El Libro Rojo CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Rouros tomó la mano que le ofrecían. El contacto, tan simple en apariencia, pesó en el aire cerrado de la cueva como un juramento formal pronunciado ante testigos que ninguno de los dos podía ver, y por un instante ambos permanecieron así, con las manos unidas y las cabezas inclinadas, dos hombres deshaciendo veinte años de distancia con un solo gesto que ningún tribunal humano habría sabido interpretar.

—La protegeré —dijo Rouros, sin soltar la mano—.

No porque tú me lo pidas, Nazarí. La protegeré porque es mi sobrina, y porque llevo veinte años queriendo hacerlo sin que tú me lo permitieras.

Pero antes de decidir nada más, quiero verla.

Quiero que sea ella quien decida si quiere volver a verme, no tú en su nombre.

Nazarí lo miró largamente, y el alivio, mezclado con un miedo distinto, más agudo, le cruzó el rostro entero.

—Eso —dijo, con la voz todavía temblorosa— es lo único que no había planeado pedirte, y sin embargo tienes toda la razón. Vámonos a Madrid.

La encontraron dos semanas después, en la terraza de un café cercano a su laboratorio, un martes cualquiera de un otoño madrileño que olía a hojas mojadas de plátano de sombra y al café recalentado de una cafetera que llevaba toda la mañana funcionando sin descanso.

Rouros se quedó unos pasos atrás, junto al quiosco de prensa de la esquina, mientras Nazarí cruzaba la calle solo y se sentaba a la mesa vacía junto a la de ella, con un periódico que no llegó a leer ni una sola línea, desplegado sobre las rodillas como un decorado más que como una lectura.

Esperó, con esa paciencia curtida a base de años esperando siempre lo peor, a que Caty levantara la vista de las notas que llevaba media hora repasando sin verlas del todo.

Catherine tardó en reconocer a su abuelo.

Habían pasado casi diez años desde la última vez que se vieron, un encuentro breve del que apenas conservaba fragmentos sueltos.

Pero cuando por fin lo reconoció, algo en su rostro se movió que no era del todo sorpresa, sino el eco físico de una sorpresa mucho más vieja, la misma que sienten los cuerpos cuando el pasado regresa antes de que la memoria consciente tenga tiempo de nombrarlo.

—¿Abuelo?

—Hola, Catherine. —Nazarí sonrió, y por un instante pareció, de verdad, el anciano tranquilo que llevaba semanas fingiendo ser—. Traigo compañía. Espero que no te importe demasiado.

Fue entonces cuando Rouros cruzó la calle y ocupó la tercera silla de la mesa, un hombre corpulento, de piel clara curtida por el sol de climas muy distintos, con una presencia que llenaba el espacio entero de la terraza sin necesidad de levantar la voz ni un solo decibelio.

Caty lo observó con la desconfianza automática que arrastraba desde hacía media vida: la de no fiarse jamás de los desconocidos que su familia traía consigo sin previo aviso, una desconfianza que empezó a resquebrajarse en el mismo instante en que él habló.

—No esperaba que te acordaras de mí —dijo Rouros, con una calidez que desmentía por completo su envergadura física—.

La última vez que nos vimos, me mirabas desde detrás de las piernas de un guía, con esa misma cara de sospecha que acabas de ponerme ahora mismo, sin decidirte a acercarte ni a apartar la vista del todo.

Algo se removió en el fondo de la memoria de Caty, tan antiguo y tan nítido que la dejó momentáneamente sin palabras: el abrazo entre dos hombres visto desde la distancia prudente a la que la habían dejado los guías, un olor lejano a incienso dulzón que el viento del desierto le había traído sin que ella supiera entonces de dónde venía, la sensación física de haber presenciado algo que no le correspondía del todo ver.

—Carlsbad —dijo, casi sin darse cuenta de que lo decía en voz alta, con el corazón latiéndole de pronto más rápido de lo que la situación, en apariencia inofensiva, debería justificar—. Usted era el hombre de Carlsbad.

—Rouros —confirmó él, con una inclinación mínima de cabeza—. Y sí, era yo, aunque entonces tuvieras la edad justa para llamarme, según recuerdo, «el señor grande que huele raro».

—Olías a incienso de verdad, no te hagas el ofendido ahora —intervino Nazarí desde su silla, y por un segundo, apenas un respiro, la mesa entera pareció más ligera de lo que la conversación merecía.

—Era resina de copal, ignorante de toda la vida —replicó Rouros, sin perder la sonrisa—.

Un detalle cultural que tú nunca supiste apreciar, demasiado ocupado como estabas discutiendo con aquellos guías sobre el precio justo de unas mulas que, para que conste, no merecían ni la mitad de lo que acabaste pagando.

—Las mulas eran carísimas, y tú te reías de mí desde la sombra mientras la niña te estudiaba de arriba abajo sin decidirse a hablarte, sin mover un solo dedo para ayudarme a bajar el precio.

—Tenía las manos ocupadas con algo mucho más importante que una mula.

