El Libro Rojo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Madrid (España) — Actualidad

El hedor era insoportable, impropio de la anatomía humana.

No era el rastro dulzón y denso de la putrefacción habitual que los forenses están acostumbrados a procesar, sino una pestilencia química, acre y asfixiante.

Olía a azufre puro. El tufo parecía emanar directamente de los folículos capilares y de la queratina de las uñas del cadáver, incrustándose como un ácido en las fosas nasales de los dos hombres que inspeccionaban la penumbra de la modesta habitación del hostal.

No eran policía. Las acreditaciones que colgaban de sus cuellos, bajo la gabardina, llevaban el mismo hexágono azul pálido con tres letras entrelazadas que figuraba en la etiqueta de la maleta abierta junto a la ventana —la unidad de recuperación de activos del R.A.T.G.

, que llevaba días siguiendo la ruta de ese contenedor concreto desde que se había desviado, sin autorización, de su itinerario oficial entre Basilea y un destino que nunca llegó a registrarse.

Habían llegado a la habitación del hostal cuarenta minutos antes que la primera patrulla de la Policía Nacional, tiempo que les había bastado para neutralizar la alarma en el sistema municipal y hacerse pasar, ante la gobernanta y ante cualquiera que preguntara después, por inspectores de Sanidad Exterior.

Afuera, una lluvia pesada y vertical de mayo azotaba los cristales con furia, distorsionando el reflejo ambarino de las farolas de Madrid.

—Los síntomas son exactamente los mismos —murmuró uno de los agentes, ajustándose los guantes de nitrilo con un chasquido elástico que cortó el silencio de la habitación—.

Fíjate. Párpados caídos, parálisis total del tejido muscular y esa absoluta ausencia de color en la piel.

Es como si le hubieran drenado la sangre o como si jamás hubiera estado expuesto a la luz del sol.

El otro hombre, de facciones duras, envuelto en una gabardina empapada y con una mirada puramente pragmática, hojeaba una libreta de notas con tapas de cartón.

—La gobernanta del hostal está en estado de shock severo —respondió, sin levantar la vista de sus apuntes—. Su sistema nervioso ha colapsado por completo al encontrarlo. El equipo médico asegura que no podrá articular una sola frase coherente en horas. Y nosotros no disponemos de tanto tiempo.

Junto a la ventana, en el suelo, una maleta rígida de aluminio yacía abierta y vacía, su interior forrado de espuma cortada a medida para un cuerpo humano, con un panel de control electrónico reventado en la esquina —el cadáver de un sistema de refrigeración portátil que había dejado de funcionar horas antes de que alguien lo encontrara.

Sobre la tapa, casi borrado por el uso, un hexágono azul pálido con tres letras entrelazadas presidía una etiqueta de transporte internacional.

—¿Y esto? —preguntó el primero, señalando la maleta con el haz de su linterna.

—Un contenedor criogénico de grado médico.

Registrado a nombre de una naviera de transporte farmacéutico con sede en Basilea —respondió el hombre de la gabardina—.

La batería de la unidad de frío se agotó hace aproximadamente nueve horas.

Antes de eso, este cuerpo llevaba semanas congelado sin la menor alteración.

Ha sido el fallo del contenedor lo que ha empezado a pudrirlo delante de nuestras narices.

—¿Quién lo trajo?

—Eso es lo que no cuadra. Según el registro de entrada del hostal, el huésped se llamaba a sí mismo Andrei Kovač, técnico de logística biomédica.

Pagó en efectivo, sin equipaje aparte de esa maleta.

La gobernanta dice que llevaba dos días encerrado en la habitación sin salir, y que anoche, poco antes de la medianoche, alguien llamó a su puerta.

Ella no vio a nadie marcharse. Solo escuchó voces bajas, casi susurros, durante menos de un minuto.

Cuando volvió a pasar por el pasillo esta mañana, encontró la puerta entreabierta y el olor.

El investigador mayor asintió despacio, procesando los datos con la precisión de un metrónomo.

