CAPÍTULO 17 #3
Cuatro meses después de aquella tarde, en un piso franco a las afueras de Lisboa cuyas paredes desnudas olían todavía a pintura reciente, Rouros y Marco compartían la mesa de la cocina, el único mueble decente de todo el piso, con una botella de vino tinto ya por la mitad, una hogaza de pan a medio partir y un plato de queso curado y aceitunas negras que los dos degustaban sin prisa.
Por la ventana entreabierta entraba el olor a mar de la ciudad, mezclado con el del pan recién horneado de la panadería de la esquina.
Era la primera vez en semanas que a Marco se le veía relajado de verdad, los hombros sueltos, la espalda apoyada contra la silla en vez de en guardia contra ella.
Fue en esa calma, con la guardia baja de los dos, cuando la conversación derivó, sin que ninguno la buscara del todo, hacia el suceso que había dejado una herida profunda en Rouros: la muerte de Heleni.
Se lo contó despacio, con la voz más baja de lo habitual, sirviéndose otro dedo de vino antes de empezar, como si necesitara las manos ocupadas para poder decirlo.
Le habló de la ambición de un hombre cruel que le había costado la vida, y de cómo, desde entonces, la cacería no había hecho más que agravarse, generación tras generación, sin que nadie hubiera conseguido detenerla del todo.
Le puso sobre aviso: aquella misma ambición había cambiado de rostro, de nombre, de generación entera, pero lejos de apagarse se había recrudecido, y quien la sostenía ahora tenía investigaciones abiertas por medio planeta, buscando exactamente lo que había buscado el hombre que mató a Heleni.
Marco le hizo a Rouros la pregunta que llevaba días mordiéndole por dentro.
—¿No lo echas de menos? —preguntó, sin mirar a Rouros, con la vista fija en el polvo suspendido en un rayo de luz que se colaba entre las persianas a medio bajar—. Lo que fuiste. Lo que ella ya no es para ti.
Rouros no respondió de inmediato. Se tomó un tiempo largo, el tiempo de un hombre que ha aprendido a no malgastar palabras porque las tiene todas contadas desde hace siglos. Cuando habló, lo hizo con una voz baja, casi rota por el pudor de admitirlo.
—Sí —dijo—. Es como si me faltara el suelo.
La tierra. —Se detuvo, titubeando, sin encontrar la forma exacta de las palabras, como si las tuviera desperdigadas por el suelo de un cuarto a oscuras—.
Voy a decírtelo de otra manera, a ver si la esencia te llega mejor.
Es como necesitar tierra cuando te has adentrado demasiado en el mar.
Sabes que está ahí abajo, en la profundidad.
Fuera de tu alcance. Flotas sobre ella. No puedes tocarla, pero no deja nunca de estar ahí, sosteniéndote sin que tú lo sientas.
Marco dejó que el silencio se asentara entre ambos antes de contestar.
—Creo que lo entiendo. Gracias por tu poesía.
A Rouros se le escapó una sonrisa breve, casi imperceptible.
—¿Puedo preguntarte algo yo ahora? —dijo Marco.
—Por supuesto. Lo que sea.
—Necesito saber quién era.
Rouros no contestó con palabras. Se levantó, cruzó la habitación hasta una carpeta apoyada contra la pared desnuda, y volvió con algo entre las manos.
Rouros deslizó una fotografía sobre la mesa de formica hacia Marco.
—Se llama Catherine Hidalgo. Todos la llaman Caty.
—La fotografía, tomada a distancia con un teleobjetivo desde el otro lado de una calle universitaria, mostraba a una mujer joven de pelo rojo saliendo de un edificio de ladrillo visto, con la mirada perdida en algo fuera del encuadre, ajena por completo al hecho de estar siendo fotografiada—.
Es la nieta de Nazarí. Si alguna vez el cerco llega hasta ella, quiero que seas tú quien la encuentre primero.
Marco cogió la fotografía con el mismo cuidado clínico con que examinaba cualquier objetivo antes de una misión, catalogando de forma automática ángulos de aproximación, posibles rutas de escape, puntos débiles evidentes en la seguridad exterior del edificio que aparecía al fondo.
Pero sus ojos, contra toda su voluntad de análisis frío, se quedaron fijos en un único detalle que ningún protocolo táctico requería memorizar: el gris profundo de una mirada que ni la distancia del teleobjetivo ni la mediocre resolución de la imagen lograban apagar del todo.
—¿Sabe ella algo de nosotros? —preguntó, sin apartar la vista de la fotografía.
—Todavía no —respondió Rouros—. Pero llegará el día, Marco. Y cuando llegue, quiero que la encuentres a tiempo. No un segundo tarde.
Marco guardó la fotografía en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al pecho, sin saber todavía que la llevaría consigo, doblada y desgastada por el roce constante contra la tela, durante los ocho meses siguientes; sin saber tampoco que el día en que por fin viera aquellos mismos ojos en persona, iluminados por el resplandor ambarino de un atardecer de marzo en la puerta de una cabaña de montaña, la memoria fotográfica que llevaba meses grabada en su cabeza se rendiría, sin oponer la más mínima resistencia, ante el peso incomparable de la realidad.