El Libro Rojo CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Desierto de Libia — Actualidad

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: El don no se mide en fuerza, sino en el tiempo que un hombre lleva escuchándolo tocar. Yo llevo más siglos que la arena que piso. Tú acabas de empezar a oírlo. No compares el eco con el primer grito.

El viaje no fue una incursión rápida. La geografía del norte de África no entiende de urgencias humanas ni de atajos. Dejar atrás las últimas arterias de asfalto destrozado al sur de Trípoli fue solo el preludio de una travesía brutal que se prolongó durante tres interminables días.

Caty, acostumbrada a la asepsia y a los climas controlados de sus laboratorios en Europa, sentía que sus pulmones se resecaban a cada bocanada.

Bebía agua tibia de una cantimplora metálica a intervalos regulares, siguiendo al pie de la letra el ritmo que Marco le imponía sin margen de negociación: un trago cada veinte minutos, nunca más, nunca menos, calculado con la precisión de un ingeniero de supervivencia.

Miraba de reojo a Marco. Él conducía con una geometría precisa, inmutable.

Su biología operaba en otra escala: apenas transpiraba y su ritmo respiratorio se mantenía en una letargia asombrosa, ahorrando líquidos y oxígeno con la eficiencia de los grandes depredadores.

—¿No tienes sed nunca? —le preguntó ella la segunda tarde, observando cómo él llevaba horas sin tocar su propia cantimplora.

—La tengo —respondió Marco, sin apartar la vista de las rodadas apenas visibles que marcaban la pista—.

Solo que mi cuerpo ha aprendido a no malgastar energía quejándose de lo que ya sabe que tiene que soportar.

Es lo mismo que hacen los que sobrellevan un dolor crónico, Catherine, solo que mucho más eficiente.

—No lo sé —dijo ella—. Nunca he tenido un dolor crónico.

Marco sonrió apenas, sin apartar los ojos de la pista.

—Y tampoco una infección. Siempre te curaste muy rápido, ¿verdad?

Caty abrió la boca para responder algo automático, la clase de frase que se dice sin pensar, y descubrió que no le salía. No sabía muy bien de dónde le llegaba la certeza, pero algo en ella, mucho más viejo que el recuerdo consciente, le decía que sí, que siempre había sido así.

Pero el desierto era una bestia de dos caras.

Cuando el sol se hundía en el oeste, el paisaje adquiría una belleza tan salvaje que cortaba la respiración.

Las formaciones de roca y los primeros mares de arena del horizonte se teñían de un púrpura violento, transmutando el ocre en un fuego dorado que parecía arder desde el interior de la tierra.

Y con la oscuridad, llegaba el castigo térmico.

En cuestión de horas, la temperatura caía en picado rozando los cero grados.

Durante las noches, envuelta en su grueso forro polar y tiritando de frío en el asiento del copiloto, Caty contemplaba la Vía Láctea a través del parabrisas sucio de polvo.

Las estrellas brillaban con una nitidez abrumadora, tan cercanas y afiladas que parecían a punto de rasgar el cielo.

En una de esas noches, mientras montaban un campamento mínimo junto al vehículo, Caty observó a Marco alejarse unos metros, sentarse sobre una roca plana y cerrar los ojos con esa quietud absoluta que ella ya reconocía. Esperó, en silencio, hasta que él los abrió de nuevo.

—¿Sigue sin estar? —preguntó ella, acercándose con una manta sobre los hombros.

—Sigue sin estar —confirmó Marco, y por primera vez su voz sonó desgastada, no por el viaje, sino por algo mucho más viejo—. Cada noche pruebo. Cada noche encuentro el mismo hueco.

—Lo siento —dijo Caty, y se sorprendió a sí misma por la sinceridad del gesto.

No hacía tanto tiempo que aquel hombre le parecía una máquina de cálculo con piel humana.

Ahora, sentada junto a él bajo un cielo que la superaba en escala, solo veía a alguien que llevaba una pérdida a cuestas sin dejar que le frenara el paso.

—No lo sientas todavía —respondió Marco, levantándose—. Un hueco no es una tumba. Solo es un silencio que aún no hemos explicado.

En esos momentos de quietud helada, el escepticismo de la mente de Caty se resquebrajaba, abrumada por la escala de un mundo que la ciencia moderna apenas arañaba.

Fue en la tarde del segundo día, cuando el terreno rocoso dio paso definitivamente a las gigantescas dunas del Erg de Ubari, cuando el aislamiento se rompió de la peor manera posible.

Marco detuvo el todoterreno en seco tras coronar la cresta de una duna media. No dijo una palabra, pero apagó el motor de inmediato. El cese de la vibración mecánica dejó a Caty en un silencio sepulcral, roto únicamente por el siseo del viento contra la chapa.

—Agáchate y no te muevas —ordenó Marco, con la voz reducida a un susurro denso.

Caty obedeció por puro instinto, deslizando su cuerpo hasta el suelo del habitáculo, con el corazón golpeándole las costillas.

Desde su posición, solo veía el perfil tenso de Marco, la mandíbula apretada, la mirada clavada y dura.

Su cerebro había entrado en alerta máxima, procesando distancias, ángulos y amenazas.