—¿Hay alguien más en el edificio?

—En la segunda planta dormía un matrimonio belga. Representantes de una importadora en el IFEMA. Sus identidades cuadran milimétricamente en el Sistema. Nada.

El hombre de la gabardina cerró la libreta de golpe.

—Sabes perfectamente que en los últimos años algunos de «ellos» han logrado introducirse en las grietas de nuestra red —advirtió con una frialdad cortante—.

Han aprendido a camuflarse. Si Kovač era un intermediario, no era del R.A.T.G.

Alguien de dentro de la farmacéutica ha estado moviendo esta pieza por su cuenta, y alguien de fuera ha venido a buscarla anoche.

Solo que ha llegado tarde. El contenedor ya había fallado.

—¿Un filtrador?

—O algo peor: uno de ellos, disfrazado de comprador, que ha decidido llevarse el cuerpo antes de que nadie más lo estudiara.

No encontrarás a Kovač con vida, y no encontrarás rastro de quien vino a por la maleta.

Eso es lo que hacen. Borran. Es su trabajo desde hace más siglos de los que esta organización lleva existiendo: que ningún hallazgo, ninguna gota de sangre, ninguna tecnología robada de sus cuerpos llegue jamás a manos humanas.

El subordinado tragó saliva.

—Sí, señor. Empezaré los interrogatorios visuales y las pruebas biométricas con los belgas de inmediato, por si acaso.

—Hazlo. Y llámame a la línea encriptada en cuanto tengas algo sólido. No podemos perder un solo minuto más. La baliza se ha encendido.

A decenas de kilómetros de allí, la tormenta de mayo descargaba toda su ira sobre las inmensas pistas de hormigón armado de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz.

El reloj digital de cristal líquido de la torre de control marcaba las 3:30 de la madrugada cuando el rugido ensordecedor de unas turbinas desgarró la cortina de agua, haciendo temblar los cristales de las garitas de seguridad.

Un jet privado bimotor, operado bajo los códigos fantasma de la compañía de vuelos chárter FlySharing, aterrizó levantando una violenta estela de vapor, agua y queroseno quemado.

Los neumáticos chirriaron contra el asfalto inundado, y el aparato rodó por la pista hasta detenerse en un sector restringido y oscuro, deliberadamente alejado de los hangares comerciales y de la cobertura de los radares civiles.

No hubo protocolos. Su itinerario no se había hecho público en las torres de control europeas, nadie cruzó las aduanas, ningún oficial de la Guardia Civil registró el equipaje ni se verificó identidad alguna en los puestos fronterizos.

Aquel vuelo operaba bajo la sombra absoluta y la impunidad de las altas jerarquías internacionales.

La escalerilla hidráulica se desplegó con un zumbido mecánico, y el viento gélido de la sierra madrileña penetró de inmediato en la cabina presurizada.

De su interior descendió el comandante de operaciones del R.A.T.G.

, la Organización para el Registro Auto Genético.

Su rostro, curtido por operaciones militares que jamás aparecerían en los libros de historia, era una máscara de tensión marcial.

La alerta sobre la extraña naturaleza del cadáver de Madrid había llegado a su despacho en Bruselas apenas tres horas antes, a través de una conexión satelital cifrada de ultra alta frecuencia en su teléfono Thuraya SO-2510.

El peso de aquella anomalía biológica justificaba saltarse cualquier jurisdicción nacional o ley soberana.

Caminó a zancadas rápidas y largas por la pista, envuelto en una gabardina táctica negra que repelía la lluvia, directo hacia el vehículo oficial con cristales tintados que le aguardaba con el motor diésel latiendo en la oscuridad.

Una hora más tarde, en las asépticas instalaciones subterráneas de un laboratorio de seguridad estatal, el zumbido constante de los potentes extractores de aire intentaba, sin éxito, purificar el ambiente cerrado.

Bajo la luz blanca, clínica e implacable de los tubos fluorescentes, un equipo de especialistas forenses, vestidos con trajes de aislamiento biológico completos, rodeaba una fría mesa de autopsias de acero inoxidable.