—La broma se le apagó en la garganta a Rouros al volver a mirar a Caty, como si el peso real de aquella conversación hubiera estado esperando, con paciencia, su turno detrás del humor—.

Catherine, tu abuelo me ha pedido algo que yo llevaba veinte años queriendo hacer, aunque él nunca me lo hubiera permitido hasta este mismo mes.

—¿El qué? —preguntó ella, sintiendo cómo el aire de la terraza, tan ordinario apenas un minuto antes, empezaba a espesarse a su alrededor con una densidad que no supo nombrar.

—Cuidar de ti —respondió Rouros, sin rodeos ni suavizantes—. No como una obligación heredada, ni como un favor entre viejos amigos. Como algo que llevo dos décadas debiéndote, desde mucho antes de que tuvieras edad siquiera para sospechar que existía una deuda.

Caty se volvió hacia su abuelo, buscando en su rostro una explicación que él no le ofreció con palabras, sino con la firmeza tranquila de un hombre que ya había hecho las paces, al menos en parte, con lo inevitable.

—No entiendo nada de lo que me estáis diciendo —dijo, con el ceño fruncido y una inquietud que crecía más deprisa de lo que la lógica de la conversación, hasta ese punto, debería haber justificado—. ¿Cuidarme de qué, exactamente? ¿Por qué iban a torcerse las cosas?

—Porque el mundo del que vengo tiene reglas muy viejas, Catherine, mucho más viejas que cualquier ley que hayas estudiado nunca, y a veces esas reglas cobran deudas que nadie eligió contraer por su cuenta —respondió Nazarí, con una honestidad que, según pudo notar Rouros observándolo de reojo, no le había concedido a nadie en años—.

No puedo explicarte más sin exponerte a un peligro que, de momento, todavía no existe.

Pero quiero que guardes un nombre, aunque ahora mismo no signifique absolutamente nada para ti.

Lúy. Si alguna vez sientes que el mundo entero se ha vuelto en tu contra sin ningún motivo aparente, busca la casa de Lúy.

Alguien te encontrará a ti antes de que tú logres encontrarlo a él.

—Y si ese día llega —añadió Rouros, con una gravedad que no dejaba resquicio alguno para la duda—, yo voy a estar más cerca de lo que jamás podrías sospechar.

No hace falta que me creas ahora mismo, sentada en esta terraza, escuchando a dos viejos hablar en acertijos.

Solo hace falta que recuerdes, cuando llegue el momento, que te lo dije con toda claridad.

Nazarí le tomó la mano por encima de la mesa, un gesto que a Caty le resultó extrañamente familiar, como si su propia piel recordara aquel contacto exacto de un tiempo mucho más lejano que aquella tarde de octubre.

—Cuando eras muy pequeña, discutía con tu madre en la cocina, de noche, convencido de que dormías —dijo, con una sonrisa que no llegaba del todo a alcanzarle los ojos—.

Le decía, entre otras cosas, que los nuestros no necesitan que nadie les explique nada dos veces.

¿Te suena eso, Catherine? Aunque sea remotamente.

Ella abrió la boca para negarlo, para decir que aquello no tenía ningún sentido, que ella no recordaba ninguna cocina ni ninguna discusión nocturna.

Pero algo, en el fondo más oscuro de su memoria, se removió con una nitidez que la dejó momentáneamente sin aire en los pulmones: una cocina a oscuras iluminada solo por la luz del extractor, el olor persistente a manzanilla fría olvidada en una taza sobre la encimera, la voz baja y tensa de su abuelo filtrándose por debajo de una puerta entornada, el peso exacto, físico, de fingir un sueño que en realidad no tenía.

—Lo recuerdo —susurró, sin comprender del todo por qué se le quebraba la voz al decirlo—. No sé por qué lo recuerdo tan bien, pero lo recuerdo.

—Entonces guarda ese nombre en el mismo sitio exacto donde has guardado ese recuerdo todos estos años —dijo Nazarí, poniéndose en pie con un esfuerzo que no intentó disimular, antes de que ella pudiera retenerlo con ninguna pregunta más—.

Lúy. No lo olvides, por mucho que llegues a querer olvidarlo.

Rouros se levantó también, con más lentitud, y antes de seguir a Nazarí calle abajo se inclinó un momento hacia Caty, lo bastante cerca como para que solo ella pudiera oír lo que iba a decir.

—Una última cosa, ya que estamos —dijo, con la sombra de la sonrisa de antes volviendo a asomarle a la comisura de los labios—. Tu abuelo sigue convencido de que regateó bien aquellas mulas. No le sigas la corriente si alguna vez saca el tema delante de ti. Nunca en su vida lo hizo.

Se marcharon juntos, calle abajo, sin despedirse del todo, sin concederle tiempo para ninguna pregunta más de las muchas que se le habían quedado atrapadas en la garganta.

Catherine se quedó sola en la terraza, con la taza de café ya fría entre las manos, un nombre extraño resonándole en el pecho como una campana que tardaría meses en dejar de sonar del todo, y la certeza, imposible de razonar pero absolutamente física, de que acababa de ver a su abuelo por última vez en su vida.