El Libro Rojo CAPÍTULO 19
38%

CAPÍTULO 19

Trípoli (Libia) — Actualidad

Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: Enterramos al traidor sin una sola plegaria, y aun así la arena se lo tragó con la misma paciencia con que traga a los justos. La tierra no distingue mérito. Distingue solamente peso.

El tren de aterrizaje golpeó la pista con una sacudida seca que despertó a Caty de un sueño sin imágenes.

Por la ventanilla, Trípoli se desplegaba bajo un cielo del color de la ceniza caliente, una ciudad blanca y baja mordida por el mar, con las últimas luces del atardecer incendiando las cúpulas como ascuas.

Marco no había dormido. Lo supo sin necesidad de mirarlo, por la forma en que sus dedos tamborileaban contra el reposabrazos con una regularidad demasiado exacta, un metrónomo biológico que no encontraba reposo.

—Algo no cuadra —dijo él, en voz tan baja que se perdió bajo el rugido de los motores frenando—. Mira la pista.

Caty siguió su mirada. En el perímetro del aeródromo, donde otras veces habría esperado como mucho una patrulla somnolienta fumando junto a un jeep, contó ahora cuatro vehículos militares y un despliegue de hombres con chalecos tácticos que examinaban cada aeronave con prismáticos, no con la pereza rutinaria de un control fronterizo cualquiera, sino con la tensión de quien busca algo muy concreto y no sabe todavía dónde encontrarlo.

—¿Es por nosotros? —susurró ella, sintiendo que el miedo, ya viejo conocido, le apretaba la garganta.

—No lo sé —respondió Marco, y esa fue la parte que más la inquietó: no la respuesta, sino la sinceridad desnuda con que la pronunció—.

Y eso es lo que no me gusta. Cuando la cacería es por ti, sé leerla.

Esto es distinto. Esto huele a que alguien, en algún despacho de Europa, ha movido una pieza que yo todavía no he visto caer.

En su nuca, un pinchazo agudo y frío obligó a Caty a llevarse la mano a la sien.

No era miedo esta vez, sino algo más físico, más suyo: su percepción, cada día más despierta, intentando abarcar un espacio que su cráneo no estaba diseñado para sostener.

A través del cristal, mucho más allá de donde su vista humana debería haber alcanzado, distinguió el destello mate de un rifle cambiando de hombro, el vaho de un aliento contra el frío de la noche que empezaba a caer.

El dolor le subió por detrás del ojo derecho como una aguja al rojo.

—Están nerviosos —dijo, apretando los dientes contra la jaqueca—. No buscan una cara. Buscan cualquier cosa que se salga del patrón. Da igual qué patrón.

Marco la miró un instante, y un destello de orgullo le cruzó el rostro antes de que la máscara de cálculo volviera a cerrarse sobre él.

—Entonces seremos el patrón más aburrido de todo el aeropuerto —dijo—. Cógeme del brazo. Sonríe como si llevaras dos días sin dormir por un vuelo con escalas, no por huir de nadie. Es casi verdad.

Cruzaron el control de pasaportes sin incidentes, sepultados entre una delegación comercial turca y un grupo de operarios petroleros que regresaban de permiso, dos rostros más en el cansancio colectivo de la terminal.

Fue en la zona de recogida de equipajes, ante las cintas vacías —viajaban sin maletas, otra vez—, donde un soldado joven, con el fusil cruzado al pecho y los ojos enrojecidos por un turno demasiado largo, se separó del grupo y caminó derecho hacia ellos.

—Sus documentos —dijo, en un árabe seco, tendiendo la mano.

Marco se los entregó con un gesto tan natural que a Caty le dolió el propio esfuerzo de imitar esa calma. El soldado los hojeó sin verdadero interés, hasta que sus ojos se detuvieron en la bolsa de lona que Marco llevaba cruzada al hombro, la única pieza de equipaje que habían conservado.

—Ábrala.

No era una petición. El corazón de Caty golpeó con una violencia que temió que el propio soldado pudiera oír.

Dentro de aquella bolsa no había nada que pudiera delatarlos —Marco había insistido en dejar cualquier objeto comprometedor en el compartimento oculto del avión, sellado y confiado a la red—, pero el muchacho, envalentonado por el nerviosismo colectivo de sus superiores, parecía decidido a encontrar algo, lo que fuera, con lo que justificar su turno.

