CAPÍTULO 17
Cerca de Carlsbad, Nuevo México (EE. UU.) / Madrid — Un año antes de la actualidad
נֶאֱמָנִים פִּצְעֵי אוֹהֵב וְנַעְתָּרוֹת נְשִׁיקוֹת שׂוֹנֵא
Fragmento de «El libro de los momentos olvidados»: “Fieles son las heridas del que ama, pero engañosos los besos del que aborrece.”
La cueva olía igual que doce años atrás: a piedra caliza húmeda, a excrementos secos de murciélago y a un frío mineral que ni el calor del desierto de Chihuahua, ya del lado de Nuevo México, lograba desmentir del todo, un frío que se metía por debajo de la ropa y se instalaba en los huesos sin prisa, con toda la noche por delante para hacerlo.
Rouros llevaba tres días esperando allí, sentado siempre en la misma roca plana pulida por generaciones de agua que ya no corría, con la espalda apoyada contra la pared y las manos entrelazadas sobre las rodillas.
No dormía, porque no lo necesitaba, pero tampoco vigilaba nada en concreto; se limitaba a dejar que el silencio de la piedra le fuera devolviendo, poco a poco, la paciencia que llevaba meses perdiendo en las ciudades de arriba.
Había aprendido, hacía ya muchos siglos, que ciertos hombres solo llegan a un encuentro cuando ya no les queda ningún otro sitio adonde ir, y que forzar ese momento antes de tiempo solo servía para que el orgullo ganara la partida a la necesidad.
No le sorprendió, por tanto, que Nazarí tardara tres días enteros en aparecer.
Lo que le sorprendió, cuando por fin el haz tembloroso de una linterna barrió la boca de la galería y proyectó una sombra alargada sobre las paredes calcáreas, fue lo mucho que había envejecido un rostro que, por naturaleza, no debería envejecer con la facilidad resignada de la carne humana.
Nazarí se había dejado crecer una barba entrecana que le devoraba media cara, y caminaba con los hombros vencidos hacia dentro, como si cargara un peso físico que ningún observador humano habría sabido nombrar, aunque cualquier Kenotim lo habría reconocido al instante: la culpa, sostenida durante dos décadas sin un solo día de descanso, pesa exactamente igual que una piedra que se lleva siempre encima.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Rouros, sin moverse de la roca, dejando que la voz resonara en la acústica cerrada de la cueva con más suavidad de la que las palabras, por sí solas, habrían sugerido—.
¿Te dejas la barba así a propósito, o es que ya no te queda tiempo ni para afeitarte entre tanta huida?
Nazarí se detuvo a medio camino, y por un instante pareció genuinamente descolocado por el tono, como si hubiera bajado a aquella cueva preparado para una reprimenda y se hubiera topado, en cambio, con la puerta abierta de una vieja costumbre entre ellos.
—Es mi disfraz de sabio ermitaño —respondió al fin, dejándose caer frente a él con un gemido seco de rodillas, la actuación perfecta de un cuerpo que, en realidad, no tenía edad—.
Funciona de maravilla, te lo aseguro. Ningún cazador sospecha jamás de un viejo que huele a mula y a desesperación a partes iguales.
—A mí me parece que hueles sobre todo a mula.
—Es lo primero que se aprende cuando finges ser guía de expediciones por el desierto de Chihuahua durante una década, Rouros.
La mula forma parte del atrezo, igual que el mal genio y la desconfianza hacia los forasteros.
—Algo que casi fue una sonrisa le cruzó el rostro a Nazarí, la primera en muchos días, y por un segundo el peso de sus hombros pareció aligerarse una fracción mínima—.
Deberías probarlo alguna vez. Con esa cara de funeral que se te ha quedado desde que dejaste Basilea, ni siquiera tendrías que fingir el mal humor.
—Esta cara de funeral me la ha dejado un amigo que lleva veinte años sin venir a verme —respondió Rouros, y aunque el tono conservaba la ligereza del intercambio anterior, algo en la forma en que pronunció la cifra exacta —veinte, no un número redondo cualquiera— dejó claro que la broma ya había empezado a resquebrajarse por dentro.
El silencio que siguió no fue cómodo. Se llenó, poco a poco, del goteo lejano de agua contra piedra en algún recodo de la cueva que ninguno de los dos podía ver desde allí, el mismo pulso mineral, indiferente y constante, que ambos habían aprendido a ignorar hacía siglos porque nunca cambiaba de ritmo, pasara lo que pasara arriba, en el mundo de los hombres.
El humor se apagó entre ellos con la misma rapidez con que había prendido, dejando al descubierto, sin ningún disfraz ya que sostuviera la distancia, la razón real de aquel encuentro.
—Tienes mal aspecto de verdad, más allá de la broma —dijo Rouros, y esta vez ni una sola nota de humor sobrevivió en su voz—. ¿Qué ha pasado, Nazarí?
Nazarí tardó en responder. Cuando lo hizo, mantuvo la vista fija en un punto indeterminado de la roca, incapaz, por lo visto, de sostener la mirada de su hermano mientras pronunciaba las palabras que llevaba meses ensayando en soledad.