A menos de un kilómetro de su posición, cruzando el valle de arena blanda que tenían justo delante, se movía una columna densa.

No eran turistas ni militares oficiales.

Era una caravana de contrabandistas y traficantes de las rutas profundas; una docena de vehículos todoterreno artillados, intercalados con dromedarios de carga y hombres embozados que portaban fusiles de asalto colgados a la espalda.

El ruido sordo de sus motores mal carburados y el polvo espeso que levantaban llegaron hasta ellos arrastrados por la brisa.

Eran los dueños absolutos de aquel territorio sin ley; si descubrían un vehículo civil aislado con una mujer europea en su interior, no harían preguntas.

Los despojarían de todo y los harían desaparecer bajo la arena.

Caty contuvo la respiración hasta que le dolieron los pulmones.

Observó a Marco. Él mantenía la vista fija en la caravana, calculando la dirección del viento para asegurarse de que el olor del gasóleo de su Toyota no los delatara.

Si uno solo de los vigías desviaba sus prismáticos hacia aquella cresta, no tendrían escapatoria.

La tensión era tan densa que el aire dentro del coche parecía haberse solidificado.

Tras veinte minutos de agonía silenciosa, la columna de polvo se desvaneció hacia el sureste, engullida por el laberinto de dunas.

Marco exhaló despacio, y el destello metálico de sus ojos se difuminó, regresando a su tono habitual.

No encendió el motor hasta asegurarse de que la vibración de los otros vehículos había desaparecido por completo de sus tímpanos.

Al mediodía de la tercera jornada, alcanzaron finalmente las coordenadas de la servilleta de Soni.

Marco detuvo el vehículo al borde de una inmensa depresión geológica. Tras haber desinflado deliberadamente los neumáticos hasta el límite para no encallar en la arena blanda del Erg, se bajaron del coche. El calor allí abajo era un muro de ladrillo invisible.

En el fondo del valle de arena, como una aberración de la naturaleza, se extendía el lago Um El Ma, la «madre de las aguas».

Era una larga y estrecha lengua de agua de un azul tan oscuro que rozaba el negro, abrazada por un espeso cinturón de palmeras datileras y juncos que brotaban por pura supervivencia.

El contraste cromático con el naranja calcinado de las dunas que lo encerraban era doloroso para las retinas.

Caty recordó, con una punzada casi irónica, las fotografías descoloridas de exploradores europeos de principios del siglo XX que se habían aventurado hasta aquellos mismos lagos del Erg de Ubari maravillados por su existencia imposible, sin sospechar jamás lo que realmente dormía bajo su superficie.

Caty descendió por la ladera, hundiendo las botas en un suelo que crujía bajo su peso. La arena cerca de la orilla estaba saturada de minerales, formando una costra agrietada. El olor era penetrante: olía a salitre concentrado, a azufre y a materia orgánica letárgica.

—Es hiperhalina —murmuró Caty, agachándose a escasa distancia de la orilla negra.

Su fascinación científica tomó el control, analizando la trampa mortal que se escondía en aquella belleza—.

La concentración salina es tan extrema que destrozaría los riñones de cualquier humano que intentara beberla.

Y la termodinámica del lago está invertida…

la superficie está fría, pero el fondo hierve a más de cien grados por la actividad geotérmica. Es un infierno líquido.

—Y por eso es la llave exacta —respondió Marco, arrodillándose a su lado.

Extrajo de su arnés un cilindro de acero hermético de grado quirúrgico.

Con una parsimonia absoluta, hundió el recipiente en la capa superficial del lago, permitiendo que el líquido denso y oleaginoso llenara la cavidad sin agitar los sedimentos tóxicos del lecho hirviente.

Selló la válvula de presión con un clic metálico rotundo.

—Soni cruzó los textos de la alquimia de Geber con vuestros ensayos de laboratorio —explicó Marco, levantándose y guardando el cilindro pesado contra su pecho—.

La estructura molecular de esta agua en particular, con su resonancia termal y su carga de minerales, actúa como un electrolito vivo.

Sin ella, la geología inerte de las cavernas de Carlsbad, al otro lado del océano, jamás reconocerá la sangre del invitado.

Hemos venido a buscar el único conductor capaz de cerrar el circuito.

Caty miró la superficie negra de Um El Ma, sintiendo que el sol africano le aplastaba los hombros. Los meses de microscopios, los debates académicos y los manuales de genética se acababan de quedar obsoletos frente al misterio ancestral que palpitaba en el cilindro de acero.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz reducida por el peso del momento—. ¿Cruzamos medio mundo con esto a cuestas y confiamos en que nadie de Rheingold nos encuentre antes de llegar a Nuevo México?

Marco guardó el cilindro en un compartimento acolchado de su mochila con un cuidado casi reverencial, como quien maneja una reliquia y un explosivo al mismo tiempo.

—Ahora buscamos a Lúy —respondió—. Él tiene los contactos para sacarnos de África sin dejar rastro. Y quizás, si la arena ha sido generosa esta vez, también tenga noticias de Rouros.

Tenían el agua. El siguiente paso los obligaría a descender a las profundidades de la Tierra, pero antes, el desierto todavía guardaba silencio sobre el destino de un hermano perdido.