Marco abrió la cremallera sin prisa. Un cambio de ropa, una cantimplora vacía, un cuaderno de tapas gastadas con anotaciones en un idioma que el soldado no reconoció y que Caty tampoco había visto nunca.

El muchacho pasó los dedos entre las prendas con una desgana que se convirtió, de golpe, en interés cuando encontró, en el bolsillo interior, un pequeño fajo de dinares libios y una navaja plegable de aspecto anticuado.

—¿Por qué lleva un cuchillo? —preguntó, con la mano ya cerrada sobre la culata de su arma, en un gesto que no era todavía amenaza, pero que ya no era del todo calma.

Caty sintió que el aire se espesaba. En la periferia de la visión de Marco, un finísimo hilo azul acerado empezó a asomar, casi imperceptible, y ella comprendió con un terror instantáneo que si aquel muchacho seguía apretando, si daba un paso más, Marco tendría que elegir entre exponerse por completo o dejar que la situación se les escapara de las manos de un modo mucho más humano y mucho más irreversible: un disparo nervioso, un forcejeo, un cuerpo en el suelo de una terminal llena de cámaras.

—Fue de mi abuelo —dijo Marco, y algo en su voz cambió, se hizo más lenta, más cansada, casi vulnerable, un registro que Caty no le había escuchado nunca—. Murió hace tres meses. Perdóneme, no la llevo por costumbre. La llevo porque todavía no he encontrado el valor de dejarla en un cajón.

No era ninguna invención. Caty lo supo sin necesidad de percepción alguna, solo por el modo exacto en que la mandíbula de Marco se tensó al decirlo, ese punto justo donde el dolor real no necesita ningún disfraz para sonar convincente.

El soldado, que quizá también hubiera enterrado a alguien recientemente, o que simplemente estaba demasiado cansado para sostener la sospecha un segundo más, aflojó los dedos sobre la culata y les devolvió los documentos con un gesto brusco, casi avergonzado.

—Que tengan un buen viaje —masculló, y se alejó hacia el siguiente grupo de pasajeros sin mirar atrás.

Caminaron en silencio hasta la salida, y solo cuando la puerta automática se cerró tras ellos, sellando el aire acondicionado dentro y devolviéndoles el calor denso y salado de la noche libia, Caty se permitió temblar.

—¿Era de tu abuelo de verdad? —preguntó, sin saber muy bien por qué necesitaba la respuesta.

Marco tardó en contestar, guardando de nuevo la navaja en el bolsillo con un cuidado que contradecía la indiferencia con que la había mencionado.

—Sí —dijo—. Murió hace tres meses, defendiendo un tramo del río que llevaba siglos vigilando.

Fue él quien me enseñó a sostener un cuchillo sin miedo, mucho antes de que yo entendiera para qué serviría de verdad.

No tuve que inventarme nada ahí dentro, Catherine.

Es una de las pocas cosas de las últimas semanas que puedo decir sin mentir ni una palabra.

Caty no insistió. Reconoció, en la forma en que él apretaba la mandíbula, la misma puerta cerrada que ya había aprendido a respetar en el restaurante de París, y por primera vez no sintió el impulso de forzarla.

Solo alargó la mano y la dejó, un instante, sobre el antebrazo de Marco, sin decir nada. Él no se apartó.

El vehículo los esperaba exactamente donde la red había prometido: un garaje de alquiler a las afueras del aeropuerto, tras una puerta metálica sin nombre, bajo una lona que cubría un Toyota Land Cruiser con la pintura desgastada por el sol y una matrícula perfectamente en regla.

Marco encontró la llave donde debía estar, bajo el paso de rueda trasero, sujeta con cinta a la carrocería, sin necesidad de contactar con nadie, sin un solo rostro nuevo que memorizar, sin nada que pudiera delatarlos si alguna vez alguien tiraba de aquel hilo.

—Toda una vida dejando cosas donde otros las necesitarán, sin saber jamás sus nombres —murmuró Marco, guardando la llave en el contacto—. A veces pienso que esa es la única forma de amor que los nuestros tienen permitida sin condiciones.

Arrancó el motor. Las luces de Trípoli, cada vez más escasas, fueron quedando atrás mientras el asfalto se deshacía en pista, y la pista en arena, y la última claridad del día se apagó del todo sobre la carretera que se hundía, recta y solitaria, hacia el sur.