Sobre el metal pulido descansaba el origen de la alerta internacional.

Era el cuerpo sin identificar de un varón de proporciones menudas, apenas un metro cincuenta y cinco de estatura, recuperado semanas atrás de una lengua de hielo polar recién descubierta bajo el casquete en retroceso —un hallazgo que, de haberse filtrado a la comunidad científica, habría eclipsado en portadas al propio Ötzi del Similaun.

Pero este hombre menudo nunca llegó a un museo.

Una prospección financiada en secreto por la farmacéutica lo interceptó antes que ningún glaciólogo, y desde entonces había pasado de congelador en congelador, de mano en mano, sin que ninguna universidad ni gobierno supiera jamás de su existencia.

Los especialistas lo examinaban en silencio, con una mezcla de fascinación morbosa, confusión médica y un temor primitivo que les erizaba el vello bajo los trajes de protección.

Resultaba imposible clasificar su raza basándose en los parámetros antropológicos conocidos.

La absoluta ausencia de pigmentación en la dermis y epidermis le otorgaba un aspecto fantasmagórico, translúcido.

Se podían apreciar los vasos capilares bajo la piel, pero no había rastro de la tonalidad propia de la sangre oxigenada, como si el concepto de sangre caliente no se aplicara a la química de sus tejidos.

Las facciones estaban tensas en un rictus pétreo, los párpados desplomados de un modo antinatural, sellando una mirada que nadie se atrevía a forzar para abrir.

Y por encima de todo el instrumental esterilizado, desafiando el potente olor a desinfectante, lejía y formaldehído de la sala de autopsias, persistía aquel hedor insoportable.

El inconfundible tufo a azufre, que parecía haber alterado a nivel celular la queratina de sus uñas azuladas y la raíz de sus folículos pilosos.

No era un cadáver ordinario. Era una anomalía orgánica, un rastro físico que no pertenecía a la cadena evolutiva humana documentada.

Una técnica joven, con la mascarilla todavía mal ajustada, entró precipitadamente desde la antesala, con los resultados de una prueba de densidad ósea temblándole entre los dedos enguantados.

—Los valores no son solo anómalos, son… —se interrumpió a sí misma, buscando una palabra que su formación no le había dado nunca, y bajó la voz hasta un susurro que no debería haber salido de su boca tan cerca de tanta gente—.

Mi abuela contaba historias de esto. De los que abandonaron el cuerpo cuando llegó el diluvio y se quedaron algunos atrapados dentro, sin poder salir. Irin. Ella los llamaba Irin.

El silencio que siguió no fue el de la incredulidad, sino el de varios hombres adultos evitando, cada uno por su cuenta, mirar a los ojos a los demás.

Nadie la corrigió. Nadie le pidió que se explicara.

El técnico de mayor rango se limitó a quitarle la hoja de resultados de las manos con una suavidad que no encajaba con la urgencia de todo lo demás, y le indicó, sin una sola palabra más, que sería mejor que volviera a la antesala y esperara allí.

Cuando el comandante del R.A.T.G. cruzó las pesadas puertas herméticas del laboratorio, el aire pareció comprimirse.

Avanzó hasta el borde de la mesa de acero, clavando la vista en la palidez de aquel cuerpo extraño, y por un instante ninguno de los técnicos se atrevió a hablar, como si su sola presencia exigiera un silencio litúrgico.

No necesitó leer los informes forenses ni escuchar las vacilaciones de los médicos.

Al percibir el olor a azufre y la inmutabilidad de aquel tejido inerte, algo en su memoria institucional, heredada de generaciones de cazadores que le precedieron, encajó con un chasquido casi audible.

Supo de inmediato que las viejas leyendas no eran un mito, que el registro había tropezado con una de sus esquinas más oscuras —algo distinto, algo más antiguo y más hostil que cualquier Kenotim que hubieran perseguido jamás—, y que la cacería global acababa de entrar en una fase letal.