—El cerco de Europa se está cerrando. Lo siento en cada rincón de esta piel que elegí llevar, como una fiebre que no termina de declararse del todo pero que ya se nota en cada articulación.
—Se frotó las manos, un gesto humano que a Rouros le pareció, de pronto, dolorosamente sincero—.
Y no me preocupa lo que puedan hacerme a mí.
Ya he vivido más de lo que cualquier ley, humana o nuestra, podría considerar una vida completa.
—Te preocupa la niña.
—Se llama Catherine. —La voz de Nazarí se quebró en el nombre, apenas un temblor, pero lo bastante nítido como para que ambos lo registraran—.
Tiene nombre, Rouros. No es solo la niña , ni el desequilibrio de tu estirpe , ni ninguna de las etiquetas con las que los nuestros llevan veinte años refiriéndose a ella sin conocerla.
Es mi nieta. Hace doce años se te quedó mirando desde lejos, en aquel mismo pasillo de piedra por el que acabas de entrar, mientras yo discutía con los guías de la expedición sobre el precio de unas mulas y tú me abrazabas como dos hermanos que llevaban demasiado tiempo sin verse.
Ella se acuerda de esa escena todavía, Rouros.
No finjas conmigo que es una abstracción para ti. Sé que no lo es.
Rouros dejó que el reproche cayera al suelo de la cueva sin recogerlo, sin necesidad de defenderse de una acusación que, en el fondo, no le ofendía.
Cuando por fin habló, lo hizo con una calma que pesaba más que cualquier grito, la misma calma con la que había aprendido, siglos atrás, a sostener las verdades más difíciles sin que le temblara la voz al pronunciarlas.
—Sé exactamente cómo se llama, Nazarí. Y sé exactamente el aspecto que tenía aquella tarde, escondida detrás de las piernas de uno de tus guías, mirándonos abrazarnos con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que solo tienen los niños que ya han aprendido a no fiarse de los desconocidos.
Sé que no apartó la vista ni un segundo, aunque fingiera estar ocupada con algo en el suelo.
Doce años, Nazarí, y tú convencido de que yo la había olvidado.
—Se inclinó hacia delante, y la luz mortecina de la linterna, apoyada en el suelo entre ambos, le talló sombras nuevas en un rostro que llevaba milenios sin necesitar ese tipo de arrugas—.
Llevas veinte años evitando la Balanza, Nazarí.
Veinte años diciéndote que protegerla a ella justificaba seguir postergando lo que sabes, en lo más hondo, que debes.
—No he venido a que me lo recuerdes.
—Entonces dime a qué has venido, con toda la claridad que te queda, en lugar de escondértelo detrás de mi memoria de aquella tarde —cortó Rouros, sin ceder un solo grado de firmeza—.
Porque lo que me estás pidiendo, aunque todavía no lo hayas dicho en voz alta, no es un favor pequeño entre viejos amigos.
Es que yo cargue, de aquí en adelante, con la vigilancia que tú elegiste no sostener el día que decidiste que el amor pesaba más que el juramento.
Y no voy a fingir, ni por ti ni por mí, que eso no tiene un precio.
El goteo de agua siguió marcando el tiempo, indiferente, mientras Nazarí luchaba visiblemente por encontrar las palabras exactas, como si llevara veinte años preparando aquel discurso y ahora, frente a la persona a la que iba dirigido, todas las frases ensayadas se le deshicieran entre los dedos.
—Lo sé —dijo al fin, con la voz reducida a poco más que aire—.
Sé exactamente lo que te estoy pidiendo, Rouros, y sé que no tengo ningún derecho a pedírtelo después de haberte dado la espalda durante tanto tiempo.
Te lo pido de todos modos, porque eres el único ser en este mundo o en el nuestro al que puedo pedírselo con la certeza absoluta de que dirás que sí, aunque me odies en silencio por obligarte a decirlo.
—No te odio. —Rouros cerró los ojos un instante, un gesto tan breve que casi pasó desapercibido, y cuando volvió a abrirlos, algo en ellos se había ablandado de un modo que ninguna palabra anterior había logrado—.
Eso es lo peor de todo esto, viejo amigo.
Nunca he dejado de considerarte mi hermano, ni un solo día de estos veinte años, por muy convencido que tú hayas estado, cada uno de esos días, de que me habías perdido para siempre.
Nazarí extendió la mano sobre el espacio que los separaba, un gesto tan simple que en cualquier otro contexto habría pasado inadvertido, pero que allí, en el silencio mineral de aquella cueva, adquirió el peso de una ofrenda.
—Entonces ayúdame. Cuando el cerco se cierre del todo, y se cerrará, porque ya lo siento acercarse cada noche que paso despierto, protege a Catherine.
Yo me someteré a la Balanza cuando llegue mi hora, sin una sola protesta, lo juro por lo poco que me queda de honor propio.
Pero ella no ha elegido nada de esto. Ella ni siquiera sabe todavía lo que es.