misma facilidad con que se suelta una cuerda tensa; el perro, liberado de golpe de aquella furia ajena, huyó aullando entre las piernas de los soldados.
Heleni deshizo el anclaje del pestillo con un gesto agotado, casi torpe, y se dejó caer un instante contra el marco de la puerta antes de recomponerse.
Braihm se echó al hombro el cuerpo de Pietro sin decir palabra, envuelto ya en la manta tosca de lana bereber, y los tres se deslizaron por la puerta trasera de la trastienda, fundiéndose con las sombras alargadas del atardecer mientras, a sus espaldas, la guarnición entera de Sabha perseguía a un perro callejero por las callejuelas de adobe.
Marcharon durante dos días completos hacia el interior del Erg antes de que El-baz considerara segura una parada prolongada. Al segundo atardecer, entre dunas que el viento remodelaba constantemente, decidieron que el cuerpo no seguiría viajando con ellos.
—Era un traidor y un cobarde —dijo Braihm, clavando ya las manos en la arena caliente de la ladera de una duna, cavando con una fuerza que ningún hombre mortal podría haber sostenido durante tanto tiempo sin desgarrarse los tendones—.
Pero no es un carroñero de las dunas quien debe decidir el destino de su carne.
Heleni se arrodilló junto al foso, con las palmas extendidas sobre la arena removida.
Una concentración mucho más suave que la que había sostenido el pestillo horas antes le tensó el rostro mientras proyectaba una presión constante y regular sobre los granos sueltos, impidiendo que las paredes del foso se desmoronaran sobre Braihm mientras este profundizaba.
—No lo hacemos por él —murmuró ella, con la voz reducida por el esfuerzo—. Lo hacemos porque nosotros sí recordamos lo que significa un cuerpo.
Enterraron a Pietro a tres metros de profundidad, bajo la mirada silenciosa de El-baz, que no pronunció ninguna plegaria ni palabra ceremonial, solo permaneció de pie con las manos cruzadas hasta que el último puñado de arena cubrió la manta de lana bereber.
Braihm devolvió la duna a su forma original con las manos desnudas, y el viento del Erg, paciente y eterno, se encargó del resto durante la noche, borrando cualquier huella de que allí, bajo la arena, descansaba el hombre que una vez fingió ser Leonardo Basse.